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El abuelo

Ya no te acuerdas cuando la sentabas en tu regazo y cantabais vuestra canción, la que compusiste para ella. Cuando tus manos le regalaban cosquillas y guiños cómplices tus pestañas. Del pan con chocolate al salir del colegio, de vuestras caminatas entre flores, del romero y el tomillo en tus bolsillos. 

Ahora tu mirada se pierde antes de encontrarse con la suya. Y desde que se ausentaron en tu boca las palabras y la sonrisa en tus mejillas, hay una indiferencia que le daña. Por eso, a veces, le dan ganas de no volver.

Como cada tarde en la que nunca la esperas hoy no dormitas con la cabeza gacha. Hoy  la presientes, la ves llegar. Tus manos tratan de palmear rítmicas en tus rodillas; tu voz, de nuevo inquieta, quiere sonar. Apenas unas décimas de segundo y vuelven aquellas inconfundibles notas. A sus ojos se asoman felices las lágrimas. En los tuyos hay incertidumbre y miedo. Miedo a que no vuelva. 

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Cuatro esquinitas….

Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio. 

Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.  

Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras cuando escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio con un ala rota y sin vida.

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Un grito, un alarido

Apenas diecisiete años y lo llamaron a filas. Cuando le pusieron el fusil en las manos no sabía a qué bando pertenecía ni contra quién lo usaría. Finalmente y después de tantas muertes, aprendió a disparar sin mirar a los ojos; mejor no recopilar miradas que le recriminasen, que le quitasen el sueño. Hasta ese día en el que escuchó un grito. El de un hombre que distaba de él apenas unos metros. Un grito que reconoció al instante, que transformaría su vida en una condena, que perduraría en sus oídos día y noche, sin tregua. 

Lo que nunca sabrá es si su padre, antes de ser abatido, escuchó su desgarrador alarido.

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El ascensor

Peldaño a peldaño, su floreado vestido se va pegando a su cuerpo como una segunda piel. Cuando alcanza el portal lanza un profundo suspiro y se derrumba. No tanto por el agotamiento como por acordarse que hoy habrá reunión y de sobra sabe cómo actuarán sus vecinos.    

—Si nosotros apenas llegamos a fin de mes. Alegarán los del primero C.

 La propietaria del segundo A, desde que echó a su marido de casa, ni olvida ni claudica…

—Maldita seas, por deshacer camas ajenas. Cuánto me alegra que tú también te quedaras sin el tuyo.

—¡Vaya, vaya!, cómo han cambiado las tornas —comentarán los del bajo izquierda— ya no te ríes de los que no tenemos vistas tan buenas, ahora te jodes, por haber apuntado tan alto.

Pero Josito cada día pesa más.   

A veces sueña que su madre ya no puede con él —antes era su padre quien le llevaba al colegio—. Y se imagina contemplando la vida desde las ventanas de su cuarto piso. Y llora. Y odia su silla de ruedas. Sus trece años no entienden que salir a la calle sea una cuestión de venganza, chanza y dinero. 

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Discrepancias

Otra vez con la misma cantinela. Que es nuestro salvador. Que si él todo lo ve y vela por nosotros… Que con él se vivía mejor, que nadie les obligó a que se marcharan fuera. Que si con él había más seguridad en las calles y no existía el paro.… Que nacieron para eso. Que son nuestra cultura. Que como tienen la piel muy dura, pues no sufren. Que si no, se extinguirían… 

¡Me pone de los nervios!¡Hasta el mismísimo gorro de escuchar tantas tonterías y disparates!

¡No soporto que me hable de Dios, tampoco del tal Franco ese, mucho menos que defienda las corridas de toros! 

Pero al rato se me pasa y aunque diga cosas que no comparto, ella es la persona que más admiro. Yo la he visto recoger perritos de la calle. Llevarse a casa una paloma herida y curarla hasta que salía volando. Hacerle bocadillos al mendigo que pedía en nuestra calle y regalarle caramelos a los chicos del barrio. Crió a siete hijos y cuidó de mí cuando mamá se fue. Siempre estuvo ahí,  incondicionalmente: mi abuela.

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La espera

Vuelvo a casa. Las coloridas bolsas, que celosas compiten con el brillo de la ciudad, esperan atrás en mi coche. Nieva. La gente embutida en abrigos y bufandas marcan sus pasos sobre el blanco asfalto. 

Ya imagino mi calle, atesorando travesuras. La esquina, cómplice de mi primer beso. La cabaña del gran abeto y sus mil secretos. Mi casa. El calor de la gloria. Los vivos ojos de mi madre y sus manos inventando sabores. Mi padre con la cachaba en una mano y un chato de tinto en la otra esperando inquieto a que todo el mundo se siente a la mesa. La calidez de su abrazo.

Y las manos de mi madre agarrando su pecho y una mancha de vino tinto en el suelo y una mesa vacía donde el muérdago se lacia y un timbre que no sonará a la puerta y mi coche desfigurado y una llamada de teléfono.

