Publicado en Esos locos bajitos

La dulce espera

Es invierno. En el cálido desván guardada en un baúl, una ropita espera. El coche de bomberos, la muñeca, pinturas de colores y algunos cuentos… una carita fascinada anhelan. Cabalga solo el caballo de madera.

Ya llegó la primavera y la forsytia de amarillo todo lo riega. El olmo centenario espera. En sus vigorosas ramas se esconde la cabaña que antaño se llenara de risas frescas. Pían los polluelos que muy pronto volarán por vez primera.

Estamos en verano, observo la vida sentada fuera. Sueño con lo que ha de venir, una ternura inmensa de mi se adueña. El columpio, la bicicleta, la pelota, aburridos a la cola esperan.

Llega el otoño. La hierba alfombra estrena y el viejo olmo desnudo, descubre la casita de risas ausentes que sigue a la espera. Aguarda el baúl, dentro la ropita amarillea…

Suena el teléfono, al otro lado una voz firme, ¡tengo buenas noticias! me comenta. Me monto en mi coche feliz y serena, la larga espera ha merecido la pena.

Me acerco a ella, la arropo en mis brazos.

¡Ya me la imagino jugando en la cabaña del árbol!. Voy a hacer lo imposible para borrar de esos ojitos… el temor que ahora albergan.

Publicado en ¡Jóvenes!, Con mucha miga, Ecologistas, El amor y sus cositas, Microrrelatos animalistas

Flora

Me llamo Flora y he vuelto a caer… he pasado por un escaparate y no he podido resistirme; ¡me he comprado otro bolso!

Los bolsos me fascinan y no concibo salir a la calle sin uno, ¡eso sería como salir desnuda! Aunque la lenguaraz del quinto dice que en ese caso, bien podría taparme con tan solo uno… por lo poquita cosa que soy.

Mis amigos y familiares saben que si me quieren hacer feliz, pueden regalarme alguno. En el fondo les hago un favor, conmigo las Navidades y cumpleaños no son un quebradero de cabeza. Aunque a veces me encuentre con dos iguales y haya que cambiarlo. Como aquél de rayas que me regaló mi primer novio, entre berenjena y zanahoria, difícil de definir. Lo descambió, sí, ¡pero por uno rojo amapola chillón! Llevábamos cinco meses saliendo y aquello no prosperaba… y qué iba a esperar de alguien que regalaba bolsos así. Yo lo tengo muy claro, dime qué bolso me regalas y te diré cómo eres. Una mañana le escribí decidida: “Te dejo, tu corazón está como mi bolso, plastificado”. No sufrió mucho, esa misma noche mi hermana le vio por ahí, de juerga con otra.

Los marrones son mis preferidos. Los tengo en todos los tonos: tierra, chocolate, canelo. Mi buen amigo Ramiro, médico y pacifista, me trajo uno, color café, de Tetuán. Se marchó a Suiza para no hacer la mili y ¡mira por dónde! se fue a enamorar de la hija de un alto mando de la Fuerza Aérea. Se mosquea conmigo, siempre que le recuerdo, que gracias a las armas conoció al amor de su vida.

Mi madre dice que los bolsos tienen que ser bien grandes. De sus vacaciones en Egipto, me trajo uno en el que se me pierde el móvil, la cartera y nunca encuentro las llaves. No lo sabe, pero lo uso como bolso de viaje.

Los azules también me gustan, desde el marino, cielo, turquesa, hasta el pizarra. Excepto el azul real. Como el que me regaló mi prima, que por cierto aún no he estrenado, posiblemente por su tono aristocrático. Nunca me gustaron los disfraces de reinas ni princesas, ¡ya de pequeña apuntaba maneras! Cuenta mi madre, que esa animadversión hacia lo monárquico la heredé de mi abuela, ahora acrecentada gracias a un rey, que no contento con la crisis que reina en nuestro país, se fue a cazar paquidermos a Botsuana… aparte de ser una indecencia, ¡vaya un curioso y lujoso hobby!, nada apto para cualquier bolsillo.

Otra que me regala bolsos es Susana, una amiga de mamá. Habla hasta por los codos y siempre con sus eternas preguntas: «que si tengo novio, que porqué no me caso, que cuándo voy a hacer abuela a mi madre». Por dios, le contesto con cierta vehemencia… «¡yo no pienso tener hijos, o por lo menos hasta que la maternidad no llame a mi puerta!»

Pero volviendo a mis bolsos, tengo muchos en color verde, en todas sus gamas: musgo, menta, pistacho, militar… vaya, militar, como mi segundo novio… ¡qué recuerdos! Me regaló un Miu Miu, carísimo, pero saliendo de la zapatería donde fui a comprarme unos zapatos que le hicieran juego, le vi con una del brazo… ¡era un hombre casado! Aunque estaba bastante enamorada de él, decidí dejarle. Entonces me convenció de que se divorciaría. Pasaron cuatro meses y yo seguía esperando, ¡ingenua de mí! Pero de nuevo la casualidad se puso de mi parte… ¡volví a pillarle y esta vez, no con su mujer! Despechada se lo dije a ella y le puso la maleta en la puerta. El padre de la otra, que también desconocía su situación, amenazante, le leyó la cartilla y huyó de la ciudad. Por supuesto que las tres salimos ganando.

Tengo varios blancos, pero mi favorito es uno que no es de piel, me lo regaló mi mejor amiga que ahora es vegetariana. Viendo un documental descubrió cómo mataban a las focas bebé para arrancarles la piel, desde entonces ni come carne ni usa pieles de animales.

