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Para espina, la mía

Decidimos llevar a nuestras madres al monasterio de La Santa Espina. Querían conocer el sitio donde dicen se hallaba una de las espinas que Jesucristo portó en su corona el día de su Pasión y Muerte. También visitaríamos un mesón donde servían las sopas de ajo, los empiñonados y huesos de santo más exquisitos de Valladolid. Llamé para reservar mesa. Al otro lado una voz dispuesta apuntaba los comensales: Mi suegra, que iba en silla de ruedas. Mi madre sorda de un oído, mi pareja y yo.
Tras la visita, y mientras mi marido aparcaba el coche, me acerqué al mesón para inspeccionar el lugar. El joven que me atendió estaba detrás de la barra, miró una nota y me observó detenidamente. Después me indicó que le acompañara al sitio que nos habían reservado…
—Aquí su hija y su yerno. Usted enfrente de ellos. Y a su lado su consuegra, que como ve tiene más espacio… me espetó sin tacto el imberbe y cegato empleado en un tono de lo más elevado.

La Santa Espina localidad del municipio de Castromonte,  provincia de Valladolidcomunidad autónoma de Castilla y LeónEspaña enmarcada en la comarca de los Montes Torozos.

Y este ha sido el último relato que participó en el LEMCA, un concurso con el que yo he disfrutado mucho, especialmente porque me ha dado la oportunidad de descubrir cosas de nuestra geografía y de mi propia comunidad. No puedo por menos que agradecerle a Jams, Juan Morán, el inventor de esta aventura, por su paciencia y su buen hacer, pero sobre todo por esa imaginación sin límites que le hace tan especial y tan querido por todos los que le conocemos y visitamos su casa… «ESTA NOCHE TE CUENTO»;

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El accidente

Me paso la vida amándote. No hago otra cosa que soñarte. Hurgando en tus rincones…, pero mi pasión se doblega cada vez que suena el timbre de la puerta. 

Entras. Mis ojos hambrientos husmean debajo de tu blusa. Tú apenas me miras. Coges la pizarra. Mis manos viajan por tu cuerpo. Te sientas con desgana doblando tus kilométricas piernas. 

Recuerdo que antes… las cruzabas despacio. Me descubrías un paisaje desnudo al que mi lengua embriagada y lasciva sucumbía sin voluntad. Ahora no. Ya nunca juegas a esconderlas en el bolsillo de mi pantalón. Ahora siempre las llevas puestas.

Empezamos los ejercicios del logopeda. Y mientras yo muero por ser la tiza en tus manos, tú bostezas aburrida vigilando el tiempo en tu muñeca. 

Sé que te cansarás muy pronto de empujar mi silla. En cuanto mis pies, huérfanos de pasos, dejen de ser tu remordimiento, compromiso y culpabilidad. Pero hasta entonces, ¡qué te costará mentirme un simple «te quiero»!  

Esta imagen la he cogido prestada de internet

Relato presentado en la Lemca (Liga de Escritores de Microrrelatos por Comunidades Autónomas), las zonas picantes son exigencias del guión.

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Traumática decisión de una madre

«Al menos 30 muertos y 45 heridos en una gran superficie…». 

Rápidamente apaga el televisor, pero las imágenes de los sospechosos y los cuerpos de mujeres, hombres y niños bajo plata y mantas, continúan patentes en su memoria.

Hoy le resta un año y como una autómata sopla, vela a vela, los indicios que su incuria no supo ver a tiempo; las intempestivas reuniones de madrugada con sus colegas; los cuchicheos al teléfono siempre que ella le rondaba cerca; sus incomprensibles giros de humor; el subversivo tatuaje, como un indescriptible mapa topográfico grabado en su espalda… 

Aquella aciaga mañana levantó despacio el auricular. Carraspeó repetidamente. De su boca se escapó una voz temblona, pero con agallas suficientes para dirigirse al agente.   

Hoy, el nudo que asfixia su garganta delatora, se hace más grande y voraz. 