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Su ultimo desvarío

Le estaban esperando. En cuanto aterriza le escoltan hasta la nave nodriza. Había prometido que no volvería, pero ya lo conocen, no en vano, lleva visitándoles algunos años. La escotilla se abre y una luz ambarina le conduce por un espejado pasillo. Llega a la sala naranja; hoy quieren sorprenderle. En el centro, una mujer sin ropas gira y gira sobre una peana circular mientras un hatajo de manos absorbe su energía. Otra sarta de ojos viscosos le dispara virulentos hilos que en pocos segundos enmarañan su cuerpo inmovilizándolo sin piedad. Se desespera y grita: “¡Hijo, ayúdame!”. 

No consigue mover un músculo.

Está sentada al borde de su cama. Sus tenebrosas ojeras delatan ésta y otras muchas noches en vela. Extiende sus manos, en sus líneas gastadas caducan miríadas de promesas y juramentos…

Tarda infinitos minutos en volver. La mira confuso. Pero en esta ocasión, de su viaje, se ha traído una lágrima infiltrada en sus ojos que cae, certera y limpia, mojando sus labios resecos…

“Tranquila, madre, esta vez sí sé cómo ayudarte”

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Hola y adiós

Quise irme de allí, de su lado y cariño, a un lugar cualquiera. No era mi momento. De lazadas ni de alianzas. Y tras hacer añicos su corazón le eché un pulso al mío y a mis veintidós primaveras. Cuando embarré bien mis botas y mis faldas se enredaron entre cardos y mil espinos, la melancolía, ávida de sus brazos, me aconsejó retornar a sus besos.

Llamé a su puerta. Me abrió una mujer delicada y serena. Una pitusa alojada en su regazo me trajo su mirada aceituna; un querubín aferrado a su pierna su ensortijado pelo. Pregunté por él pero no necesité respuesta… seis ojos me desvelaban que yo había muerto. Recogí mi turbación del felpudo y el bochorno de mis mejillas y partí de nuevo, pero mi estupidez todavía sigue allí, delante de su puerta.

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Parafilia

No recuerda su niñez sin una canica en las manos. Era un fiera jugando con esas bolas de colores. Las tenía pequeñas, medianas, grandes. De las primeras andaba sobrado, se las fue ganando una a una a los chicos del barrio. De las segundas tenía menos, las robaba del tarro que su hermano tenía escondido en el armario. Sin embargo, de las últimas, que eran las más difíciles de conseguir, atesoraba unas cuantas. Se las regalaba el hombre de la esquina cada vez que le hacía uno de esos mandados. Él conocía muy bien a la gente del barrio y solo tenía que llamar al timbre y preguntar con su voz de chiquillo que si por favor le abrían la puerta. Se enteró de más mayor. Entonces, no sabía que cuando una mujer se encontraba sola en casa, era más fácil forzarla, sobre todo si tenía más de setenta años.

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Una pasmosa mañana de verano

Me desperté desazonada recordando las noticias sobre esa chica a la que habían destrozado la vida. Y según bajaba a desayunar pensaba en mi vecina, y en sus tres hijas, y al tiempo que me lamentaba por ella, me alegraba de no tener su suerte.  

Mis hijos preparaban el desayuno en la cocina. Le abrí a un sol que pedía entrar por la ventana y por la que se colaron también las risas de las tres jóvenes que se hallaban en el jardín. Mientras desayunábamos propicié la conversación. El de 17 opinaba que eso era de sinvergüenzas. Jaime, dos años menor, que eso no se le hacía a una chica. Cuando el mayor condenaba tamaña barbaridad, las risas de las chicas mutaron en algarabía y la voz de una de ellas viajó hasta nuestras tostadas pringándolas de desconcierto…

«No tienes ni idea, Marita, esa nos está troleando, te lo digo yo, ¡no quiero imaginarme la clase de padres que tendrá!». 

Seguidamente, la voz de otra de las jóvenes, más alterada y socarrona, aterrizó sobre nuestros cafés, zumos y colacaos, transformándolos en sorbetes y granizados de asombro y perplejidad…

«¡Zorra, es es lo que es, una zorra, anda que no se lo pasaría bien montándoselo con los cinco!»

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Hola y Adiós

Quise irme de allí, de su lado y cariño, a un lugar cualquiera. No era mi momento. De lazadas ni de alianzas. Y tras hacer añicos su corazón le eché un pulso al mío y a mis veintidós primaveras. Cuando embarré bien mis botas y mis faldas se enredaron entre cardos y mil espinos, la melancolía, ávida de sus besos, me aconsejó retornar a sus brazos.

Llamé a su puerta. Me abrió una mujer delicada y serena. Una pitusa alojada en su regazo me trajo su mirada aceituna; un querubín aferrado a su pierna su ensortijado pelo. Pregunté por él pero no necesité respuesta… seis ojos me desvelaban que yo había muerto. Recogí mi turbación del felpudo, el bochorno de mis mejillas y partí de nuevo, pero mi estupidez todavía sigue allí, delante de su puerta.

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Traumática decisión de una madre

«Al menos 30 muertos y 45 heridos en una gran superficie…». 

Rápidamente apaga el televisor, pero las imágenes de los sospechosos y los cuerpos de mujeres, hombres y niños bajo plata y mantas, continúan patentes en su memoria.

