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La vida

Estaba tan lleno de ti que no te valoraba. Hasta que empecé a perderte. No me daba cuenta, pero poco a poco me fuiste privando de algunas cosas, como oír mi nombre y bajar a la cocina en un santiamén para disfrutar de un copioso desayuno amenizado con buena música de fondo. Después me empapaba con esas revistas que aparecían dispersas por la casa.

Echo de menos cuando todo funcionaba bien, porque eras tú quien se ocupaba de que todo estuviera en orden. Y aunque me hayas ido apagando, voy a luchar por ti, voy a recuperarte, aunque sea un poquito. 

Hoy saldré a la calle. Le diré al chico que quite el polvo a la silla de ruedas. Primero iremos a la farmacia. Recogeremos las pastillas para la diabetes, la depresión, la osteoporosis y la hipertensión. Después, a la óptica, a encargar unas gafas nuevas y mi primer sonotone. 

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El abuelo

Ya no te acuerdas cuando la sentabas en tu regazo y cantabais vuestra canción, la que compusiste para ella. Cuando tus manos le regalaban cosquillas y guiños cómplices tus pestañas. Del pan con chocolate al salir del colegio, de vuestras caminatas entre flores, del romero y el tomillo en tus bolsillos. 

Ahora tu mirada se pierde antes de encontrarse con la suya. Y desde que se ausentaron en tu boca las palabras y la sonrisa en tus mejillas, hay una indiferencia que le daña. Por eso, a veces, le dan ganas de no volver.

Como cada tarde en la que nunca la esperas hoy no dormitas con la cabeza gacha. Hoy  la presientes, la ves llegar. Tus manos tratan de palmear rítmicas en tus rodillas; tu voz, de nuevo inquieta, quiere sonar. Apenas unas décimas de segundo y vuelven aquellas inconfundibles notas. A sus ojos se asoman felices las lágrimas. En los tuyos hay incertidumbre y miedo. Miedo a que no vuelva. 

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La clínica veterinaria

Querido Daniel… esta carta es para decirte que a mi corazón no le queda ya mucho tiempo. Pero no te pongas triste, estoy tranquila, sé que mi alma seguirá contigo. Y como no hay nada en el mundo que me haga más feliz, voy a disponerlo todo para que cumplas tu sueño.  

Me la imagino amplia, dotada de todo lo necesario. Y a ti, tan guapo, vestido con ese color azul que tan bien te sienta. Siempre supe que contigo sería diferente. Con tu padre no tuve suerte, siguió los pasos de tu abuelo.

La fotografía que te mando lleva conmigo veinticinco años. Ha llegado el momento de que la tengas tú. Os la hizo tu abuelo la vez que les acompañaste —apenas tenías siete añitos—, y ¡vaya si se empeñaron en que lo hicieras! Me emociona pensar que hoy la mirarás con otros ojos.

Muchos besos para tus peludos.

Te amo infinito.

Tu abuela.

P.D.: Igual no te acuerdas, pero yo no he olvidado la cara de tu abuelo cuando al enseñártela le preguntaste, cómo lo había hecho para que ese bambi tan grande que estaba entre tu papá y tú, se pusiera para la foto. 

Esta foto la he cogido prestada de la red… 😦

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Un deseo compartido

Me llevé a mamá casi en volandas y eché el cerrojo de la habitación. Me acosté a su lado, la cubrí de besos y aliento para ahuyentar los temblores de su cuerpo. Ya volvería más tarde para arreglar el desaguisado de Jorge en la cocina.  

Hoy le había tocado a la vieja alacena. A los platos, tazas y vasos, estrellados contra el suelo. Anteayer a la desvencijada mesa, al cajón de los cubiertos. Quizá mañana la tomase con las sillas o de nuevo con nosotras.  

A veces quería calmarle, pero me acorralaba el miedo. Lo dejaba solo, a la espera de que abandonase la casa, corriendo por el pasillo, iracundo y loco, con esa mirada vacante de vida, como muerta.

