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Hábitos culturales

Alika fantasea con su muñeca y juega a ponerle ropitas con los trapos que encuentra. Su mamá de vez en cuando se acerca y le cuenta que en nada crecerá y no podrá seguir jugando con ella. Se enamorará de algún chico de la aldea, pero tendrá que arrancárselo de la cabeza porque de su corazón no es la dueña. Después cubrirán su cuerpo con un vestido infinito, como el que lleva ella, holgado, de tela firme, que no marque las curvaturas de su figura. Un pañuelo también oscuro, tapará su cabello, ocultará su talento y sus ideas. Para entonces ya podrá fabricar hijos. Yacerá con quien no ha elegido ella, porque de su piel no es la dueña. Su sonrisa no se mostrará en la vanidad de ningún espejo, su boca será invisible, sin opinión y sin lengua, sus manos desconocerán la textura de un libro y puede que sus ojos mueran huérfanos de narraciones y leyendas.

Alika es aún muy pequeña para saber de lo que habla su mamá, también para entender por qué insiste en adelantarle una a una las piedras que debió encontrarse ella en su destino.

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El paraguas vengador

Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Me ha cambiado por otro y se ha ido a trabajar sin mí, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.  

Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante el acoso constante. Cuando por fin aparece le increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…

Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.

Pero esto no es una película.  

Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre. 

Miedo, denominador común en la violencia contra la mujer

La imagen la he cogido prestada de la red, incluido el pie de foto.

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Una pasmosa mañana de verano

Me desperté desazonada recordando las noticias sobre esa chica a la que habían destrozado la vida. Y según bajaba a desayunar pensaba en mi vecina, y en sus tres hijas, y al tiempo que me lamentaba por ella, me alegraba de no tener su suerte.  

Mis hijos preparaban el desayuno en la cocina. Le abrí a un sol que pedía entrar por la ventana y por la que se colaron también las risas de las tres jóvenes que se hallaban en el jardín. Mientras desayunábamos propicié la conversación. El de 17 opinaba que eso era de sinvergüenzas. Jaime, dos años menor, que eso no se le hacía a una chica. Cuando el mayor condenaba tamaña barbaridad, las risas de las chicas mutaron en algarabía y la voz de una de ellas viajó hasta nuestras tostadas pringándolas de desconcierto…

«No tienes ni idea, Marita, esa nos está troleando, te lo digo yo, ¡no quiero imaginarme la clase de padres que tendrá!». 

Seguidamente, la voz de otra de las jóvenes, más alterada y socarrona, aterrizó sobre nuestros cafés, zumos y colacaos, transformándolos en sorbetes y granizados de asombro y perplejidad…

«¡Zorra, es es lo que es, una zorra, anda que no se lo pasaría bien montándoselo con los cinco!»

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Hola y Adiós

Quise irme de allí, de su lado y cariño, a un lugar cualquiera. No era mi momento. De lazadas ni de alianzas. Y tras hacer añicos su corazón le eché un pulso al mío y a mis veintidós primaveras. Cuando embarré bien mis botas y mis faldas se enredaron entre cardos y mil espinos, la melancolía, ávida de sus besos, me aconsejó retornar a sus brazos.

Llamé a su puerta. Me abrió una mujer delicada y serena. Una pitusa alojada en su regazo me trajo su mirada aceituna; un querubín aferrado a su pierna su ensortijado pelo. Pregunté por él pero no necesité respuesta… seis ojos me desvelaban que yo había muerto. Recogí mi turbación del felpudo, el bochorno de mis mejillas y partí de nuevo, pero mi estupidez todavía sigue allí, delante de su puerta.

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Desde siempre. Para siempre

Se conocieron en el instituto y la universidad separó sus vidas. Años después, Julia se casaría con un aspirante que la acomodó como sus padres pretendían. A Benita, uno que decía amarla, la abandonó dejando su vientre ilusionado. 

Hoy el tiempo las ha encontrado en un hogar para ancianos. 

Pasan las tardes en la biblioteca. Julia desde su sillón se esconde tras su abanico. Benita no pierde detalle y disimula pasando las páginas de un libro. 