Hoy le resta un año y como una autómata sopla, vela a vela, los indicios que su incuria no supo ver a tiempo; las intempestivas reuniones de madrugada con sus colegas; los cuchicheos al teléfono siempre que ella le rondaba cerca; sus incomprensibles giros de humor; el subversivo tatuaje, como un indescriptible mapa topográfico grabado en su espalda… 

Aquella aciaga mañana levantó despacio el auricular. Carraspeó repetidamente. De su boca se escapó una voz temblona, pero con agallas suficientes para dirigirse al agente.   

Hoy, el nudo que asfixia su garganta delatora, se hace más grande y voraz. 

Imagen prestada de la red
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Una historia de Jesús Motilva; el pucelano al que, sobre todo, le gustaba correr

Era su ilusión, hiciera frío o calor —la lluvia tampoco era impedimento—. Corría por la mañana y por la tarde, desde la Plaza de España hasta el barrio La Rubia, por la calle más transitable; el Paseo de Zorrilla. Ida y vuelta. Y únicamente por la calzada. Decía que por la acera la gente interrumpía su paso. A este joven de 27 años, de aspecto frágil, que trabajaba en un taller de encuadernación con otros chicos como él, las madres —intuyendo quizá que la suya muriera cuando él nació—, lo miraban con pena; los chavales con guasa; los más mayores como si fuera un tarado. Porque Jesús no corría como los demás; sus piernas —aunque su padre presumía que las tenía duras como el cemento—, se desplazaban con pasos cortos y cierta dificultad. Y tuvieron que pasar unos años para que, junto a la complicidad de la policía municipal y los conductores, finalmente todo el mundo terminara entendiendo su afición e interpretara como una estampa ciudadana eso de querer correr siempre solo y solamente para desafiar al autobús.

Imagen tomada de el periódico El Norte de Castilla

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Doble fiasco

Viuda, sesentona y le encantaba Felisín, el hijo de su vecina. Muchas tardes pasaba por su casa, le daba de merendar, le llevaba al parque, jugaban en el césped. Sus larguísimas pestañas le recordaban a su hijo, pero a éste nunca le habló de querer a los animales, de respetar su vida en libertad, de proteger los árboles y que una cerilla podría traer mucho dolor…

Tenía catorce años cuando lo encontró capeando una muleta. Quiso quitarle importancia. Días después lo vio salir del pinar con una carabina y unos pájaros pendiendo de un aro sangriento.

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RELATO ENVIADO AL CONCURSO SOLIDARIO CINCO PALABRAS

Publicado en ¡Jóvenes!, ENTCERRADOS de Esta Noche te Cuento

Calor de hogar

Había cambiado la forma de vernos y amenazó con irse. Porque estaba harta. De nosotros, de sus hermanos, de cariños, besos y arrumacos. ¡A nosotros, más que un sueño, nos parecía un mentira que a sus treinta y tres decidiera dar el paso! 

Me pidió que le acompañara a ver uno, amplio, con buen precio, en una excelente zona, con dos chicas universitarias, un médico…

 «Mamá, que dejo el piso». Me dijo por teléfono apenas un mes de cambiarse.

«Pero hija, si es perfecto y tus compañeros son majísimos». 

«Sí, mamá, el piso está bien y mis compañeros son muy majos pero les noto algo fríos y distantes… tengo que seguir buscando». 

Lo teníamos clarísimo, al mes sabíamos que volvería a casa.

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Microrrelato presentado a ENTCERRADO 1… de maneras y regresos

Frase de inicio; Había cambiado la forma …

Frase final; … sabíamos que volvería.

Publicado en ¡Jóvenes!, Premiados en WONDERLAND, Premios y Regalos, Wonderland

Chiquito, pero…, finalista en Wonderland

Nació como una culebrilla de agua, sietemesino, con un kilo novecientos y treinta centímetros de largo. Se aferró con ahínco a la vida y a las tetas de su madre. En la guardería fue el más bajito. Durante la EGB el repetidor más retaco y añoso. Al grito de «tonto el último» galopaba al recreo. En su casa cortaba el bacalao, en la calle era un buscavidas. Con los amigos sacaba pecho, con las chicas metía tripa. Su sueño, hacer la mili pero al no dar la talla vendió su alma al diablo. Se hizo matón, en honor al dicho.

 

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Aquí os dejo el blog de los patrocinadores, a los que agradezco infinito que lo hayan elegido.

http://blog.rtve.es/wonderland/

Publicado en ¡Jóvenes!, Monstruoscopio de Entc, Premios y Regalos

Si le hablas al adicto de mesuras y de estofados al hambriento, te enviarán a tomar viento (Pase a la 3ª ronda, Monstruoscopio de Entc)

«Solo estará tres meses, le insisten sus padres, tienes que tratarlo como a uno más de la familia». A Julia le costaba congeniar con la gente, pero con Zamir hizo buenas migas enseguida.

Hoy meriendan solos. Zamir se sacia rápido—¡qué bien le vendrían unos kilitos!—, en cambio Julia necesita más. Revisa de nuevo el frigo y saca la nocilla, unas magdalenas y unta tostadas con mermelada y mantequilla.