Tras el portazo y con el sobre de la ayuda de la emergencia social apretujado en sus manos, mamá y yo ya aventurábamos el duro mes que nos aguardaba. Y nos mirábamos en silencio evitando confesar el mismo deseo, que mi hermano acabase como su propia mirada.

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A pesar de todo

Con sumo cuidado la levantas de su silla de ruedas y la sientas sobre la cama. Terminas de ponerle el camisón y para que duerma tranquila le das su medicina. Tras arroparla, le das un beso en la frente y le deseas felices sueños. Pero antes de alcanzar la puerta y apagar la luz, esperas. A que te llame asomando una mano por el embozo. A que te mire lánguida y circunstancial. A que se persigne y te pida que acerques tu cara a la suya para después implorarte al oído que la perdones. Como cada noche.  

Tú sabes de sus miedos a no despertar y no alcanzar la vida eterna. Por eso dibuja una cruz sobre su cara, arrepentida. Remordimiento que caducará a la mañana siguiente cuando descubra que aún sigue entre los vivos. Y volverá de nuevo a la tiranía. A los gritos, los insultos, al rencor, a su pasado. Al deseo de deshacerse de ti, como cuando él os abandonó. Tú apenas tenías unas horas.

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Amor del bueno

«Esta vez lo celebraremos por todo lo alto», pensaba Ramiro mientras salía de casa con su colección de sellos —hobby que convirtió en pasión cuando le despacharon de la fábrica y decía amar casi tanto como a Tomasa—. A ella, lejos de enojarle, le encantaba verlo con su álbum, pasando sus hojas y las horas, menos cuando centraba su mirada en unos huecos de la tercera y quinta fila de la décima página. Huecos que, animada por la celebración de sus cuarenta años de casados, pensaba llenar. Aunque tuviera que buscar debajo de las piedras. 

Hallarlos, descubrir que no le alcanzaba para adquirirlos y acordarse de su colección de Samsonites… la que aguardaba en el desván y que nunca pudieron estrenar a causa de incontables biberones y pañales; extraescolares de matemáticas, francés y judo; madre y suegra que enviudaron con un mes de diferencia y una operación de rodilla y dos de cadera; fue todo uno.

Cuando llegó el día del intercambio, Ramiro, con ojos conmovidos, admiraba esos diminutos cuadraditos que llevaba media vida buscando. Tomasa, con los suyos como platos, sostenía en sus manos un colorido folleto del crucero que llevaba media vida deseando.

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Discrepancias

Otra vez con la misma cantinela. Que es nuestro salvador. Que si él todo lo ve y vela por nosotros… Que con él se vivía mejor, que nadie les obligó a que se marcharan fuera. Que si con él había más seguridad en las calles y no existía el paro.… Que nacieron para eso. Que son nuestra cultura. Que como tienen la piel muy dura, pues no sufren. Que si no, se extinguirían… 

¡Me pone de los nervios!¡Hasta el mismísimo gorro de escuchar tantas tonterías y disparates!

¡No soporto que me hable de Dios, tampoco del tal Franco ese, mucho menos que defienda las corridas de toros! 

Pero al rato se me pasa y aunque diga cosas que no comparto, ella es la persona que más admiro. Yo la he visto recoger perritos de la calle. Llevarse a casa una paloma herida y curarla hasta que salía volando. Hacerle bocadillos al mendigo que pedía en nuestra calle y regalarle caramelos a los chicos del barrio. Crió a siete hijos y cuidó de mí cuando mamá se fue. Siempre estuvo ahí,  incondicionalmente: mi abuela.