Si la una se levanta la otra le sigue detrás. También al acostarse piensan la una en la otra. Julia promete que mañana se sentará a su lado; le dirá que sus ojos azules le recuerdan a alguien que una vez amó. 

Mas esa madrugada la salud le dicta sentencia. 

Una tarde más Benita acude a la biblioteca, pero hoy hace nueve días que nadie va tras ella. ¡Cuánto le pesa no haberle dicho a Julia que su voz le recordaba a alguien que una vez amó!

Sin embargo, el desconsuelo y el alba se compinchan y citan a las dos amantes. De seguida, un par de margaritas deshojadas de vergüenzas cayeron del cielo y dos eufóricos «me quiere» estremecieron la residencia. 

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La bolsa de la compra

Podría sonar a incoherencia, mas yo recuerdo aquellos días como los más entrañables de mi infancia. Incluidas esas tardes en las que nuestros padres nos castigaban sin merendar haciéndonos creer que era en reprimenda por habernos portado mal. Pero es que la actitud y el tono eran tan sin enfado que mi hermana y yo seguíamos jugando al parchís, como otras veces, sin darnos cuenta de que eran excusas y una casualidad que, siempre que nos castigaban, el frigorífico se encontraba vacío. Entonces salían los dos a la calle, advirtiéndonos… —ahí sí que se ponían serios—, que no abriéramos a nadie. Que esperásemos a que ellos volvieran. Y que cuidáramos de Toñín; que correteaba feliz en su triciclo sin enterarse apenas de sus ausencias. Al final siempre volvían con comida. Hasta esa vez en que solo regresó papá. Sudando mucho, con los ojos muy rojos y la pistola de Toñín asomando por el bolsillo de su abrigo. Echábamos mucho de menos a mamá, pero también nos daba mucha pena papá, sobre todo cuando salía a jugar fuera, con la pistola, él solito.

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El casting

No le pilló por sorpresa descubrir que eras candidato a los recortes que se avecinaban en tu empresa. Sí que le propusieras un cambio de roles con la excusa de que llevabas demasiadas estaciones levantándote antes de que despertase el cielo. No negó que recuperar el puesto de docente —el que tuvo que aparcar cuando nacieron los mellizos—, era su sueño hecho realidad. Y confesó que hacerte entrega de las idas y venidas al instituto, conservatorio, clases de alemán, natación, y «la cartera de nimiedades domésticas», que así llamabas tú a las faenas de lavar, planchar, cocinar… superó sus expectativas. 

Que tres semanas más tarde aparecieran tus primeros desajustes hormonales, no le consternó, entendió que necesitabas tiempo para aclimatarte. Pero volver del trabajo y sorprender en el porche a dos mujeres confundiéndose entre sus camelias y hortensias, entrar en casa y hallarte con una tercera informándole que la jornada laboral sería de 9 de la mañana a 4 de la tarde, echó por tierra todas tus teorías, alegatos y peroratas sobre la igualdad.

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Paseo infinito

«A estas edades no es prudente separarlos de sus seres más queridos». Nos advirtió su médico. Pero el reglamento de la residencia, ajeno a las necesidades de su corazón, no permitía que Golfo viviera con ella. 

Ya no sabía qué hacer para consolarla, su añoranza como su mal iban en aumento y una nebulosa madrugada se apagó su luz.   

Él tendió sus huesos en el quicio de su puerta, tres semanas más tarde se fue en busca del faro que le veló durante catorce años.  

Que algunos se escandalizasen y que otros me lo reprochasen, no me importó, yo sabía que mamá lo aprobaría y en la vasija donde ella guardaba sus chucherías mezclé para siempre sus almas convertidas en ceniza. 

Un radiante día de primavera y bajo la mirada cómplice de pinos y encinas, los eché a volar. Un halo travieso los arremolinó y entre jaras, aliagas y cantueso, retomaron juntos sus largos paseos.

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Un brindis valiente

«Brindemos». Te dijo alzando la copa de vino al tiempo que los acordes de un anacrónico Julio Iglesias —su cantante favorito—, acompañaban sus buenos deseos… 

«Para que estés siempre conmigo». 