Han pasado siete semanas y Zamir no deja de pensar en sus padres, sus cinco hermanos, en la penuria, en su precario país. No termina de acostumbrarse a estar rodeado de tanta comida. Le desconcierta la variedad de galletas, embutido, frutas, la ingente cantidad de carne y pescado en el congelador. Pero lo que no consigue entender es por qué Julia cada vez que meriendan se va al baño… y es que Zamir desconoce que ella está loquita por sus huesos.

 

Llegamos a la GULA.

Extensión: 150 palabras MÁXIMAS  (título NO incluido). El TÍTULO debe contener una palabra de la lista 1 y además otra palabra de la lista 2.  Admitimos singulares/plurales y cambios de género (femenino/masculino) de las palabras propuestas.

LISTA 1 :  estofado – coleccionista – adicto

LISTA 2 : algas – viento – música

Gracias al jurado y demás votantes, por posibilitarme el paso a la siguiente ronda.

 

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Esta ilustración, que debía inspirarnos a los tragoncetes de turno, es de Susana Revuelta, echa un vistazo a su blog, una joyita…

http://estelasdetinta.blogspot.com

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento

Te conozco bacalao, aunque vayas disfrazao

—¡5.000 pelas, tronca… vaya un marrón! Empezamos bien las vacas…
—Tranki, tía, que el picoleto venía rayao, ¡si nada más pararnos empezó la movida!… que si el cinturón, que si los papeles del buga, que si la ele…
—¿Y el rollo macabeo que nos largó después?, ¡que vaya pintas…… que si ya no hay valores… que dónde vamos a llegar… que si nuestros viejos supieran!
—No te comas el tarro, Sofi, nos tocó el chungo, el carroza… lo pagamos a medias y punto.

Con la multa en el bolsillo de sus vaqueros, Sofía y su chica retomaron el viaje hasta el hotel de la playa. Apenas llegaron a la habitación y sin ánimo para deshacer maletas decidieron ir a cenar. Salieron al tapizado pasillo y camino del ascensor dos hombres que llevaban idénticas intenciones. Uno de ellos, el más bajo, presintiendo que quizá había alguien en la retaguardia, retiró la mano del culo —enlatado en unos pantalones negros de cuero brillante— de su acompañante.
Sofía, adelantándose dos pasos deslizó su mano dentro del bolsillo de sus vaqueros y al tiempo que sacaba la multa palmeó con la otra el hombro del más alto… Lo reconoció enseguida, aunque ahora no llevase tricornio.

Unknown.jpeg                                                          Imagen tomada de la red

Publicado en ¡Basta ya!, ¡Jóvenes!, El gato negro de Onda Cero, Microrrelatos indignados

Un funesto recuerdo no resuelto

images-1.jpeg                                                                                                                  Imagen de Google

Acaricia el sonajero, el chupete y la ropita que, aunque no es nueva, le huele a gloria. Antes de meterlo todo en la mochila saca sus libros y una agenda. Abajo un taxi la espera.

Lleva seis meses deseando este momento, de los tres primeros prefiere no acordarse, fueron de dudas, miedos, consejos, advertencias…
Antes de entrar le insisten, otra vez, pero ella ya ha decidido.

Lo mece en sus brazos. Cuenta sus deditos. Contempla su carita. Se mira en sus ojos…. y de nuevo, aquella misma mirada, jadeante y loca, y el mismo dolor punzando su cuello y vuelve el pánico, inmovilizándola contra el suelo…
Lo retira de su pecho y pide que le traigan los papeles.

Este micro concursa en el «I Certame Micro-Relatos do Gato Neghro e Onda Cero Lugo»

En el blog de los organizadores podréis encontrar otros relatos que participan.

http://microrrelatosdogatoneghro.blogspot.com.es

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento, Premios y Regalos, Viejecit@s

Urge vender radio en buen estado, seleccionado en “ENTC»

Me despierto con un peso molesto en la tripa. Me retiro el pie de mi hermana la pequeña. A punto de quedarme dormida, se me clava en la espalda una rodilla; la de mi hermana la mediana. Habrá que comprar otra cama, mañana hablaré con mamá, dormir así es una lata.

Al entrar en la cocina encuentro a papá con la mirada abatida… (se me hace raro verle en casa por las mañanas) intentando rellenar el sobrante de mis zapatillas que, desde hoy pasarán a mi hermano. El abuelo contempla la radio. Me habla de cuando él y la abuela la compraron a plazos y de cómo llenaba sus días. Se rasca la boina y mira hacia arriba… como pidiendo su consentimiento. Se le humedecen los ojos, pero lo achaca al vaho de la olla, donde cuecen patatas y la berza… una, bien hermosa, que le regalaron ayer en el mercado. Me acerco a mamá y le doy un beso. Decido no molestarla con tonterías. Salgo deprisa con mis libros bajo el brazo, y ahí la dejo, sentada en su silla de enea, peleándose con el cuello y los puños de mi bata del año pasado.