Imagen prestada de la red
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Una historia de Jesús Motilva; el pucelano al que, sobre todo, le gustaba correr

Era su ilusión, hiciera frío o calor —la lluvia tampoco era impedimento—. Corría por la mañana y por la tarde, desde la Plaza de España hasta el barrio La Rubia, por la calle más transitable; el Paseo de Zorrilla. Ida y vuelta. Y únicamente por la calzada. Decía que por la acera la gente interrumpía su paso. A este joven de 27 años, de aspecto frágil, que trabajaba en un taller de encuadernación con otros chicos como él, las madres —intuyendo quizá que la suya muriera cuando él nació—, lo miraban con pena; los chavales con guasa; los más mayores como si fuera un tarado. Porque Jesús no corría como los demás; sus piernas —aunque su padre presumía que las tenía duras como el cemento—, se desplazaban con pasos cortos y cierta dificultad. Y tuvieron que pasar unos años para que, junto a la complicidad de la policía municipal y los conductores, finalmente todo el mundo terminara entendiendo su afición e interpretara como una estampa ciudadana eso de querer correr siempre solo y solamente para desafiar al autobús.

Imagen tomada de el periódico El Norte de Castilla

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La bulldog

No estoy contenta con mi diseño. No sé de quién fue la idea de hacerme tan desproporcionada. De crearme unas patas tan fuertes y sin embargo tan cortas que me impiden correr ligero. Me agoto rápido —las diminutas fosas nasales de mi enorme cabeza no admiten el aire que necesito para poder llenar mi descomunal pecho—. En verano no quiero salir hasta que bajan las temperaturas. Además, por culpa de la también robusta morfología de mi compañero, no podemos aparearnos. Me preñarán artificialmente, y tras una gestación complicada, daré a luz un único espécimen, posiblemente y gracias a una cesárea.  

Dedicado a Lola, la Bulldog que me ha chivado cada palabra de este relato y que yo corroboro cada vez que la veo salir de paseo.

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Es culto, guapo, educado y ¡quiere presentarme a sus padres!

Al fondo del camino, acotada por ingentes cipreses, diviso una casa que crece según nos vamos acercando. En vano busco otra, algo más pequeña. 

Aparcamos frente a una escalinata donde descubro a cuatro personas uniformadas. Bajamos del coche y una pareja se nos acerca. Me aferro a su brazo, perpleja y nerviosa, tratando de que no se me caiga al suelo el ramo de flores que traigo para sus padres. 

«Tranquila, cariño, vas a encantarles». 

Él; elegante, alto, bien parecido, me extiende su mano segura. Ella; chaparrita, con lujoso traje Chanel, cara acecinada, prominente barbilla, ojos saltones, generosa nariz, exquisitamente maquillada y peinada, me abraza emocionada.

A la vuelta de la inolvidable y maravillosa jornada, le reprocho que me ocultase que su familia era rica.

—No lo consideré importante —contestó tajante—, pero… ¡a que mi padre es un fenómeno y mi madre, adorable y guapa!

El amor de un hijo por su madre, una cruzada que no estaba dispuesta a batallar. 

—Sí, tu padre es encantador y tu madre adorable —y mordiéndome la lengua añado—, y guapa… ¡muy guapa!

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Todas contra mí

«Esto se está saliendo de madre. Como sabe que soy soltero, la del quinto ha empezado a provocarme colgando en el tendedero sus picardías, tanguitas y sujetadores embadurnados de un pachuli rancio insoportable. Lo que no sé es cómo se ha enterado la del cuarto que soy asmático, por eso cuelga sus mandiles y sus arcaicos calzones apestando a lejía. ¿Y la del tercero? todo el día desconcentrándome con ese maldito e insufrible bakalao, ¿quién le habrá dicho que soy escritor? Tengo que hacerlo. Antes de que termine septiembre y empiece la matanza del pobre cerdo y la del segundo se entere de que soy vegetariano y se ponga a colgar chorizos y jamones en la terraza, me piro de esta casa, pero de madrugada y con la cachaba nueva, por si hay que zurrarle a la del bajo que sé que me espía por la mirilla cada vez que salgo al descansillo».