Y como el costado derecho aún te dolía, alzaste la tuya con la mano izquierda, por su distrito, sus preceptos, sus advertencias… por el portazo que desataría tu melena y tus tobillos, por recuperar tus pies, el carmín en tus labios, las palabras de tu boca…

«Brindemos». Repetiste mientras lavabas minuciosamente su copa y «Lo mejor de tu vida» empezaba por fin.

Esta imagen la he cogido prestada de internet

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¿Nos conocemos?

Conseguir su sueño y con él la felicidad tenía un precio, y con esa seguridad que proporciona el dinero le entregó al especialista varias fotografías informándole tajante, qué quería y cómo lo quería.

Tras seis meses de reformas concluyó la obra. Admiraba sus ojos, ahora verdes, dominando en esa explanada, tersa y ausente ya de bolsas, zanjas y patas de ave. Y donde antes había una napia aquilina oteando permanentemente sus pies, hoy asomaba una naricilla respingona protegida por un vigoroso pómulo a cada lado. Qué decir de esos rollizos labios y de ese mentón fino y altivo, compañero otrora de una extinta papada, coronando su rostro. Se centró después en sus pechos. Ahora desafiantes, generosos, lozanos y sin miedo a la gravedad. Y en sus glúteos. Descollando rumbosos, firmes y duros, tal y como lucía su actriz favorita en las fotografías que le entregó al reputado mago del bisturí.

No sabe cuánto tiempo permaneció así, contemplándose extasiada, cuando inexplicable y repentinamente se liberó de su embeleso y dirigiéndose a la imagen que reflejaba el espejo se le encaró malhumorada… 

«Y tú, ¡quién coño eres!»

 

 

Esta imagen la he cogido prestada de la red
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Celebrando la Navidad

Cogió el primer tren que le llevaría a casa. Fuera, la gélida noche extendía  copos engalanando el paisaje. En el vagón de al lado unas voces le cantaban a la Navidad. Pensaba en su madre, aromas a dulces recién horneados revelaban su estómago. Con coloridos paquetes mezclándose en su equipaje y ganas de ver a su gente salió de la estación. 

«Papá y mamá, este año no llegaré a tiempo. Un coche y unas copas de celebración a la salida del trabajo me lo han impedido». 

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Despistada equidad

Están sentados en un mismo banco de la comisaría. El más joven, en el medio, está aterrado. Ha robado una gallina y podría caerle un buen marrón; si lo encarcelan, quién cuidará de su madre y sus hermanos. 

El de la derecha respira tranquilo —su padre está en la oficina del jefe—, se divierte mirando chicas ligeras de ropa en su Ipad. Se escuchan risas. Él sabe que, aparte de elegante y generoso, su papá cuenta unos chistes fenomenales. También hablará de hombres. De su condición. Que son como son; que no pueden evitarlo. Y de mujeres. De cómo van algunas.

El que está a la izquierda del banco es un hombre con cara de pobre. Uno de los guardias, parco en educación, se dirige a él espetándole que se ha desestimado su denuncia porque su hija vestía como una puta, iba muy provocativa. 

Encogido y evitando mirar a los presentes, huye arrastrando sus pies y su impotencia. 

Es hora de comer. El bien trajeado sale del despacho. Recoge a su hijo que restaba solo en el banco. Apaga su Montecristo con la punta de sus Louis Vuitton y reserva mesa para tres en un afamado restaurante de la ciudad. 

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Liberación

Se levanta rara, contradictoria. Cuando se acerca al espejo observa cierto brote de conformismo durmiendo en sus ojos. Se detiene en su boca y descubre miríadas de besos  por estrenar. Toma aire, lentamente, y como por arte de magia se desvanece la autómata que la tenía secuestrada. Apiña los sermones de su madre. Los mandamientos de su padre. Los malos humos de ambos. El repintado rosa chicle de su habitación —que lleva padeciendo desde su séptimo cumpleaños—, y tira de la cadena. Después se borra de su grupo de wasap «Las parranderas». Ya está harta de sufrirlas cada finde tiradas en la calle. También de los botellones. Le están costando un ojo de la cara y ella solo bebe cocacola. Queda con Fidel. Se lo dice sin tapujos. Que no le molan nada los ramos de rosas, que ella es más de macetas al sol, con su tierra y su aire. Que está harta de aparentar y fingir orgasmos. Que se muere de ganas por entrar en el bar de su calle, dirigirse a la barra y tras sortear los dimes y diretes del personal llegar hasta Soraya y entregarle un corazón abrazado a los colores del arcoíris.