13710_Woman_Sewing_f                                                         Imagen tomada de Google

Este micro participa en «esta noche te cuento»

http://estanochetecuento.com/urge-vender-radio-en-buen-estado-rosy-val/

LA RADIO en un relato, 13 de Febrero. Día Mundial de la Radio

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 Mi relato en este libro portada-559x1024.jpg

Muchas gracias al jurado por elegirlo.

Publicado en ¡Jóvenes!, Con mucha miga, El amor y sus cositas

La chica de ayer

Acababa de divorciarse, y sin saber por qué, recordó a Margarita. La nostalgia le llevó al anuario escolar de 1980, ¡allí estaba!, aquella chica tenía algo que la hacía diferente a las demás. Se preguntó, qué habría sido de todos ellos. Llevado por ese interés, se animó a reunirlos, sería la primera concentración de su promoción.
Jugar a identificar las caras con los nombres de sus antiguos compañeros les costó, a unos más que a otros. Decepcionante, que no acudiese Margarita, siendo el motivo especial del acontecimiento, pero lo fue más descubrir, quién se escondía tras ese elegante y apuesto hombre que él no recordaba en su promoción.

transsexualImagen prestada de la red

Publicado en ¡Jóvenes!, Cincuenta palabras, Con mucha miga, El amor y sus cositas

La ilusión del día

Me comenta que anda muy liado. Desde que se ha independizado le echo de menos. Aunque sé que pasa frío, en el fondo me encanta, pues aprovechando que sale a la calle a fumarse el cigarrillo, me llama por teléfono cada mañana.

Hace dos semanas que ha dejado de fumar.

22576136-ilustracion-de-un-hombre-que-fuma-cerca-de-la-calle-peatonalLa imagen la he cogido prestada de la red.

http://www.cincuentapalabras.com/2014/06/la-ilusion-del-dia.html

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento

Este año, de vacaciones al norte

Mis hijas estaban encantadas con aquella casa rural que habíamos encontrado en internet. Preparaban su equipaje. A la de 11 años le aconsejé qué llevar. “Yo ya soy mayor para que me ayudes”, me espetó la de 13 con autosuficiencia, aún así, le recordé, que no se olvidara de lo más importante y necesario, que luego no se arrepintiera de no haberlo llevado.

 

Durante el viaje, la pequeña leía mi último libro “Los arándanos de Juan”, la otra escuchaba música de una banda pop que estaba revolucionando a las jóvenes.

Al llegar, les propuse ir a la playa. La menor, en traje de baño, esperaba en el porche, su hermana, sobre la cama, tarareaba con sus inseparables cascos. “Ponte el bikini” le dije cuando logré que me escuchara.

-No lo he traído, contestó sin inmutarse apenas.

-¡¡¡Tanta maleta y has olvidado los más importante!!!

-No, lo importante lo he traído.

Abrió su maleta, en una bolsita de plástico estaba su camisón y su cepillo de dientes… debajo; dos tazas, un paraguas, tres videocintas, dos álbumes de fotos, cuatro cancioneros, seis gorras, dos retratos, tres revistas, pines, cinco discos, llaveros, una carpeta con recortes de prensa… ¡TODO! de los Baquestribois esos…

 

Imagen                                            Imagen tomada de la red

 

A la kedada de ENTC, Urueña, Valladolid, teníamos que llevar un micro, y yo llevé este que acabas de leer.

Lo de la casa rural y todo lo relacionado con Jams, era la “trampa” que yo le tenía preparada; cada uno de los trabajos presentados, de una manera u otra, “debía” hacer alusión a su nombre. Me lo pasé bien, con su cara de extrañeza, cuando empezó a sospechar que en nuestros micros, había gato encerrado.

Un fin de semana muy especial, me encantó conocer a personas a las que llevaba meses leyendo, y ponerles cara y voz, fue sorpresivo y muy grato, con alguna, especialmente, y me reafirmó en esa teoría que reza; “el roce hace el cariño».

Daros las gracias, compañeros, ¡¡¡hasta la próxima!!!

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Publicado en ¡Jóvenes!, Con mucha miga, Microrrelatos indignados, Microydibujos con Juanlu

Enganchada

Demasiado tarde, ocho meses es mucho tiempo. Cuando lo advirtieron estabas atrapada, ya eras juguete de aquel guiñol.

Pendiente de él a todas horas, no hacías otra cosa que seguirle, llenaba tu vida, te sentías viva. Una de esas noches te informaron que se iría, que no volverías a verle, comer, lavarse los dientes, bailar, dormir, te preguntaste alarmada, ¿qué será de mí?

Su marcha te llenó de tristeza, pensabas morirte de pena.

Esa madrugada al entrar en tu cuarto, te encontraron tendida en el suelo. En tu mano ya fría, el mando, definitivamente él se había ido, el reality había llegado a su fin.


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Esta particular marioneta me inspiró este micro. Ella es obra de Juanlu,  que nos la presentó allá por el mes de marzo de 20013, participando en la convocatoria para su libro, Colaboraciones III. Si quieres ver más cosas de él, aquí su blog… http://dididibujos.blogspot.com.es

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento

La verdad, sin dobleces

«La primera vez que me miraste, me hiciste sentir especial. Pero a los pocos días observé algo en tus ojos, ya no miraban igual, como si no me soportaran. Querías alejarte, mi sinceridad te hacía daño, te deprimía. Pero pronto me echabas de menos, volvías a mí y de nuevo ocupaba tu mente. Necesitabas ayuda, salir, encontrar el camino, lo real, sin embargo lo negabas y me mentías, te engañabas.

