De vuelta a casa despotrica como un descosido. Toñín apenas le entiende. No sabe de besos ni por qué a su abuela jamás le dio uno en público. Tampoco, de la poca vergüenza que tenían esos dos hombres y por qué antes no se veían esas cosas. No entiende de valores y por qué ya no los hay. ¡A él solo le gusta dibujar! Por eso aguarda, con las pinturas, las hojas en blanco y la merienda, a que su abuelo se atrinchere como cada tarde en su sillón con un cigarrillo y una copa de vino frente al televisor. Ayer eligió Machete, hoy le toca a El Padrino.
Ciento setenta y cinco minutos después finaliza la venganza de la familia Corleone. El bocadillo ha desaparecido. La copa se vacía por tercera vez. El cenicero está lleno. El rojo acapara el folio y el timbre entra en escena. Toñín abre a su madre que viene a recogerlo y sin esperar a que su abuelo le dedique las mismas palabras de siempre… «¡qué bueno eres jodío!», deposita el folio con una cabeza ensangrentada de un caballo en un cajón. Debajo hay un hombre con una metralleta, más un par de katanas, dos toros con banderillas; un guante con cuchillas, pistolas de diferentes tamaños…

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