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De profesión tertuliana

Sí, de pequeña era tímida, muy vergonzosa, pero eso fue hasta los cuatro añitos, en cuanto cumplió los cinco desenvainó la rebeldía, también las palabrotas. Con ocho era la mandamás de la pandilla; si no se cumplían sus normas abandonaba el juego y se llevaba la pelota. A los nueve se metía en todos los jardines y alrededor de los diez empezó a elegir su propia ropa. Doce tenía y seguía en sus trece —los mismos contaba cuando se cansó del conservatorio y malvendió la flauta travesera—. A los catorce aseguraba que quería ir por letras, pero un año más tarde dejó el instituto y se fugó con uno de ciencias. Con diecisiete abriles dio a luz a su primer churumbel.

Actualmente busca empleo. A pesar de su mala educación y mal gusto por la vestimenta. Su pésima dicción y doctorado en oídos sordos. La pérdida definitiva de vergüenza y progresión en lengua serpentina, la han fichado en cierto medio de comunicación de la prensa amarillista.

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El abuelo canguro

De vuelta a casa despotrica como un descosido. Toñín apenas le entiende. No sabe de besos ni por qué a su abuela jamás le dio uno en público. Tampoco, de la poca vergüenza que tenían esos dos hombres y por qué antes no se veían esas cosas. No entiende de valores y por qué ya no los hay. ¡A él solo le gusta dibujar! Por eso aguarda, con las pinturas, las hojas en blanco y la merienda, a que su abuelo se atrinchere como cada tarde en su sillón con un cigarrillo y una copa de vino frente al televisor. Ayer eligió Machete, hoy le toca a El Padrino.  

Ciento setenta y cinco minutos después finaliza la venganza de la familia Corleone. El bocadillo ha desaparecido. La copa se vacía por tercera vez. El cenicero está lleno. El rojo acapara el folio y el timbre entra en escena. Toñín abre a su madre que viene a recogerlo y sin esperar a que su abuelo le dedique las mismas palabras de siempre… «¡qué bueno eres jodío!», deposita el folio con una cabeza ensangrentada de un caballo en un cajón. Debajo hay un hombre con una metralleta, más un par de katanas, dos toros con banderillas; un guante con cuchillas, pistolas de diferentes tamaños…

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El Mar

Quizá ocurra mañana Sol, pero hoy por hoy, el hombre es tan humano que sigue cayendo en idénticos errores. Y por mucho que Luna insista, dudo que cambie. Mi azul no se encuentra bien. Sufro de empacho, Sol, demasiados años soportando tanta inmundicia, desigualdad y sinrazón.

Esta madrugada han vuelto unos cuantos. Me han despertado sus lamentos en un vano intento de abrazarse a mí. Estrella los alumbraba, penaba conmigo desesperada, mientras yo me colaba sin remedio en sus pulmones, ahogaba su aliento y definitivamente mataba sus sueños. Y así una y otra vez.

Photo de Vince Clinches. Greenpeace PhilippinesScreenShot2017-05-12at11.44.43AM-nlkhyfukjtp5877bxvezbs58hma2f79ddup6zeju34.png110a69be9e1f2c6889939d7c89888b21d919f8fd.jpgImagen tomada de Internet

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Verde no te quiero verde

Venían encerradas en unas mallas de plástico de un subidito color bermejo que te sugerían en el paladar sensaciones dulces y jugosas.

Otros aparecían envueltos en redes de nylon de un atrayente amarillo ambarino que te sumergían en un viaje gástrico y que comenzaba en las papilas gustativas hasta llegar al estómago.

Otras se alojaban en unas bolsas tipo rafia de un tono ocre siena. Las intuías de color pardo suave con toques dorados prontas para ser saboreadas al vapor o en tiras ahogadas en un ardiente aceite.

Una vez en casa, al tiempo que eran despojados de su disfraz y el efecto óptico se desvanecía, descubrías cuán prematuros estaban y la estafa en la que colaboraban, primero los recolectores y después los supermercados y tiendas… ¡Anda que no les faltaba a aquellas naranjas, limones y patatas, tiempo y sol para madurar!