Cada vez duraban menos tus ausencias, hasta ese fatídico instante en que fue imposible separarnos, discernir quién estaba dentro de cada cual. Me convertí en tu desesperante obsesión. Tantos años pendiente de mí, definitivamente te pasaban factura. Presentí que esta vez, no era como las demás.

Esta mañana tu madre levantó tu debilitado cuerpo del suelo, en tu mano ensangrentada, uno de mis añicos. En el hospital nada pudieron hacer por ti. Esta vez era yo el que entraba en tu cuerpo, hiriéndote mortalmente».

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 JUN88. SIEMPRE ME GUSTÓ DECIR LA VERDAD, SIN DOBLECES, de Mª del Rosario Val Gracia

 

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Érase una cruel princesa

Estás emocionado, hoy hay quedada. Te importa un pimiento lo que piden los maestros, total, no eres del gremio, pero tu princesa irá.

Te pones tu mejor pantalón, estrenas camisa, con esmero te afeitas. Llegas el primero. Sonríes recordando que fue en esta misma Puerta del Sol cuando la conociste y que no solo engrosó tus contactos, también tu corazón. Desde aquél día no has dejado de hablar con ella, de recibir los besos que en cada despedida a ti más te enamoran.

La plaza se va llenando, la buscas con insistencia. Media hora después, la encuentras. ¡Qué guapa está con esa melena que ahora reposa sobre sus hombros!. ¡Esos ojos aceitunados que desde su primera mirada, te cautivaron!. Embelesado te acercas, a punto de besarla en la cara, da un paso atrás y te aparta diciendo…

-Perdona, ¿nos conocemos?

-¡Claro, soy Ernesto!

-Qué Ernesto…

-¡Cómo que qué Ernesto!, hemos quedado en vernos, aquí… hoy…  Tímidamente añades: llevamos tres meses y un día… chateando.

Te quedas de piedra cuando levanta su cabeza implorando al cielo y antes de perderse entre la gente la escuchas decir…

-¡Pero quién será este imbécil de los 3.557 agregados en mi facebook! 

MAY39. ÉRASE UNA CRUEL PRINCESA. de Mª del Rosario…

La ilustradora de este mes es Amparo Martinez,  su blog PETRA ACERO

BLOG-Princesa

Publicado en ¡Basta ya!, ¡Jóvenes!

Qué hice mal…

En el mismo instante que le sentí dentro,  supe que ese sentimiento perduraría en mi hasta que se me acabase la vida. Es curioso, te lo explican… tu madre, otras mujeres, incluso la amiga que se te ha adelantado, pero solo lo comprendes si lo haces plástico, si por fin, lo vives.

Cuando nació me creí realizada, la más feliz, él ocupaba mi tiempo, mi existir. Era aún pequeño y decidimos darle una hermanita. Pensábamos que a nuestro hogar ya no le faltaba nada… nos equivocábamos.

El día que me insultó, la primera vez, yo le excusé:
“¡Pobre, echa de menos a su padre, cuando crezca se dará cuenta aún es un niño!”.
Pero creció y no cambió, eso y otras cosas que me avergonzaban. Él hacía lo que quería en cada momento. Entraba y salía a su antojo, “yo soy mi dueño”, decía. Con el dinero que encontraba en sus bolsillos… “no te metas, eso es cosa mía”. Traté de inculcarle el sentido común, llevarle por un camino recto. Las idas y venidas al psicólogo eran constantes.

Se convirtió en una costumbre… tenía que hallar mi cartera siempre en el mismo sitio, cuando no, se enfadaba tanto que temía me agrediese. Dentro, algún billete para que él pudiera quitármelo, si estaba vacía se enfurecía podía romper lo que encontrase en su camino.

Mi familia y amigos habían dejado de venir a casa, le tenían miedo.

Intenté todo lo que estaba a mi alcance. Visitamos los mejores centros, no acudía dos veces al mismo si no le decían lo que él quería escuchar. Me engañaba, mi hijo no deseaba cambiar ni curarse. Me costó asumir que él quería ser así, destruir lo bueno y a nosotros. Ya no tenía fuerzas para recuperarle aunque quizá nunca le tuve.


Probé echándole, pero, le admitía de nuevo. Pasaba las noches fuera no dormía en casa. Volvía cuando el alcohol ya mandaba en su cuerpo. Los surcos en sus brazos delataban que también su cerebro tenía dueño, empezó a necesitar más dinero.

