Publicado en CONCURSOS VARIOS, Viejecit@s

Goteras

«Pues sí, cariño, yo pensaba que no, pero existen. Recuerdo que según me acercaba al medio siglo se me instaló en el pie derecho un dedo martillo, en el izquierdo un disforme juanete y un par de puentes en la boca. Apenas traspasé los sesenta, una persistente tendinitis viaja de hombro a hombro como Pedro por su casa. Meses más tarde se me alojaron en las piernas unos indeseables calambres que se multiplican cada vez que llega el invierno. Además de este insoportable dolor de rodillas, cataratas en ambos ojos y dedos arqueados en las manos, desde que cumplí los setenta apenas duermo cinco horas».

La niña la miró estupefacta… 

«Abuelita, yo solo te había preguntado… que qué eran los achaques».

Esta imagen la he cogido prestada de Google

Publicado en El amor y sus cositas, Esta noche te cuento, Viejecit@s

Desde siempre. Para siempre

Se conocieron en el instituto y la universidad separó sus vidas. Años después, Julia se casaría con un aspirante que la acomodó como sus padres pretendían. A Benita, uno que decía amarla, la abandonó dejando su vientre ilusionado. 

Hoy el tiempo las ha encontrado en un hogar para ancianos. 

Pasan las tardes en la biblioteca. Julia desde su sillón se esconde tras su abanico. Benita no pierde detalle y disimula pasando las páginas de un libro. 

Si la una se levanta la otra le sigue detrás. También al acostarse piensan la una en la otra. Julia promete que mañana se sentará a su lado; le dirá que sus ojos azules le recuerdan a alguien que una vez amó. 

Mas esa madrugada la salud le dicta sentencia. 

Una tarde más Benita acude a la biblioteca, pero hoy hace nueve días que nadie va tras ella. ¡Cuánto le pesa no haberle dicho a Julia que su voz le recordaba a alguien que una vez amó!

Sin embargo, el desconsuelo y el alba se compinchan y citan a las dos amantes. De seguida, un par de margaritas deshojadas de vergüenzas cayeron del cielo y dos eufóricos «me quiere» estremecieron la residencia. 

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Publicado en CONCURSOS VARIOS, LEMCA de Esta noche te cuento, Viejecit@s

Para espina, la mía

Decidimos llevar a nuestras madres al monasterio de La Santa Espina. Querían conocer el sitio donde dicen se hallaba una de las espinas que Jesucristo portó en su corona el día de su Pasión y Muerte. También visitaríamos un mesón donde servían las sopas de ajo, los empiñonados y huesos de santo más exquisitos de Valladolid. Llamé para reservar mesa. Al otro lado una voz dispuesta apuntaba los comensales: Mi suegra, que iba en silla de ruedas. Mi madre sorda de un oído, mi pareja y yo.
Tras la visita, y mientras mi marido aparcaba el coche, me acerqué al mesón para inspeccionar el lugar. El joven que me atendió estaba detrás de la barra, miró una nota y me observó detenidamente. Después me indicó que le acompañara al sitio que nos habían reservado…
—Aquí su hija y su yerno. Usted enfrente de ellos. Y a su lado su consuegra, que como ve tiene más espacio… me espetó sin tacto el imberbe y cegato empleado en un tono de lo más elevado.

La Santa Espina localidad del municipio de Castromonte,  provincia de Valladolidcomunidad autónoma de Castilla y LeónEspaña enmarcada en la comarca de los Montes Torozos.

Y este ha sido el último relato que participó en el LEMCA, un concurso con el que yo he disfrutado mucho, especialmente porque me ha dado la oportunidad de descubrir cosas de nuestra geografía y de mi propia comunidad. No puedo por menos que agradecerle a Jams, Juan Morán, el inventor de esta aventura, por su paciencia y su buen hacer, pero sobre todo por esa imaginación sin límites que le hace tan especial y tan querido por todos los que le conocemos y visitamos su casa… «ESTA NOCHE TE CUENTO»;

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Paseo infinito

«A estas edades no es prudente separarlos de sus seres más queridos». Nos advirtió su médico. Pero el reglamento de la residencia, ajeno a las necesidades de su corazón, no permitía que Golfo viviera con ella. 

Ya no sabía qué hacer para consolarla, su añoranza como su mal iban en aumento y una nebulosa madrugada se apagó su luz.   

Él tendió sus huesos en el quicio de su puerta, tres semanas más tarde se fue en busca del faro que le veló durante catorce años.  

Que algunos se escandalizasen y que otros me lo reprochasen, no me importó, yo sabía que mamá lo aprobaría y en la vasija donde ella guardaba sus chucherías mezclé para siempre sus almas convertidas en ceniza. 

Un radiante día de primavera y bajo la mirada cómplice de pinos y encinas, los eché a volar. Un halo travieso los arremolinó y entre jaras, aliagas y cantueso, retomaron juntos sus largos paseos.

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Todas contra mí

«Esto se está saliendo de madre. Como sabe que soy soltero, la del quinto ha empezado a provocarme colgando en el tendedero sus picardías, tanguitas y sujetadores embadurnados de un pachuli rancio insoportable. Lo que no sé es cómo se ha enterado la del cuarto que soy asmático, por eso cuelga sus mandiles y sus arcaicos calzones apestando a lejía. ¿Y la del tercero? todo el día desconcentrándome con ese maldito e insufrible bakalao, ¿quién le habrá dicho que soy escritor? Tengo que hacerlo. Antes de que termine septiembre y empiece la matanza del pobre cerdo y la del segundo se entere de que soy vegetariano y se ponga a colgar chorizos y jamones en la terraza, me piro de esta casa, pero de madrugada y con la cachaba nueva, por si hay que zurrarle a la del bajo que sé que me espía por la mirilla cada vez que salgo al descansillo».