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Microrrelato presentado en Entc que gira en torno al verde. Como veis en el mío esta todo muy  verde. 

Aquí podéis ver la pagina pratocinadora:

https://estanochetecuento.com/verde-no-te-quiero-verde-rosy-val/#respond

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Negligencia parental

Se palpaba la alta temperatura, nada más entrar. En esa casa todo estaba encendido, menos la chimenea, y aunque la discusión se mantuvo calentita toda la tarde, no fue hasta entrada la noche cuando las palabras crepitaron en la boca de la madre. En los ojos del padre se atizaba una mirada candente. Después llegaron los insultos y el lanzamiento de cosas —como el vaso de tinto que él esquivó y fue a estrellarse contra la pantalla del televisor—. Los dos hermanos, rendidos ante la contienda, se acostaron juntos, con miedo y sin cenar, sin entender cómo les habían concedido la custodia, otra vez. Al día siguiente el odio se iniciaba en la cocina. Por temor a sufrir quemaduras de primer grado, cogieron sus mochilas —que aún permanecían en la entrada—  y huyeron en silencio. En la calle, Daniel le enseñaba a su hermana un mechero. Le explicaba que si lo encendían dentro de una gasolinera, fijo les llevaban de nuevo al centro de menores.

 

Indispensable que el color rojo, en cualquiera de sus vertientes, apareciera esta vez en «esta noche te cuento». Creo que lo he conseguido, tristemente, con creces.

Si quieres leerlo en su página aquí te dejo el enlace…

https://estanochetecuento.com/negligencia-parental-rosy-val/

 

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Publicado en Esta noche te cuento

La venganza

Tú no te acuerdas de lo que pasó con el hermano de nuestra vecina, cuando se apañaron entre las compañías y el otro se fue de rositas; eras muy pequeño. Por eso no pienso dar ni un dato. Solo diré que era azul cielo, a lo sumo y como iba bastante deprisa no me dio tiempo a ver nada más. No confío en la justicia, demasiados limbos jurídicos.

Ese malnacido, vaya si se enterará de todo a lo que tendrás que renunciar. Apuntarte a futbito, aprender a patinar, escalar montañas, ser bombero… Porque su hijo, supongo el que iba en el asiento de atrás, seguirá con su vida y entrará cada día, por su pie, en su selecto colegio. Cosa que tú solo podrás hacerlo guiado en una silla, si es que te despiertas… También es una casualidad que tu madre trabaje en tráfico y que a mí me diera tiempo a memorizar la matrícula (capicúa por cierto) de ese pijo descapotable.  

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Publicado en Esos locos bajitos, Esta noche te cuento

Efecto dominó

Paquita, la peluquera, le prometió que la dejaría guapísima. Y así se sentía ella después, única y especial, con su vestido y zapatos blancos, y su velo cobijando el moño mejor fijado, más engreído y espectacular que había pisado aquella iglesia. Dentro de él, la envidia de sus amigas: una larga, rubia y ensortijada mata de pelo.  

Al día siguiente intentó peinarse pero el cepillo desapareció en aquel vertido que anidaba en su cabeza. Vinieron a socorrerla; su madre, su tía, las vecinas del quinto, mas ninguna pudo devolverle su preciosa melena, convertida ahora en un amasijo de pelos ensopados en una sustancia traslúcida y pegajosa. 

Se rindió de nuevo a las manos de Paquita. 

Con cada tijeretazo le arrancaba las entrañas. Desolador ver sus lánguidos tirabuzones estrellarse contra las baldosas. Tardó años en superar el precio que tuvo que pagar por hacer su primera comunión… pero inexplicablemente y al tiempo que le crecía el cabello, empezó a desarrollársele un galopante y alopécico ateísmo.

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Vivos recuerdos

Tanto tiempo deseándolo y hoy por fin te llevan a casa. No disimulas el descontento al ver tu patio, frío como los cristales que ahora lo encierran, sin claveles ni macetas, sin tendedero ni pequeños escondiéndose entre sábanas al sol. Ya no hay ristras de ajos en la cocina y arrumbada en la alacena la vajilla azul que él te regaló. 

