«Para malvivir entre pucheros, no te dio Dios esa cara y ese cuerpo», le piropeaba el boticario cuando la veía sacudiendo la alfombra por la ventana.
«Tonterías, yo no valgo para otros menesteres -contestaba mirándose lasmanos-, estas han pasado penuria, hambre, no son las de una señorita…».
Y su mente volaba hasta la puerta del colegio donde la esperaba la maestra. Y la enviaba a su casa a limpiar el zaguán y las botas de la montería de su marido y la cuadrilla. Al terminar, la obsequiaban con un trozo de pan blanco con un chorreoncito de aceite y una cucharada de azúcar. Se lo comía sentada en el patio entre claveles y gitanillas. Por la tarde, mientras sus hermanos hacían los deberes y su madre amamantaba al recién nacido, ayudaba en las faenas de la casa; era la mayor y la única hembra de cuatro hermanos. Otros ratos la llevaban al campo a varear y recoger la aceituna. Y así se le morían los días, sin tiempo ni ganas para otras tareas. Todavía escucha la voz áspera de su padre diciéndole…
«Eres la más torpe de tus hermanos; todos saben leer y escribir y tú apenas te apañas con tu nombre».