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En la residencia de papá

Antes era distinto. Me presentaba sin avisar y lo encontraba en la sala haciendo corrillo con sus compañeros. Salíamos a pasear por el amplio pasillo saludando a diestro y siniestro como si nos halláramos de mañana dominguera por la calle más concurrida del pueblo. Nos acercábamos hasta la biblioteca, donde curiosamente triunfaban los juegos de mesa y cada género por su lado —por esas manías que da la edad o porque eso de la paridad ya les quedaba muy a destiempo—, se afanaban por ganar al cinquillo, al burro o al dominó. Acabábamos en la cafetería, asumiendo que quizá tocaba esperar a que quedase alguna mesa vacía.

Ahora sus vistas cansadas luchan por adivinar quién se esconde tras cada mascarilla. Sus caras palidecen privadas de sol, besos y sonrisas. En la capilla, como en la cola del médico, se agobian tratando de descubrir la distancia que hay en un metro y medio. Y mientras las zonas comunes agonizan, el miedo al bicho —una batallita más que añadir a sus mochilas—, lo sufren solos en su habitación, echando horas a una tele atiborrada de conjeturas, bajas y estadísticas. 

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Goteras

«Pues sí, cariño, yo pensaba que no, pero existen. Recuerdo que según me acercaba al medio siglo se me instaló en el pie derecho un dedo martillo, en el izquierdo un disforme juanete y un par de puentes en la boca. Apenas traspasé los sesenta, una persistente tendinitis viaja de hombro a hombro como Pedro por su casa. Meses más tarde se me alojaron en las piernas unos indeseables calambres que se multiplican cada vez que llega el invierno. Además de este insoportable dolor de rodillas, cataratas en ambos ojos y dedos arqueados en las manos, desde que cumplí los setenta apenas duermo cinco horas».

La niña la miró estupefacta… 

«Abuelita, yo solo te había preguntado… que qué eran los achaques».

Esta imagen la he cogido prestada de Google

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Desde siempre. Para siempre

Se conocieron en el instituto y la universidad separó sus vidas. Años después, Julia se casaría con un aspirante que la acomodó como sus padres pretendían. A Benita, uno que decía amarla, la abandonó dejando su vientre ilusionado. 

Hoy el tiempo las ha encontrado en un hogar para ancianos. 

Pasan las tardes en la biblioteca. Julia desde su sillón se esconde tras su abanico. Benita no pierde detalle y disimula pasando las páginas de un libro. 

Si la una se levanta la otra le sigue detrás. También al acostarse piensan la una en la otra. Julia promete que mañana se sentará a su lado; le dirá que sus ojos azules le recuerdan a alguien que una vez amó. 

Mas esa madrugada la salud le dicta sentencia. 

Una tarde más Benita acude a la biblioteca, pero hoy hace nueve días que nadie va tras ella. ¡Cuánto le pesa no haberle dicho a Julia que su voz le recordaba a alguien que una vez amó!

Sin embargo, el desconsuelo y el alba se compinchan y citan a las dos amantes. De seguida, un par de margaritas deshojadas de vergüenzas cayeron del cielo y dos eufóricos «me quiere» estremecieron la residencia. 

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Para espina, la mía

Decidimos llevar a nuestras madres al monasterio de La Santa Espina. Querían conocer el sitio donde dicen se hallaba una de las espinas que Jesucristo portó en su corona el día de su Pasión y Muerte. También visitaríamos un mesón donde servían las sopas de ajo, los empiñonados y huesos de santo más exquisitos de Valladolid. Llamé para reservar mesa. Al otro lado una voz dispuesta apuntaba los comensales: Mi suegra, que iba en silla de ruedas. Mi madre sorda de un oído, mi pareja y yo.
Tras la visita, y mientras mi marido aparcaba el coche, me acerqué al mesón para inspeccionar el lugar. El joven que me atendió estaba detrás de la barra, miró una nota y me observó detenidamente. Después me indicó que le acompañara al sitio que nos habían reservado…
—Aquí su hija y su yerno. Usted enfrente de ellos. Y a su lado su consuegra, que como ve tiene más espacio… me espetó sin tacto el imberbe y cegato empleado en un tono de lo más elevado.