La usanza conduce tus pasos hasta tu cuarto. Echas de menos los visillos de ganchillo tunecino y la dama de noche encaramándose por tu ventana. Otra colcha cubre tu cama y sobre la mesilla no estáis los dos. Del armario falta la caja de flores con el vestido, el velo y los zapatos blancos, también su sombrero, su pipa y la cachaba que ellos te prometieron custodiar. Repentinamente ella, con su eterna y dolosa sonrisa, señora de la voluntad de tu hijo, irrumpe en la habitación. Echa la llave al armario y un ojo dentro de tu bolso. Te devuelven al sitio donde vives desde hace tres años, cinco meses, un día y una veintena de palabras… 

«Mamá, sin papá te sobra casa. Como ya no te acuerdas de las cosas ni de nada aquí estarás mucho mejor cuidada».

Mirando Por la Ventana

Esta imagen la he cogido prestada de la red.

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Crónica conmemorativa

Le dejará la mochila en la entrada con el almuerzo dentro –hoy toca bocata y pera—, podría volver de repente y olvidar llevársela a la escuela. Igual que cada mañana se asomará al mar. Le buscará entre las olas, querrá saber si antes de bañarse se mojó la nuca y las muñecas. Colocará su cubierto en la mesa, un mediodía más, por si apareciera con un apetito voraz. A la hora de la merienda escalará montañas. Gritará su nombre, lástima que el eco ya afónico no tenga ganas de réplica. Calentará su cama, como si no intuyera que esta noche también la pasará fuera, y por si vuelve hecho un Adán, ropa limpia, como si no supiera que donde está no necesita vestimenta. Antes de acostarse le dejará las llaves bajo el felpudo, por si aún no ha aprendido a traspasar puertas, y mojará su almohada imprecando al cielo y le lloverán ángeles a cientos: Yéremi, Jonathan, Sonia, Amy, Mariluz, Gabriel… Entrada la madrugada se quedará dormida. Por muchos sueños que pasen nunca entenderá por qué se lo han robado.

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La última… y me voy

«¡Bah!, una buena capa todo lo tapa» farfulla Matilde mirándose en el espejo al tiempo que guarda sus lamparones en el abrigo. Pellizca su cara de viernes y se ahueca el pelo. Después, mete la lista de la compra en el monedero junto a dos billetes de cincuenta y unos euros sueltos. Desde el descansillo llama a sus hijos, varias voces después entran en fila india en el ascensor. A su derecha el carrito. Al otro lado el más pequeño, Daniel, que se aferra a la manga de su abrigo. Los mellizos, delante, cuchichean sin parar, saben que en la calle caminarán sin tregua hasta la puerta del colegio. Con un adiós en la mano y prisa mañanera se aleja de ellos. 

Apenas entra en el bar sus ojos hipnotizados avanzan hacia ella —no puede por menos, su música y colores la embelesan—. Tras aparcar el carro entre su voluntad y un paragüero le pide un café bien cargado con un chupito de olvido al camarero. Saca el monedero y coge las monedas…

No es hasta el mediodía que entra en casa y cae en la cuenta. La cartera está limpia, el carrito vacío y su remordimiento por los suelos.

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Daños colaterales

«Para malvivir entre pucheros, no te dio Dios esa cara y ese cuerpo», le piropeaba el boticario cuando la veía sacudiendo la alfombra por la ventana. 

«Tonterías, yo no valgo para otros menesteres -contestaba mirándose las  manos-, estas han pasado penuria, hambre, no son las de una señorita…». 

Y su mente volaba hasta la puerta del colegio donde la esperaba la maestra. Y la enviaba a su casa a limpiar el zaguán y las botas de la montería de su marido y la cuadrilla. Al terminar, la obsequiaban con un trozo de pan blanco con un chorreoncito de aceite y una cucharada de azúcar. Se lo comía sentada en el patio entre claveles y gitanillas. Por la tarde, mientras sus hermanos hacían los deberes y su madre amamantaba al recién nacido, ayudaba en las faenas de la casa; era la mayor y la única hembra de cuatro hermanos. Otros ratos la llevaban al campo a varear y recoger la aceituna. Y así se le morían los días, sin tiempo ni ganas para otras tareas. Todavía escucha la voz áspera de su padre diciéndole…

«Eres la más torpe de tus hermanos; todos saben leer y escribir y tú apenas te apañas con tu nombre».

