Publicado en ¡Basta ya!, Esta noche te cuento, Microrrelatos indignados

El paraguas vengador

Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Me ha cambiado por otro y se ha ido a trabajar sin mí, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.  

Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante el acoso constante. Cuando por fin aparece le increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…

Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.

Pero esto no es una película.  

Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre. 

Miedo, denominador común en la violencia contra la mujer

La imagen la he cogido prestada de la red, incluido el pie de foto.

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Papá

Era aún un niño y no entendías que no quisiera chocar camiones y autobuses con coches de policías o no fueran las gemelas las que más jugasen con las muñecas. Tampoco veías lo forzado que salía de casa cada vez que había que calzarle o comprarle ropa. Y esa obstinada insistencia en compararle con el mayor, reprochándole que no se pareciera a él ni un poquito. Empleaste su infancia en querer hacer de él un machote. Jamás una mirada inofensiva a sus ingenuos ojos, pasear con él por la calle de la mano. Hasta que llegó un día en el que se atrevió a replicarte, lo hizo desde un puente, quizá para demostrarte que lo suyo no era una cuestión de huevos.

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Goteras

«Pues sí, cariño, yo pensaba que no, pero existen. Recuerdo que según me acercaba al medio siglo se me instaló en el pie derecho un dedo martillo, en el izquierdo un disforme juanete y un par de puentes en la boca. Apenas traspasé los sesenta, una persistente tendinitis viaja de hombro a hombro como Pedro por su casa. Meses más tarde se me alojaron en las piernas unos indeseables calambres que se multiplican cada vez que llega el invierno. Además de este insoportable dolor de rodillas, cataratas en ambos ojos y dedos arqueados en las manos, desde que cumplí los setenta apenas duermo cinco horas».

La niña la miró estupefacta… 

«Abuelita, yo solo te había preguntado… que qué eran los achaques».

Esta imagen la he cogido prestada de Google