La Santa Espina localidad del municipio de Castromonte,  provincia de Valladolidcomunidad autónoma de Castilla y LeónEspaña enmarcada en la comarca de los Montes Torozos.

Y este ha sido el último relato que participó en el LEMCA, un concurso con el que yo he disfrutado mucho, especialmente porque me ha dado la oportunidad de descubrir cosas de nuestra geografía y de mi propia comunidad. No puedo por menos que agradecerle a Jams, Juan Morán, el inventor de esta aventura, por su paciencia y su buen hacer, pero sobre todo por esa imaginación sin límites que le hace tan especial y tan querido por todos los que le conocemos y visitamos su casa… «ESTA NOCHE TE CUENTO»;

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Paseo infinito

«A estas edades no es prudente separarlos de sus seres más queridos». Nos advirtió su médico. Pero el reglamento de la residencia, ajeno a las necesidades de su corazón, no permitía que Golfo viviera con ella. 

Ya no sabía qué hacer para consolarla, su añoranza como su mal iban en aumento y una nebulosa madrugada se apagó su luz.   

Él tendió sus huesos en el quicio de su puerta, tres semanas más tarde se fue en busca del faro que le veló durante catorce años.  

Que algunos se escandalizasen y que otros me lo reprochasen, no me importó, yo sabía que mamá lo aprobaría y en la vasija donde ella guardaba sus chucherías mezclé para siempre sus almas convertidas en ceniza. 

Un radiante día de primavera y bajo la mirada cómplice de pinos y encinas, los eché a volar. Un halo travieso los arremolinó y entre jaras, aliagas y cantueso, retomaron juntos sus largos paseos.

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Todas contra mí

«Esto se está saliendo de madre. Como sabe que soy soltero, la del quinto ha empezado a provocarme colgando en el tendedero sus picardías, tanguitas y sujetadores embadurnados de un pachuli rancio insoportable. Lo que no sé es cómo se ha enterado la del cuarto que soy asmático, por eso cuelga sus mandiles y sus arcaicos calzones apestando a lejía. ¿Y la del tercero? todo el día desconcentrándome con ese maldito e insufrible bakalao, ¿quién le habrá dicho que soy escritor? Tengo que hacerlo. Antes de que termine septiembre y empiece la matanza del pobre cerdo y la del segundo se entere de que soy vegetariano y se ponga a colgar chorizos y jamones en la terraza, me piro de esta casa, pero de madrugada y con la cachaba nueva, por si hay que zurrarle a la del bajo que sé que me espía por la mirilla cada vez que salgo al descansillo».

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Ya no se acuerda que nunca vendrán

Rehace su moño con dos horquillas y se unta bien de colonia. Espera feliz en su mecedora.  Un ajado bolso de charol cuelga de su muñeca, dentro, dos alianzas de oro grabadas, unas agujas, un patuco y la rebequita de lana, antaño blanca, que paciente aguarda su otra manga. Tiene dos cosas muy importantes que decirle a su hija; que su padre se ha ido de casa y que si nace niña, la llame como a ella. Durante la espera, canturrea palabras sueltas: noche, árbol, coche, carretera… En el centro todos lo saben; que hoy tampoco nadie vendrá a verla.

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Como un niño

Las palabras que pronunció antes de irse fueron para él. Y yo cumplí las mías durante muchos fines de semana. 

—Cuídale mucho. Sé paciente con sus cambios de humor, sus miedos, cuando te cuente las mismas historias o no recuerde sus tareas. Si le notas triste, dile que nos veremos pronto… y para que no me olvide, muéstrale de vez en cuando esa foto que a él tanto le gusta. Llévale al parque. Móntale en los columpios, ya sabes, se lo pasa bomba. No le quites esa ilusión y la alegría inmensa que le entra cuando vuelve y se lo cuenta a sus compañeros de la residencia.