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Cinco fechas cruciales

Pasan los años y sigo recibiendo cada 25 de marzo su fotografía. No me costó deducir que ese fue el día de su nacimiento. También, cada primer domingo de mayo recibo una postal, así como el día de su santo —el 11 de agosto—. Lo supuse en cuanto recordé que se llamaba Clara. Invariablemente en Navidad me envía una carta con su pedido a los Reyes Magos. Con impostados y pueriles trazos se dirige a Baltasar, aclarándole que como ha sido buena, le traiga la muñeca parlanchina.
No sé cómo consigue averiguar dónde vivo, pese a cambiar de domicilio me localiza siempre. Temo, que me persiga de por vida.

Voy camino de mi trabajo. Al doblar una esquina me percato de una silueta muy peculiar en la pared; una niña con la cabeza invertida que curiosamente me trae a Linda Blair…
¡Un exorcista —me digo al tiempo en que caigo que hoy es 1 de noviembre—, eso es lo que yo necesito!, que la retire, la expulse de mi vida… han pasado trece años… ¡que deje de martirizarme ya, joder!, ¡que yo no tuve la culpa de que su hija se interpusiera entre mi coche y esa maldita pelota!

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 200 palabras inspiradas en esta foto de Tom Waterhouse

Relato presentado en «esta noche te cuento», si quieres leerlo en su página aquí el enlace:

 http://estanochetecuento.com/una-madre-y-sus-cinco-fechas-mas-importantes-rosy-val/

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Una mirada homicida

Entrar en la habitación, tenderte a su lado. Darle mil vueltas y no saber cómo decírselo.

Enciendes la lamparita, respiras y te creces…
«… pero tranquila, que mañana mismo empiezo a buscar… saldremos adelante…».

Apagar la luz. Darte la espalda. Esperar a que se duerma… deslizarte de la cama, lentamente.

Tras duras horas deambulando se topa con una cafetería. Frente a una taza de café —bien cargado, como su semblante—, mastica su desaliento, su fragilidad. De vez en cuando mira hacia la puerta, como el que espera a alguien. Pero eternos minutos le convencen que su tabla de salvación, la que le ayudará a encarar su fatalidad a no sentirse más un bufón un don nadie en esta aventura está en su bolsillo…
Retorna con su infortunio a la calle.

En un callejón cualquiera, sin esquinas, sin visillos que te observen ni luces que te humillen, desoyes seis ojitos suplicándote; «no lo hagas». El brebaje vuela al cielo de tu boca. Tiembla el aire. El sudor empapela las paredes. Poco a poco tus venas se van llenando de niebla, una niebla menos dañosa que los ojos de tus pequeños mirándote, quizá mañana, como ella lo hizo anoche antes de dormirse.

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200 palabras para esta foto de HoEpker.

Relato presentado en «ENTC» , para leerlo en su página mira este enlace: 

http://estanochetecuento.com/una-mirada-homicida-rosy-val/

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Un amigo muy oportuno

Te falta su aroma. A lavanda, a puchero consumiendo brasa en el fogón. De esto hace ya tres meses, los mismos que llevas sin encender la chimenea; no sientes tus manos ni tus pies. Algo se ha congelado dentro de ti.
Evocas aquellos días sin pan y tu partida junto a una añosa maleta, para desafiar facturas de agua y luz. Para acallar penurias. Dentro, envueltos en tu pañuelo de yerbas, el llanto medroso del mayor, los pucheros de las gemelas, el abrazo roto de tu esposa.
Precisamente ahora, que ya no hay recibos devueltos y sí para algún capricho y pasar las Navidades en familia…

Dudas si te compensa seguir adelante.

Por fin te decides y sales a tirar al cubo de la basura sus zapatillas de desgastadas suelas y el delantal de su último guiso… ¡cuánto te cuesta desprenderte de sus cosas!
Entras de nuevo en casa. Sobrecogido, escuchas algo parecido a un gemido. Te acercas. Un rabito intermitente ondea las faldas de la camilla y en el otro extremo un hocico olisqueando tus babuchas. Lo acaricias. Huele a lavanda… y sientes frío; decides encender la chimenea.