Aquella soleada mañana estábamos desayunando. Una figura envuelta en luz, transparente y limpia se coló por la puerta. Emocionada le vi renovado, hasta sonreía… pero ese deseo formaba parte de mi anhelo que se esfumó en el mismo instante en que abriendo la nevera cogió el zumo de naranja y lo vertió por el suelo. Se dirigió a su hermana amenazante… 
“¡Recógelo, puta, si no te voy a meter un par de hostias!”. No se comunicaba, hacía tiempo que solo mandaba, voceaba. Ella, inevitablemente lloraba, eso le hacía más fuerte, creído, dominante. Seguidamente cogió del consabido lugar mi cartera y la vació dirigiéndome una mirada desafiante…
“Quiero más”.
Salió tras de mi. Su respiración agitada en mi nuca alteró mi aplomo. Pero yo seguía en la cocina, con mi hija, que esperaba aterrorizada a que yo volviera a su lado. Por eso para que ella no sufriera lo que irremediablemente ocurriría, le entregué un cheque con una generosa cifra. Extrañado y con mirada triunfante se marchó diciendo…
“Así me gusta, aquí mando yo”.

Al mediodía llegó eufórico, traía consigo un par de bolsas de las que se transparentaban unas botellas. Con voz autoritaria miró a su hermana: 
“Tráeme un vaso con hielo”. Temblaba, ella siempre temblaba cuando él estaba cerca.
Rocé su mano al tiempo que le daba el vaso y le besé con la mirada… el único modo que no podía rechazar. De nuevo esa disimulada seguridad que aplastaba el miedo en mis adentros y que no le daba tregua… “Tranquilo, le dije, te quedas solo, por nosotras no te preocupes, nos vamos de compras”.

Pasamos la tarde por ahí. Mi hija advirtió que yo estaba rara que nunca me había visto así. Ella en cambio estaba feliz, como siempre que estábamos fuera.

Al llegar a casa me metí en su cuarto y cerré la puerta. Apagué la luz. Subí la persiana y al abrir la ventana, un aire nuevo entró en ella. Cogí sus manos, las besé. Ya no podía negarse. Le cerré los ojos.

De vez en cuando entramos en su habitación, nos sentamos en su cama, nos miramos, en silencio…

 

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Y a ti, ¿qué te duele?

¡Esta puta pierna va a acabar conmigo, estoy hasta los mismísimos de este insoportable dolor!

Hace dos meses que Ramón se levanta todas las mañanas con esta cantilena, decide ir al especialista:

-Veamos, ¿dónde te duele?

-¡Uf, aquí, en el tobillo, lo tengo hecho polvo!. Le refiere con un triste rictus de oreja a oreja.

-Bien, con diez sesiones de rehabilitación se te pasará, pasa y espera un momentito.

Convencido de que aquél médico no tenía ni idea, entró en un recinto que olía a limón desodorante. Camillas y aparatos por todos lados. Una mujer de mediana edad le sonrió, luchaba con fuerzas por levantar un brazo. Viendo que Ramón lo observaba todo…

-A esa mujer… del tirón desde una moto la arrastraron por el suelo, ¡20 euros llevaba en el bolso!. Le rompieron la cadera y un brazo. Y aquél, el de la camilla, se cayó desde un andamio, no llevaba arnés de seguridad. Se rompió las dos piernas y no sé cuántas costillas. Siempre va en silla de ruedas. A esa chica, la de las paralelas, la atropelló un coche, dicen que en un paso de cebra. Le amputaron una pierna, tiene que aprender a andar de nuevo.

Ramón desconcertado le preguntó, que qué le pasaba a ella.

-Hace un año me quitaron un pecho, desde entonces he perdido la movilidad de este brazo.

Se hizo un silencio. La mujer amablemente…

-Y a ti ¿qué te duele?. Ramón suspiró algo inquieto…

– Bueno… a mi… en realidad…. me di un retortijón… nada… jugando al tenis… con… con un amiguete… me… duele… al levantarme pero a lo largo del día se me va pasando dice el médico que con unas pocas sesiones dejará de dolerme del todo.

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Flora

Me llamo Flora y he vuelto a caer… he pasado por un escaparate y no he podido resistirme; ¡me he comprado otro bolso!

Los bolsos me fascinan y no concibo salir a la calle sin uno, ¡eso sería como salir desnuda! Aunque la lenguaraz del quinto dice que en ese caso, bien podría taparme con tan solo uno… por lo poquita cosa que soy.

Mis amigos y familiares saben que si me quieren hacer feliz, pueden regalarme alguno. En el fondo les hago un favor, conmigo las Navidades y cumpleaños no son un quebradero de cabeza. Aunque a veces me encuentre con dos iguales y haya que cambiarlo. Como aquél de rayas que me regaló mi primer novio, entre berenjena y zanahoria, difícil de definir. Lo descambió, sí, ¡pero por uno rojo amapola chillón! Llevábamos cinco meses saliendo y aquello no prosperaba… y qué iba a esperar de alguien que regalaba bolsos así. Yo lo tengo muy claro, dime qué bolso me regalas y te diré cómo eres. Una mañana le escribí decidida: “Te dejo, tu corazón está como mi bolso, plastificado”. No sufrió mucho, esa misma noche mi hermana le vio por ahí, de juerga con otra.

Los marrones son mis preferidos. Los tengo en todos los tonos: tierra, chocolate, canelo. Mi buen amigo Ramiro, médico y pacifista, me trajo uno, color café, de Tetuán. Se marchó a Suiza para no hacer la mili y ¡mira por dónde! se fue a enamorar de la hija de un alto mando de la Fuerza Aérea. Se mosquea conmigo, siempre que le recuerdo, que gracias a las armas conoció al amor de su vida.

