Te falta su aroma. A lavanda, a puchero consumiendo brasa en el fogón. De esto hace ya tres meses, los mismos que llevas sin encender la chimenea; no sientes tus manos ni tus pies. Algo se ha congelado dentro de ti.
Evocas aquellos días sin pan y tu partida junto a una añosa maleta, para desafiar facturas de agua y luz. Para acallar penurias. Dentro, envueltos en tu pañuelo de yerbas, el llanto medroso del mayor, los pucheros de las gemelas, el abrazo roto de tu esposa.
Precisamente ahora, que ya no hay recibos devueltos y sí para algún capricho y pasar las Navidades en familia…
Dudas si te compensa seguir adelante.
Por fin te decides y sales a tirar al cubo de la basura sus zapatillas de desgastadas suelas y el delantal de su último guiso… ¡cuánto te cuesta desprenderte de sus cosas!
Entras de nuevo en casa. Sobrecogido, escuchas algo parecido a un gemido. Te acercas. Un rabito intermitente ondea las faldas de la camilla y en el otro extremo un hocico olisqueando tus babuchas. Lo acaricias. Huele a lavanda… y sientes frío; decides encender la chimenea.
Esta foto la he tomado prestada de internet.
Con este relato quiero homenajear a perros y gatos, compañeros que alargan la vida a aquellas personas que se quedan solas.

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