Los negros me encantan; lisos, con flores, en bandolera, con asas, en mochila, de fiesta. El último que me regaló la hermana de mamá, es para eventos elegantes. Es la mujer más besucona del mundo. Cuando éramos pequeños, nos escondíamos cada vez que venía al grito de: «¡que viene la tía Aquilina!». Fiel a su costumbre, me los sigue regalando negros.

También los tengo grises, como uno en marengo, precioso, que me regaló Gregorio, mi tercer novio. Paseábamos una tarde fría y lluviosa cuando un viento fuerte me lo llevó y fue a parar a un charco. Me puse histérica, mi preciado bolso dentro de aquél lodo, nunca recuperó su color, su textura. Se me puso blandengue, como Gregorio, que me confesó que no podía superarlo, que mis bolsos le perseguían, que soñaba con ellos. ¡Qué ridícula excusa!, a los pocos días le vi con Matilde, esa no tenía tantos bolsos como yo, pero sí dos poderosas razones. Mi hermana para consolarme me trajo uno amarillo, decía que de existir el alma, ese sería su color.

Por culpa de los bolsos me dejó Gregorio, y gracias a eso he conocido al hombre de mi vida, me da que éste es el definitivo, además de tener muchas cosas en común conmigo, ¡tiene una excelente boutique de bolsos!

Para mí el bolso, más que un objeto, es una prolongación de mí misma. Él es importante por todo lo que lleva dentro; el perfume que me identifica, algunas de mis fotos favoritas,  direcciones y teléfonos de mis seres queridos, la agenda que me recuerda lo puntual, caramelos para endulzar un momento amargo, el bolígrafo y la libreta siempre prontos cuando me asalta una idea, la apasionada historia que me alimenta hasta que una nueva la reemplaza, la llave del buzón donde siempre espero encontrar buenas noticias, pañuelos para enjugar la emoción…

Por cierto, no me molesta que digan que soy una mujer a un bolso pegada, ¡me gusta ese aire quevediano!, porque aparte de los bolsos, y al igual que el maestro de la sátira, poseo un inagotable sentido del humor. Seguro que estáis de acuerdo conmigo con aquél refrán que dice…

«Más vale bolso en mano, que cien cosas dispersas por los bolsillos».

Flora nació para una despedida de curso. Quise hacer algo jovial. La original llevaba los nombres de mis compañeras, solo he obviado eso y algún detalle que ahora no viene a cuento. Si con Flora consigo sacarte una sonrisa, aunque sea fugaz, me daré por satisfecha.

Publicado en El amor y sus cositas

Cuestión de valores

 Llevaba mucho tiempo conmigo. Me gustaba, porque tenía un precioso corazón rojo que la adornaba, por quien me la regaló.

Cuando volví del gimnasio, me la encontré encima del banco, observé disgustada que se lo habían arrancado. Abrí la cremallera, en ella seguían los tres billetes, también las monedas.

Al día siguiente y a la misma hora, la dejé de nuevo sobre el banco, en ella una nota… ¡Por favor, llévate el dinero y devuélveme el corazón!

Imagen de Google

Publicado en Colaboraciones con Luisa Hurtado, Ecologistas, Microydibujos con Juanlu

DICOTOMÍA

Acaba de despertarse y se despereza delante de la ventana, una bocanada de sol se detiene en su cara. A un lado, el jardín rebosante de primavera le regala su primer aroma de la mañana. Risas de niños cabalgando en bicicleta, el peloteo en la cancha y el azul de la piscina rivalizando con un sereno cielo… le armonizan los sentidos. Del otro lado, un pinar; árboles centenarios y acogedores caminos. Algún corzo bailando el aire y ágiles ardillas explorando el suelo que la invitan a solazarse en él.

Se viste de chandal. Se monta en su coche.

Después de veinte kilómetros llega a la turbia ciudad. Recorre calles completas de vehículos hasta aparcar el suyo. Quince minutos a pie por el rígido e impasible asfalto la separan del gimnasio. En cuarenta metros cuadrados y con diecinueve personas entrena durante un par de horas. El bochorno, el ambiente, el sudor… agobiantes se cosen a su cuerpo. Extenuada, espera a la cola para darse una ducha.

Llega a casa. La miran al pasar… el aire, los pinos, los pájaros, las rosas…

Ella es humana, tremendamente humana.

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Publicado en Microrrelatos animalistas

Pregunté a la luna

Cuando te encontré en la cuneta, la noche desparramaba vientos y el frío helaba tu aliento. Estremecida te cogí en mis brazos, noté que aún conservabas calor, pero un hilo rojo delator se escapaba por tus labios. Tus extremidades cedían al suave masaje de mis manos, en cambio tu cuerpo permanecía inerte. Creí ver vida en tus grandes ojos abiertos, aunque sospechaba si la misma seguía latiendo en tu interior.

Mientras caminaba contigo en mi regazo, maldije al que te había abandonado así. Le pregunté a la luna, si testigo de tu desventura. Más cuando ya no había duda y tus pupilas blanquecinas abandonaron tu mirada, refugié tu cuerpo y lo arropé entre hojas secas. Ellas y mis lágrimas, fueron tus aliadas en la última de tus batallas.

Sé que me estabas esperando, que no querías irte así, solo y desamparado, con el frío paseándose entre tu pelaje atigrado. Lo hiciste con la quietud y la serenidad del que se sabe amado.