Esta imagen la he tomado prestada de la red

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Ya no se acuerda que nunca vendrán

Rehace su moño con dos horquillas y se unta bien de colonia. Espera feliz en su mecedora.  Un ajado bolso de charol cuelga de su muñeca, dentro, dos alianzas de oro grabadas, unas agujas, un patuco y la rebequita de lana, antaño blanca, que paciente aguarda su otra manga. Tiene dos cosas muy importantes que decirle a su hija; que su padre se ha ido de casa y que si nace niña, la llame como a ella. Durante la espera, canturrea palabras sueltas: noche, árbol, coche, carretera… En el centro todos lo saben; que hoy tampoco nadie vendrá a verla.

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Como un niño

Las palabras que pronunció antes de irse fueron para él. Y yo cumplí las mías durante muchos fines de semana. 

—Cuídale mucho. Sé paciente con sus cambios de humor, sus miedos, cuando te cuente las mismas historias o no recuerde sus tareas. Si le notas triste, dile que nos veremos pronto… y para que no me olvide, muéstrale de vez en cuando esa foto que a él tanto le gusta. Llévale al parque. Móntale en los columpios, ya sabes, se lo pasa bomba. No le quites esa ilusión y la alegría inmensa que le entra cuando vuelve y se lo cuenta a sus compañeros de la residencia.

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El abuelo canguro

De vuelta a casa despotrica como un descosido. Toñín apenas le entiende. No sabe de besos ni por qué a su abuela jamás le dio uno en público. Tampoco, de la poca vergüenza que tenían esos dos hombres y por qué antes no se veían esas cosas. No entiende de valores y por qué ya no los hay. ¡A él solo le gusta dibujar! Por eso aguarda, con las pinturas, las hojas en blanco y la merienda, a que su abuelo se atrinchere como cada tarde en su sillón con un cigarrillo y una copa de vino frente al televisor. Ayer eligió Machete, hoy le toca a El Padrino.  

Ciento setenta y cinco minutos después finaliza la venganza de la familia Corleone. El bocadillo ha desaparecido. La copa se vacía por tercera vez. El cenicero está lleno. El rojo acapara el folio y el timbre entra en escena. Toñín abre a su madre que viene a recogerlo y sin esperar a que su abuelo le dedique las mismas palabras de siempre… «¡qué bueno eres jodío!», deposita el folio con una cabeza ensangrentada de un caballo en un cajón. Debajo hay un hombre con una metralleta, más un par de katanas, dos toros con banderillas; un guante con cuchillas, pistolas de diferentes tamaños…

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Vivos recuerdos

Tanto tiempo deseándolo y hoy por fin te llevan a casa. No disimulas el descontento al ver tu patio, frío como los cristales que ahora lo encierran, sin claveles ni macetas, sin tendedero ni pequeños escondiéndose entre sábanas al sol. Ya no hay ristras de ajos en la cocina y arrumbada en la alacena la vajilla azul que él te regaló. 

La usanza conduce tus pasos hasta tu cuarto. Echas de menos los visillos de ganchillo tunecino y la dama de noche encaramándose por tu ventana. Otra colcha cubre tu cama y sobre la mesilla no estáis los dos. Del armario falta la caja de flores con el vestido, el velo y los zapatos blancos, también su sombrero, su pipa y la cachaba que ellos te prometieron custodiar. Repentinamente ella, con su eterna y dolosa sonrisa, señora de la voluntad de tu hijo, irrumpe en la habitación. Echa la llave al armario y un ojo dentro de tu bolso. Te devuelven al sitio donde vives desde hace tres años, cinco meses, un día y una veintena de palabras… 

«Mamá, sin papá te sobra casa. Como ya no te acuerdas de las cosas ni de nada aquí estarás mucho mejor cuidada».

Mirando Por la Ventana

Esta imagen la he cogido prestada de la red.

http://estanochetecuento.com/vivos-recuerdos-rosy-val/

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Un amigo muy oportuno

Te falta su aroma. A lavanda, a puchero consumiendo brasa en el fogón. De esto hace ya tres meses, los mismos que llevas sin encender la chimenea; no sientes tus manos ni tus pies. Algo se ha congelado dentro de ti.
Evocas aquellos días sin pan y tu partida junto a una añosa maleta, para desafiar facturas de agua y luz. Para acallar penurias. Dentro, envueltos en tu pañuelo de yerbas, el llanto medroso del mayor, los pucheros de las gemelas, el abrazo roto de tu esposa.
Precisamente ahora, que ya no hay recibos devueltos y sí para algún capricho y pasar las Navidades en familia…

Dudas si te compensa seguir adelante.

Por fin te decides y sales a tirar al cubo de la basura sus zapatillas de desgastadas suelas y el delantal de su último guiso… ¡cuánto te cuesta desprenderte de sus cosas!
Entras de nuevo en casa. Sobrecogido, escuchas algo parecido a un gemido. Te acercas. Un rabito intermitente ondea las faldas de la camilla y en el otro extremo un hocico olisqueando tus babuchas. Lo acaricias. Huele a lavanda… y sientes frío; decides encender la chimenea.

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Esta foto la he tomado prestada de internet.

Con este relato quiero homenajear a perros y gatos, compañeros que alargan la vida a aquellas personas que se quedan solas.