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Esta foto la he tomado prestada de internet.

Con este relato quiero homenajear a perros y gatos, compañeros que alargan la vida a aquellas personas que se quedan solas.

Publicado en Esta noche te cuento, Viejecit@s

Una vida de fotos

Ha desaparecido todo. Ya no están los trípodes, los focos, las Canon ni la última que comprasteis a plazos, la Mamiya. Qué ilusos pensar que vuestro hijo Mario heredaría el gusto por las puestas de sol, las olas embravecidas, los tapices de flores en primavera, y con esa duda se fue tu marido, si el chico seguiría con un negocio que tanto esfuerzo os costó levantar.

Las miras, lo haces siempre que lo añoras…
«Qué ricitos… aquí tenía tres años… en esta, aprendiendo a nadar… y aquí, en su primer día de cole, qué guapo estaba con su uniforme…». Paras en seco. Mario irrumpe en la salita. Cierras el álbum y te ocultas tras tu caja de costura. Sin tan siquiera mirarte abre el cajón. Después huye dando un portazo con la mirada roja, deshabitada y tu pensión de viudedad en su bolsillo.

Últimamente la cola es más larga. Mientras esperas hablas con tu Ernesto. Le dices que no se preocupe que estáis bien… que Mario está en el estudio, entre flashes y zums. De repente, el aroma te llega más nítido, pegas tu boca a la foto y la guardas en el bolso. El comedor social acaba de abrir sus puertas.

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Esta foto la he cogido prestada de la red

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento

Te conozco bacalao, aunque vayas disfrazao

—¡5.000 pelas, tronca… vaya un marrón! Empezamos bien las vacas…
—Tranki, tía, que el picoleto venía rayao, ¡si nada más pararnos empezó la movida!… que si el cinturón, que si los papeles del buga, que si la ele…
—¿Y el rollo macabeo que nos largó después?, ¡que vaya pintas…… que si ya no hay valores… que dónde vamos a llegar… que si nuestros viejos supieran!
—No te comas el tarro, Sofi, nos tocó el chungo, el carroza… lo pagamos a medias y punto.

Con la multa en el bolsillo de sus vaqueros, Sofía y su chica retomaron el viaje hasta el hotel de la playa. Apenas llegaron a la habitación y sin ánimo para deshacer maletas decidieron ir a cenar. Salieron al tapizado pasillo y camino del ascensor dos hombres que llevaban idénticas intenciones. Uno de ellos, el más bajo, presintiendo que quizá había alguien en la retaguardia, retiró la mano del culo —enlatado en unos pantalones negros de cuero brillante— de su acompañante.
Sofía, adelantándose dos pasos deslizó su mano dentro del bolsillo de sus vaqueros y al tiempo que sacaba la multa palmeó con la otra el hombro del más alto… Lo reconoció enseguida, aunque ahora no llevase tricornio.

Unknown.jpeg                                                          Imagen tomada de la red

Publicado en Esta noche te cuento, Premios y Regalos, Viejecit@s

Mi padre, en el libro «Aletreos» de ENTC

Cuando no es la pata de una mesa que cojea le ocupa un cuadro que ladea. A veces, coge la bolsa de la basura y la lleva al contenedor. Otras, me lo encuentro llenando de agua el bebedero del perro. Lo mismo le echa una mano al mayor con un pinchazo en la bicicleta que se acerca a la parada del bus para recoger al pequeño.

La tarde invita a disfrutar del porche. Entre rosas y clavellinas se toma una cervecita con Eustaquio, un amigo que vive dos casas más abajo. Al acercarme para llevarles un platillo con aceitunas le oigo decir:
«La verdad es que no tengo mucho tiempo para pensar en ella… mañana por la mañana he quedado con mi yerno, le ayudaré a podar las azaleas y por la tarde con mi nieta, repasaremos la tabla del siete».
Su amigo, nonagenario como él, acababa de preguntarle si no le tenía miedo a la muerte.

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Esta imagen la he cogido prestada de internet

Este relato ha sido incluido en el libro anual de «estanochetecuento»,

ALETREOS

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