Entrar en la habitación, tenderte a su lado. Darle mil vueltas y no saber cómo decírselo.
Enciendes la lamparita, respiras y te creces…
«… pero tranquila, que mañana mismo empiezo a buscar… saldremos adelante…».
Apagar la luz. Darte la espalda. Esperar a que se duerma… deslizarte de la cama, lentamente.
Tras duras horas deambulando se topa con una cafetería. Frente a una taza de café —bien cargado, como su semblante—, mastica su desaliento, su fragilidad. De vez en cuando mira hacia la puerta, como el que espera a alguien. Pero eternos minutos le convencen que su tabla de salvación, la que le ayudará a encarar su fatalidad a no sentirse más un bufón un don nadie en esta aventura está en su bolsillo…
Retorna con su infortunio a la calle.
En un callejón cualquiera, sin esquinas, sin visillos que te observen ni luces que te humillen, desoyes seis ojitos suplicándote; «no lo hagas». El brebaje vuela al cielo de tu boca. Tiembla el aire. El sudor empapela las paredes. Poco a poco tus venas se van llenando de niebla, una niebla menos dañosa que los ojos de tus pequeños mirándote, quizá mañana, como ella lo hizo anoche antes de dormirse.

