Alika fantasea con su muñeca y juega a ponerle ropitas con los trapos que encuentra. Su mamá de vez en cuando se acerca y le cuenta que en nada crecerá y no podrá seguir jugando con ella. Se enamorará de algún chico de la aldea, pero tendrá que arrancárselo de la cabeza porque de su corazón no es la dueña. Después cubrirán su cuerpo con un vestido infinito, como el que lleva ella, holgado, de tela firme, que no marque las curvaturas de su figura. Un pañuelo también oscuro, tapará su cabello, ocultará su talento y sus ideas. Para entonces ya podrá fabricar hijos. Yacerá con quien no ha elegido ella, porque de su piel no es la dueña. Su sonrisa no se mostrará en la vanidad de ningún espejo, su boca será invisible, sin opinión y sin lengua, sus manos desconocerán la textura de un libro y puede que sus ojos mueran huérfanos de narraciones y leyendas.
Alika es aún muy pequeña para saber de lo que habla su mamá, también para entender por qué insiste en adelantarle una a una las piedras que debió encontrarse ella en su destino.

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