Mi madre dice que los bolsos tienen que ser bien grandes. De sus vacaciones en Egipto, me trajo uno en el que se me pierde el móvil, la cartera y nunca encuentro las llaves. No lo sabe, pero lo uso como bolso de viaje.

Los azules también me gustan, desde el marino, cielo, turquesa, hasta el pizarra. Excepto el azul real. Como el que me regaló mi prima, que por cierto aún no he estrenado, posiblemente por su tono aristocrático. Nunca me gustaron los disfraces de reinas ni princesas, ¡ya de pequeña apuntaba maneras! Cuenta mi madre, que esa animadversión hacia lo monárquico la heredé de mi abuela, ahora acrecentada gracias a un rey, que no contento con la crisis que reina en nuestro país, se fue a cazar paquidermos a Botsuana… aparte de ser una indecencia, ¡vaya un curioso y lujoso hobby!, nada apto para cualquier bolsillo.

Otra que me regala bolsos es Susana, una amiga de mamá. Habla hasta por los codos y siempre con sus eternas preguntas: «que si tengo novio, que porqué no me caso, que cuándo voy a hacer abuela a mi madre». Por dios, le contesto con cierta vehemencia… «¡yo no pienso tener hijos, o por lo menos hasta que la maternidad no llame a mi puerta!»

Pero volviendo a mis bolsos, tengo muchos en color verde, en todas sus gamas: musgo, menta, pistacho, militar… vaya, militar, como mi segundo novio… ¡qué recuerdos! Me regaló un Miu Miu, carísimo, pero saliendo de la zapatería donde fui a comprarme unos zapatos que le hicieran juego, le vi con una del brazo… ¡era un hombre casado! Aunque estaba bastante enamorada de él, decidí dejarle. Entonces me convenció de que se divorciaría. Pasaron cuatro meses y yo seguía esperando, ¡ingenua de mí! Pero de nuevo la casualidad se puso de mi parte… ¡volví a pillarle y esta vez, no con su mujer! Despechada se lo dije a ella y le puso la maleta en la puerta. El padre de la otra, que también desconocía su situación, amenazante, le leyó la cartilla y huyó de la ciudad. Por supuesto que las tres salimos ganando.

Tengo varios blancos, pero mi favorito es uno que no es de piel, me lo regaló mi mejor amiga que ahora es vegetariana. Viendo un documental descubrió cómo mataban a las focas bebé para arrancarles la piel, desde entonces ni come carne ni usa pieles de animales.

Los negros me encantan; lisos, con flores, en bandolera, con asas, en mochila, de fiesta. El último que me regaló la hermana de mamá, es para eventos elegantes. Es la mujer más besucona del mundo. Cuando éramos pequeños, nos escondíamos cada vez que venía al grito de: «¡que viene la tía Aquilina!». Fiel a su costumbre, me los sigue regalando negros.

También los tengo grises, como uno en marengo, precioso, que me regaló Gregorio, mi tercer novio. Paseábamos una tarde fría y lluviosa cuando un viento fuerte me lo llevó y fue a parar a un charco. Me puse histérica, mi preciado bolso dentro de aquél lodo, nunca recuperó su color, su textura. Se me puso blandengue, como Gregorio, que me confesó que no podía superarlo, que mis bolsos le perseguían, que soñaba con ellos. ¡Qué ridícula excusa!, a los pocos días le vi con Matilde, esa no tenía tantos bolsos como yo, pero sí dos poderosas razones. Mi hermana para consolarme me trajo uno amarillo, decía que de existir el alma, ese sería su color.

Por culpa de los bolsos me dejó Gregorio, y gracias a eso he conocido al hombre de mi vida, me da que éste es el definitivo, además de tener muchas cosas en común conmigo, ¡tiene una excelente boutique de bolsos!

Para mí el bolso, más que un objeto, es una prolongación de mí misma. Él es importante por todo lo que lleva dentro; el perfume que me identifica, algunas de mis fotos favoritas,  direcciones y teléfonos de mis seres queridos, la agenda que me recuerda lo puntual, caramelos para endulzar un momento amargo, el bolígrafo y la libreta siempre prontos cuando me asalta una idea, la apasionada historia que me alimenta hasta que una nueva la reemplaza, la llave del buzón donde siempre espero encontrar buenas noticias, pañuelos para enjugar la emoción…

Por cierto, no me molesta que digan que soy una mujer a un bolso pegada, ¡me gusta ese aire quevediano!, porque aparte de los bolsos, y al igual que el maestro de la sátira, poseo un inagotable sentido del humor. Seguro que estáis de acuerdo conmigo con aquél refrán que dice…

«Más vale bolso en mano, que cien cosas dispersas por los bolsillos».

Flora nació para una despedida de curso. Quise hacer algo jovial. La original llevaba los nombres de mis compañeras, solo he obviado eso y algún detalle que ahora no viene a cuento. Si con Flora consigo sacarte una sonrisa, aunque sea fugaz, me daré por satisfecha.