Esta imagen la he tomado prestada de la red

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Tomando de su propia medicina

Cuando aquella mañana vio a su padre levantarla en volandas, meterla en el contenedor de los castigos y cerrar la tapa, se la imaginó muerta de miedo, acurrucada, con la cabecita escondida entre sus rodillas esperando a que terminara su castigo y no iba a consentirlo. Él y su hermano mayor nunca lo superaron, sabía que su hermanita tampoco. 

Fue fácil rodarlo hasta allí. Luego esperaron a que el agua anegara sus gritos y llegara hasta el fondo. Una cadena y un candado le impidieron salir. La llave, nadie supo jamás, en el fondo de qué mar se pudría.

Imagen prestada de la red

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Fobia a las suegras

«Verá usted, acababa de darle el sí, pero mis dudas iban en aumento y necesitaba conocerlas, a todas ellas.

A la primera le escribí un mail. Me hice pasar por una antigua compañera del instituto. Su texto era inteligente, ingenioso y astuto. Su caligrafía excelente; cada punto, coma y acento, en su lugar. 

Con la segunda opté por una llamada. Me hice pasar por una vendedora de libros. Su voz sonaba cálida, argentada, inteligente y culta. Con mucha clase.

Con la tercera quise coincidir en una cafetería. Porte distinguido, elegante, muy atractiva. Con don de gentes. 

No entendía que hubiera dejado a esas mujeres, como el que tira una colilla, tan preparadas, guapas y bien posicionas. Cuando le pregunté me espetó sin tapujos… 

—Querida, porque tú careces de algo que ellas tienen: Madre.

Lo hice por ellas, por mis futuras hijas. Y decidí quedarme viuda, Señor juez».

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Masticando el miedo

Te despertaste sobresaltado por el chillido de tu timbre. Temiste lo peor cuando por la mirilla viste a dos guardias de seguridad de la urbanización plantados delante de tu puerta.
Si hubieran olido tu nerviosismo pálido al abrirles, el exceso de aroma a limones del Caribe, la ausencia de alfombra en la entrada o el zapato solitario que acababas de esconder debajo de tu cama, habrían apostado que en tu casa pasaba algo raro. Menos mal que solo habían acudido para advertirte que cerraras las ventanas de la buhardilla que con lo que estaba cayendo se te iba a inundar la casa.

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Matrimonio por interés

Su vida transcurría entre frusleras fiestas y asuntos de caridad.
«Te puedes gastar lo que quieras —le advirtió rotunda a su marido—, pasando por las Vegas hasta Montecarlo, pero cuernos ¡no quiero ni uno!».
Malas lenguas decían que fue en los casinos donde su familia forjó su rico abolengo; su bisabuelo podía perder en una noche un millón y la siguiente ganar dos.
Él se lo reprochaba…
«Pero ¿no era mi título lo que te interesaba?, recuerda, yo soy hombre antes que jugador».
Y una madrugada al volver a casa conoció a una mujer.
No le quedó otra alternativa… hizo que pareciera un suicidio.
Estaba convencido que ella era como el perro del hortelano.

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Billete de (v)ida

Entra en la habitación y me penetra con sus ojos, sabe que voy a pedírselo, otra vez, mil veces más. Y aunque no tengo apetito, nunca lo tengo, intento comer algo, por ella. Cuando sale con la bandeja medio llena, me invade el recuerdo de cómo sabe un escalofrío: el de sus caricias recorriendo mi cuerpo. Pero un instante después, la realidad se me encara y hasta la maldita quietud de mi habitación se convierte en un infierno.  

Desde la mesilla el viejo Boby me observa y me recuerda lo mucho que a mí me costó en su día, dar ese paso. No quería, pero lo hice. Por él. Por eso a ella no se lo reprocho. Sé que no se atreve, dice que no quiere perderme que me quiere demasiado y yo le contesto, que por eso mismo. Y aquí sigo, consumiéndome en la espera de que encuentre a alguien que se preste a hacerlo, por ella… por mí. 

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