«¡Bah!, una buena capa todo lo tapa» farfulla Matilde mirándose en el espejo al tiempo que guarda sus lamparones en el abrigo. Pellizca su cara de viernes y se ahueca el pelo. Después, mete la lista de la compra en el monedero junto a dos billetes de cincuenta y unos euros sueltos. Desde el descansillo llama a sus hijos, varias voces después entran en fila india en el ascensor. A su derecha el carrito. Al otro lado el más pequeño, Daniel, que se aferra a la manga de su abrigo. Los mellizos, delante, cuchichean sin parar, saben que en la calle caminarán sin tregua hasta la puerta del colegio. Con un adiós en la mano y prisa mañanera se aleja de ellos.
Apenas entra en el bar sus ojos hipnotizados avanzan hacia ella —no puede por menos, su música y colores la embelesan—. Tras aparcar el carro entre su voluntad y un paragüero le pide un café bien cargado con un chupito de olvido al camarero. Saca el monedero y coge las monedas…
No es hasta el mediodía que entra en casa y cae en la cuenta. La cartera está limpia, el carrito vacío y su remordimiento por los suelos.