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El abuelo canguro

De vuelta a casa despotrica como un descosido. Toñín apenas le entiende. No sabe de besos ni por qué a su abuela jamás le dio uno en público. Tampoco, de la poca vergüenza que tenían esos dos hombres y por qué antes no se veían esas cosas. No entiende de valores y por qué ya no los hay. ¡A él solo le gusta dibujar! Por eso aguarda, con las pinturas, las hojas en blanco y la merienda, a que su abuelo se atrinchere como cada tarde en su sillón con un cigarrillo y una copa de vino frente al televisor. Ayer eligió Machete, hoy le toca a El Padrino.  

Ciento setenta y cinco minutos después finaliza la venganza de la familia Corleone. El bocadillo ha desaparecido. La copa se vacía por tercera vez. El cenicero está lleno. El rojo acapara el folio y el timbre entra en escena. Toñín abre a su madre que viene a recogerlo y sin esperar a que su abuelo le dedique las mismas palabras de siempre… «¡qué bueno eres jodío!», deposita el folio con una cabeza ensangrentada de un caballo en un cajón. Debajo hay un hombre con una metralleta, más un par de katanas, dos toros con banderillas; un guante con cuchillas, pistolas de diferentes tamaños…

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Vivos recuerdos

Tanto tiempo deseándolo y hoy por fin te llevan a casa. No disimulas el descontento al ver tu patio, frío como los cristales que ahora lo encierran, sin claveles ni macetas, sin tendedero ni pequeños escondiéndose entre sábanas al sol. Ya no hay ristras de ajos en la cocina y arrumbada en la alacena la vajilla azul que él te regaló. 

La usanza conduce tus pasos hasta tu cuarto. Echas de menos los visillos de ganchillo tunecino y la dama de noche encaramándose por tu ventana. Otra colcha cubre tu cama y sobre la mesilla no estáis los dos. Del armario falta la caja de flores con el vestido, el velo y los zapatos blancos, también su sombrero, su pipa y la cachaba que ellos te prometieron custodiar. Repentinamente ella, con su eterna y dolosa sonrisa, señora de la voluntad de tu hijo, irrumpe en la habitación. Echa la llave al armario y un ojo dentro de tu bolso. Te devuelven al sitio donde vives desde hace tres años, cinco meses, un día y una veintena de palabras… 

«Mamá, sin papá te sobra casa. Como ya no te acuerdas de las cosas ni de nada aquí estarás mucho mejor cuidada».

Mirando Por la Ventana

Esta imagen la he cogido prestada de la red.

http://estanochetecuento.com/vivos-recuerdos-rosy-val/

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Un amigo muy oportuno

Te falta su aroma. A lavanda, a puchero consumiendo brasa en el fogón. De esto hace ya tres meses, los mismos que llevas sin encender la chimenea; no sientes tus manos ni tus pies. Algo se ha congelado dentro de ti.
Evocas aquellos días sin pan y tu partida junto a una añosa maleta, para desafiar facturas de agua y luz. Para acallar penurias. Dentro, envueltos en tu pañuelo de yerbas, el llanto medroso del mayor, los pucheros de las gemelas, el abrazo roto de tu esposa.
Precisamente ahora, que ya no hay recibos devueltos y sí para algún capricho y pasar las Navidades en familia…

Dudas si te compensa seguir adelante.

Por fin te decides y sales a tirar al cubo de la basura sus zapatillas de desgastadas suelas y el delantal de su último guiso… ¡cuánto te cuesta desprenderte de sus cosas!
Entras de nuevo en casa. Sobrecogido, escuchas algo parecido a un gemido. Te acercas. Un rabito intermitente ondea las faldas de la camilla y en el otro extremo un hocico olisqueando tus babuchas. Lo acaricias. Huele a lavanda… y sientes frío; decides encender la chimenea.

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Esta foto la he tomado prestada de internet.

Con este relato quiero homenajear a perros y gatos, compañeros que alargan la vida a aquellas personas que se quedan solas.

