Publicado en Esos locos bajitos, Esta noche te cuento

El tobogán de los sueños

Se levanta la primera. Antes de cumplir con la tarea diaria, necesita empaparse de su carita soñolienta. Contarle bajito sobre la casa en la que vivirán. Con una habitación solo para él. Y una ventana muy grande y un arcoíris pintado en la pared. Un jardín enorme, donde podrá correr con sus amiguitos cuanto quiera, y una piscina, un tobogán…  

Le besa en la mejilla, con cuidado de no despertarlo, y abandona la estancia con los ojos velados. Atraviesa el espejado pasillo y se topa con un reloj que parece mofarse de ella. ¡Si pudiera parar sus manecillas y retroceder hasta ese instante en que conoce a Jorge y se enamora como una tonta! Pero piensa en su pequeño y se le pasa enseguida, incluso hay veces que ni recuerda lo que le dijo, mientras tocaba su barriga, la última vez que le vio:

«Este hijo es de los dos y por el paquetito de la maleta, ni te preocupes». 

Es mediodía, Jaime juega en el patio con otros niños. No sabe que mañana cumplirá tres añitos, los mismos que la normativa le concede en ese lugar. Tampoco, adónde lo llevarán ni quién lo cuidará mientras su mamita cumple condena.

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El sonido de un avance

Nos encontramos casi a diario. A veces subiendo las escaleras. Otras bajando. La mayoría de las veces me pillas descansando en el rellano. Yo te saludo. Como siempre. Desde hace más de cuatro años. Y tú nunca me respondes. Digamos que lo asumo, me he acostumbrado a que evites mi mirada, al aleteo de tus manos, y me conforme con ese  balanceo de cabeza que yo traduzco en un que sí, que te he visto, pero me sobran las palabras.

Esta mañana nos cruzamos en las escaleras del tercero. Tú subías. Yo bajaba. Y eché en falta a una de tus perras, la más viejita. Ibas solo con la blanquita, Lua, creo que se llama. Casualidades de la vida yo también llevaba solamente a una de mis gruñonas; la noche anterior mi preciosa Nube se fue, cansada de su dolencia.  

Desconozco la razón. Igual porque me llegó el momento de tirar la toalla o porque mi estado de ánimo no me acompañaba, pero por primera vez no quise saludarte. Debiste echarlo de menos pues apenas llegué al rellano del segundo creí oírte decir algo… Juraría que acababas de desearme tu primer «buenos días».

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La España vaciada

Atravieso la verja. Recorro despacio el camino que va hasta la casa, evocando en cada paso la veintena de años que viví feliz en ella. Contengo la emoción por volver a verla. 

Vengo preparada. 

Para encontrarme con un halo de luz colándose por la persiana, delator de miríadas de telarañas cubriendo vigas, suelos y paredes. Insectos devorando muebles. Recetas caducadas pudriéndose en la alacena. Ennegrecidos de hollín, cacharros, sartenes y cazuelas. La jarra de barro en la mesa, custodiando las cenizas de sus últimas margaritas y amapolas. Entre marañas de polvo, ese instante eufórico; el de padre y madre anunciándome que una vida mejor en otro lugar nos esperaba. En el cajón de mi mesilla, un siempre te amaré, envuelto en un pañuelo de lágrimas petrificadas… 

Al acercarme al portón descubro un felpudo que no recordaba. Ventanas vestidas de primavera. Olor a limpio, a vida, a puchero. Una pareja joven, con las puertas de par en par preguntándome sonriente qué deseo. Y a dos preciosas niñas corriendo hacia mí, como si me conocieran de toda la vida. 

Me voy feliz. Antes, les hago entrega de una llave que llevaba cuarenta años guardada.

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El abuelo

Ya no te acuerdas cuando la sentabas en tu regazo y cantabais vuestra canción, la que compusiste para ella. Cuando tus manos le regalaban cosquillas y guiños cómplices tus pestañas. Del pan con chocolate al salir del colegio, de vuestras caminatas entre flores, del romero y el tomillo en tus bolsillos. 

Ahora tu mirada se pierde antes de encontrarse con la suya. Y desde que se ausentaron en tu boca las palabras y la sonrisa en tus mejillas, hay una indiferencia que le daña. Por eso, a veces, le dan ganas de no volver.

Como cada tarde en la que nunca la esperas hoy no dormitas con la cabeza gacha. Hoy  la presientes, la ves llegar. Tus manos tratan de palmear rítmicas en tus rodillas; tu voz, de nuevo inquieta, quiere sonar. Apenas unas décimas de segundo y vuelven aquellas inconfundibles notas. A sus ojos se asoman felices las lágrimas. En los tuyos hay incertidumbre y miedo. Miedo a que no vuelva. 

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La clínica veterinaria

Querido Daniel… esta carta es para decirte que a mi corazón no le queda ya mucho tiempo. Pero no te pongas triste, estoy tranquila, sé que mi alma seguirá contigo. Y como no hay nada en el mundo que me haga más feliz, voy a disponerlo todo para que cumplas tu sueño.  

Me la imagino amplia, dotada de todo lo necesario. Y a ti, tan guapo, vestido con ese color azul que tan bien te sienta. Siempre supe que contigo sería diferente. Con tu padre no tuve suerte, siguió los pasos de tu abuelo.

La fotografía que te mando lleva conmigo veinticinco años. Ha llegado el momento de que la tengas tú. Os la hizo tu abuelo la vez que les acompañaste —apenas tenías siete añitos—, y ¡vaya si se empeñaron en que lo hicieras! Me emociona pensar que hoy la mirarás con otros ojos.

Muchos besos para tus peludos.

Te amo infinito.

Tu abuela.

P.D.: Igual no te acuerdas, pero yo no he olvidado la cara de tu abuelo cuando al enseñártela le preguntaste, cómo lo había hecho para que ese bambi tan grande que estaba entre tu papá y tú, se pusiera para la foto. 

Esta foto la he cogido prestada de la red… 😦

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Un deseo compartido

Me llevé a mamá casi en volandas y eché el cerrojo de la habitación. Me acosté a su lado, la cubrí de besos y aliento para ahuyentar los temblores de su cuerpo. Ya volvería más tarde para arreglar el desaguisado de Jorge en la cocina.  

Hoy le había tocado a la vieja alacena. A los platos, tazas y vasos, estrellados contra el suelo. Anteayer a la desvencijada mesa, al cajón de los cubiertos. Quizá mañana la tomase con las sillas o de nuevo con nosotras.  

A veces quería calmarle, pero me acorralaba el miedo. Lo dejaba solo, a la espera de que abandonase la casa, corriendo por el pasillo, iracundo y loco, con esa mirada vacante de vida, como muerta.

Tras el portazo y con el sobre de la ayuda de la emergencia social apretujado en sus manos, mamá y yo ya aventurábamos el duro mes que nos aguardaba. Y nos mirábamos en silencio evitando confesar el mismo deseo, que mi hermano acabase como su propia mirada.

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Cuatro esquinitas….

Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio. 

Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.  

Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras cuando escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio con un ala rota y sin vida.