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Una vida de fotos

Ha desaparecido todo. Ya no están los trípodes, los focos, las Canon ni la última que comprasteis a plazos, la Mamiya. Qué ilusos pensar que vuestro hijo Mario heredaría el gusto por las puestas de sol, las olas embravecidas, los tapices de flores en primavera, y con esa duda se fue tu marido, si el chico seguiría con un negocio que tanto esfuerzo os costó levantar.

Las miras, lo haces siempre que lo añoras…
«Qué ricitos… aquí tenía tres años… en esta, aprendiendo a nadar… y aquí, en su primer día de cole, qué guapo estaba con su uniforme…». Paras en seco. Mario irrumpe en la salita. Cierras el álbum y te ocultas tras tu caja de costura. Sin tan siquiera mirarte abre el cajón. Después huye dando un portazo con la mirada roja, deshabitada y tu pensión de viudedad en su bolsillo.

Últimamente la cola es más larga. Mientras esperas hablas con tu Ernesto. Le dices que no se preocupe que estáis bien… que Mario está en el estudio, entre flashes y zums. De repente, el aroma te llega más nítido, pegas tu boca a la foto y la guardas en el bolso. El comedor social acaba de abrir sus puertas.

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Esta foto la he cogido prestada de la red

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Mi padre, en el libro «Aletreos» de ENTC

Cuando no es la pata de una mesa que cojea le ocupa un cuadro que ladea. A veces, coge la bolsa de la basura y la lleva al contenedor. Otras, me lo encuentro llenando de agua el bebedero del perro. Lo mismo le echa una mano al mayor con un pinchazo en la bicicleta que se acerca a la parada del bus para recoger al pequeño.

La tarde invita a disfrutar del porche. Entre rosas y clavellinas se toma una cervecita con Eustaquio, un amigo que vive dos casas más abajo. Al acercarme para llevarles un platillo con aceitunas le oigo decir:
«La verdad es que no tengo mucho tiempo para pensar en ella… mañana por la mañana he quedado con mi yerno, le ayudaré a podar las azaleas y por la tarde con mi nieta, repasaremos la tabla del siete».
Su amigo, nonagenario como él, acababa de preguntarle si no le tenía miedo a la muerte.

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Esta imagen la he cogido prestada de internet

Este relato ha sido incluido en el libro anual de «estanochetecuento»,

ALETREOS

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Ignorada depresión

No llegaron a tiempo a la soledad que llenaba tu casa, vacía de compañera, vacía de cuatro hijos, vacía de cuatro nueras, pero sí al hilo de vida que te quedaba.

Tras dos meses en la UCI te despiertas. No entiendes por qué unas cintas rodean tus muñecas y un tubo de plástico baja hasta tu estómago. Has dejado de hablar, de conocer, estás rodeado de extraños que te besan en las mejillas, y una incertidumbre se ahoga en tu boca…
«¡Dónde estoy; quién es toda esta gente!».

Tampoco recuerdas lo de las pastillas.

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Publicado en El amor y sus cositas, Viejecit@s

Una corredora, dos dorsales.

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Era su mayor ilusión, pero él se fue antes de que llegara el gran día. Sumida en la tristeza, guardó los dos dorsales que terminaban en 38 y 39, casualmente el mismo número de años que llevaban casados. Esta iba a ser la primera convocatoria a la que no acudirían. Dejó de ir a su panadería favorita porque en la puerta estaba el anuncio: “XXXIII San Silvestre Salmantina”. No quería oír hablar de carreras.

Nos tenía preocupados. Mamá ya no sonreía. Tan siquiera salía a pasear, decía que no tenía cuerpo para nada.

Como cada año nos situábamos cerca de la meta y disfrutábamos del evento con nuestros pequeños. Mi marido fue el primero en verla. Llegaba exhausta. Me acerqué a abrazarla. El sudor pintaba su cuerpo. El corazón se le escapaba del pecho, pero sonreía, pletórica. En su espalda llevaba su dorsal, debajo… el de papá.

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento, Premios y Regalos, Viejecit@s

Urge vender radio en buen estado, seleccionado en “ENTC»

Me despierto con un peso molesto en la tripa. Me retiro el pie de mi hermana la pequeña. A punto de quedarme dormida, se me clava en la espalda una rodilla; la de mi hermana la mediana. Habrá que comprar otra cama, mañana hablaré con mamá, dormir así es una lata.

Al entrar en la cocina encuentro a papá con la mirada abatida… (se me hace raro verle en casa por las mañanas) intentando rellenar el sobrante de mis zapatillas que, desde hoy pasarán a mi hermano. El abuelo contempla la radio. Me habla de cuando él y la abuela la compraron a plazos y de cómo llenaba sus días. Se rasca la boina y mira hacia arriba… como pidiendo su consentimiento. Se le humedecen los ojos, pero lo achaca al vaho de la olla, donde cuecen patatas y la berza… una, bien hermosa, que le regalaron ayer en el mercado. Me acerco a mamá y le doy un beso. Decido no molestarla con tonterías. Salgo deprisa con mis libros bajo el brazo, y ahí la dejo, sentada en su silla de enea, peleándose con el cuello y los puños de mi bata del año pasado.

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Este micro participa en «esta noche te cuento»

http://estanochetecuento.com/urge-vender-radio-en-buen-estado-rosy-val/

LA RADIO en un relato, 13 de Febrero. Día Mundial de la Radio

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 Mi relato en este libro portada-559x1024.jpg

Muchas gracias al jurado por elegirlo.

Publicado en Premios y Regalos, Realidad ilusoria, Viejecit@s

Cruda realidad, mención en «Realidad ilusoria»

Se sienta a la mesa Luis XV. Se estira su batín de raso y con aire burgués toca la campanilla. Mientras, ojea la gaceta aguardando a que sus criados le sirvan el desayuno. Llaman a la puerta.
“Pasad joven, ahora os atiendo”

Sobre la mesa con mantel plastificado, un destartalado timbre y un catálogo de Ikea, los aparta y deja el paquete. Le abrocha su bata de guata. Antes de que el viejito suene la campanilla llamando al mayordomo para que le sirva un Jerez con pastas, se va con la furgoneta a por más comida al Banco de Alimentos.

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Este micro ha tenido la suerte de estar mencionado en el III Concurso de Microrrelatos «Realidad Ilusoria» de Miguel Ángel Page.

¡¡¡Gracias!!!

 

Haz cic en la página para que veas a mis flamantes compañeros…

http://page-realidadilusoria.blogspot.com.es/2016/01/fallo-del-iii-certamen-de-microrrelato.html?showComment=1452528711814

 

Publicado en Cincuenta palabras, Viejecit@s

Quid pro quo, en el libro de «cincuenta palabras»

Se le cayó la gorra cuando trataba de colocar un tablero carcomido a modo de puerta en su casi derruida cabaña. Fui a recogérsela, entonces, nos miramos a los ojos. Lo traje a casa. Me confesó que jamás había vivido en una, y yo… que nunca había tenido un abuelo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAImagen tomada de la red.

http://www.cincuentapalabras.com/2015/06/quid-pro-quo.html

Publicado en Viejecit@s, Wonderland

¡Qué haré sin ti! en Wonderland

Sentada en tu mecedora tu cabeza gacha me dice que algo te inquieta. Tus manos acarician un retrato, ese en el que estás vestida de blanco. Con un dedo señalas al que está a tu lado, me miras, me preguntas por mí y no sé cómo rescatarme.
Porque soy yo quien se pierde cada vez que viajas a las estrellas; el que se vacía cuando te desprendes de uno de nuestros recuerdos; el que poco a poco vas arrinconando en tu niebla; el que se duele de que no me reconozcas.

Te abrazo y te lleno de besos… por si con ellos vuelves.

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Microrrelato presentado en el concurso Wonderland

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Publicado en Con mucha miga, CONCURSOS VARIOS, La radio en colectivo, Viejecit@s

No era el cuerpo lo que más le dolía…

Acaba de despertarse y un entrometido sol que traspasa el ventanal le obliga a cerrar los ojos. El aire sabe a desinfección. Todo le es extraño. Del armario abierto asoma una maleta. En el respaldo de una silla, una cachaba que no conoce. Resuelto sale de la cama y amparado en la desconocida pero con paso decidido se acerca a la puerta cuando una mujer, de sobria bata blanca portando en sus manos pequeños cuencos de colorines, entra en la habitación.

-Buenos días don Gregorio ¡ya se ha levantado!

-Buenos días… sí, pero ¿qué hago yo aquí?

-Le trajeron ayer, ¡ya lo sabe! Aquí tiene sus pastillas; estas, para el dolor y esta, para el corazón.

Pastillas, dolor, corazón… sabía que le habían traído, sí, lo que no recordaba era por qué. Repentinamente, el corazón empezó a dolerle mucho.

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                                                                                     Fotografía tomada de la red

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                                                                        Micro presentado en «La radio en colectivo»

Publicado en Viejecit@s

Cosas en el tintero

Les espera sentada en su mecedora, mientras, la impía lluvia borra la rayuela. El bolso de charol cuelga de su brazo, dentro, las agujas y la rebequita de lana, antaño blanca y que paciente aguarda su otra manga. Hoy se ha hecho un moño con dos horquillas, ya no necesita tantas, y se ha untado bien de colonia. En su mente dos cosas importantes que decirles; que su padre se ha ido de casa, y que si nace niña, la llamen como a ella. Entretanto y sin saber por qué, canturrea palabras sueltas; coche, mojada, árbol, noche, carretera…

Imagen                                                                   Esta preciosa foto, la he cogido prestada de la red.

Micro presentado al Rec, ahora ya despojo.

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Donde no puedo acompañarte

 

Quisiera…

Escaparme contigo

como entonces.

Que me robes el sentido

como entonces.

Divertirme contigo

como entonces.

Que estés,

como entonces.

Siempre me gustó verte así, balanceando tus pies sentada frente a la ventana y el sol pintando tu pelo. Cuando me acerco a ti, veo que en tus manos descansa un retrato, ese en el que estás vestida de blanco. Me lo enseñas, con el índice señalas al que está a tu lado, me miras, me preguntas por mi y no sé cómo rescatarme…

Porque soy yo el que se pierde cuando viajas a las estrellas, el que se vacía cada vez que te desprendes de uno de nuestros recuerdos, el que teme cómo se desvanecen poco a poco en tu memoria. Soy yo el que necesita saber qué seré, qué haré sin ti, quien se duele… de que no me reconozcas.

Te acaricio y te abrazo, te beso… por si con ellos vuelves.

Publicado en Viejecit@s

Herr Klaus

Cuando despertó todo le era extraño. Por un gran ventanal entraban los rayos de un entrometido sol que le obligaba a cerrar los ojos. El aire sabía a desinfección.

Se hallaba en una cama que le era desconocida. A su derecha, no muy lejos, otra cama igual. A su izquierda un armario. Por la puerta abierta asomaba una vieja maleta, sobre ella un sombrero. Del pomo colgaba una cachaba, se apoyó en ella. Con paso vacilante se acercó a la ventana. Miraba de un lado a otro cuando alguien se le acercó…

-¿Qué hago aquí?

– Buenos días, Herr klaus, ¿qué tal ha dormido?

Huérfano de educación y con ceño cabreado, con el temple de quien está acostumbrado a los antojos de la hosquedad…

–¡He preguntado, que qué hago yo aquí! 

–Le trajeron ayer, ya lo sabe… aquí tiene sus pastillas, para el dolor.

Sabía quién le había traído, también dónde estaba… lo que no recordaba era por qué.

 Las pastillas, el dolor… no era el cuerpo lo que más le dolía.

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