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Qué pena de muerte…

Cada vez le gusta menos este trabajo; tener que disfrazarse para que no sepan cuándo, cómo ni dónde van a encontrársela. Por ejemplo, si va de chabolas, es casi imperativo  hacerlo de perro flaco, con infecciones varias; hepatitis, tifus, malaria…. En cambio, en un barrio de alto copete, tratar con directivos corruptos, arruinados, sicarios contratados por mujeres celosas, es otra cosa. Peor es cuando la envían a un instituto, con qué ganas se queda de equivocarse y cargarse al tocapelotas de turno, y no al gordito, a la pobre empollona o al que se viste y ama como le da la gana. Pero lo que no soporta es sacrificar a los que estudiaron en un seminario porque nunca superaron las tropelías que les infligieron los adornados con un impoluto alzacuellos. Los que predicaban la bondad y la misericordia. ¡Por Abadón!, se lamenta, que HAY MANERAS Y MANERAS. 

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Un grito, un alarido

Apenas diecisiete años y lo llamaron a filas. Cuando le pusieron el fusil en las manos no sabía a qué bando pertenecía ni contra quién lo usaría. Finalmente y después de tantas muertes, aprendió a disparar sin mirar a los ojos; mejor no recopilar miradas que le recriminasen, que le quitasen el sueño. Hasta ese día en el que escuchó un grito. El de un hombre que distaba de él apenas unos metros. Un grito que reconoció al instante, que transformaría su vida en una condena, que perduraría en sus oídos día y noche, sin tregua. 

Lo que nunca sabrá es si su padre, antes de ser abatido, escuchó su desgarrador alarido.

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¡Billetes… por favor!

 

Se sienta en un banco en el andén, con sus zapatos de tacón, y si no fuera porque su bolso es rojo, creerías que estoy hablando de una canción. Pero ni se llama Penélope ni espera ningún tren, solo se acerca cada mañana, un ratito —en cuanto deja a su peque en el colegio—, para verlos pasar… como lo hacía antaño cuando le traía a su amor el bocadillo de tortilla calentito. 

La parada era mínima, pero suficiente para darse un beso y desearse los buenos días.  

Llevaban meses buscando un hijo y aquel día, para darle la buena noticia, se puso de domingo. Pero esta vez, el tren pasó de largo, no paró en su estación. Al rato le dijeron que la policía perseguía de vagón en vagón a un criminal, muy peligroso, capaz de hacer cualquier cosa… 

Todavía no se ha hecho justicia. Era un simple revisor. 

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El ascensor

Peldaño a peldaño, su floreado vestido se va pegando a su cuerpo como una segunda piel. Cuando alcanza el portal lanza un profundo suspiro y se derrumba. No tanto por el agotamiento como por acordarse que hoy habrá reunión y de sobra sabe cómo actuarán sus vecinos.    

—Si nosotros apenas llegamos a fin de mes. Alegarán los del primero C.

 La propietaria del segundo A, desde que echó a su marido de casa, ni olvida ni claudica…

—Maldita seas, por deshacer camas ajenas. Cuánto me alegra que tú también te quedaras sin el tuyo.

—¡Vaya, vaya!, cómo han cambiado las tornas —comentarán los del bajo izquierda— ya no te ríes de los que no tenemos vistas tan buenas, ahora te jodes, por haber apuntado tan alto.

Pero Josito cada día pesa más.   

A veces sueña que su madre ya no puede con él —antes era su padre quien le llevaba al colegio—. Y se imagina contemplando la vida desde las ventanas de su cuarto piso. Y llora. Y odia su silla de ruedas. Sus trece años no entienden que salir a la calle sea una cuestión de venganza, chanza y dinero. 

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Un deseo compartido

Me llevé a mamá casi en volandas y eché el cerrojo de la habitación. Me acosté a su lado, la cubrí de besos y aliento para ahuyentar los temblores de su cuerpo. Ya volvería más tarde para arreglar el desaguisado de Jorge en la cocina.  

Hoy le había tocado a la vieja alacena. A los platos, tazas y vasos, estrellados contra el suelo. Anteayer a la desvencijada mesa, al cajón de los cubiertos. Quizá mañana la tomase con las sillas o de nuevo con nosotras.  

A veces quería calmarle, pero me acorralaba el miedo. Lo dejaba solo, a la espera de que abandonase la casa, corriendo por el pasillo, iracundo y loco, con esa mirada vacante de vida, como muerta.

Tras el portazo y con el sobre de la ayuda de la emergencia social apretujado en sus manos, mamá y yo ya aventurábamos el duro mes que nos aguardaba. Y nos mirábamos en silencio evitando confesar el mismo deseo, que mi hermano acabase como su propia mirada.

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A pesar de todo

Con sumo cuidado la levantas de su silla de ruedas y la sientas sobre la cama. Terminas de ponerle el camisón y para que duerma tranquila le das su medicina. Tras arroparla, le das un beso en la frente y le deseas felices sueños. Pero antes de alcanzar la puerta y apagar la luz, esperas. A que te llame asomando una mano por el embozo. A que te mire lánguida y circunstancial. A que se persigne y te pida que acerques tu cara a la suya para después implorarte al oído que la perdones. Como cada noche.  

Tú sabes de sus miedos a no despertar y no alcanzar la vida eterna. Por eso dibuja una cruz sobre su cara, arrepentida. Remordimiento que caducará a la mañana siguiente cuando descubra que aún sigue entre los vivos. Y volverá de nuevo a la tiranía. A los gritos, los insultos, al rencor, a su pasado. Al deseo de deshacerse de ti, como cuando él os abandonó. Tú apenas tenías unas horas.

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La sonrisa

Se había especializado en razas extintas y al investigar la del planeta Tierra se sorprendió de la semejanza de los terrícolas —aunque de carcasa menos metalizada—, con los de su planeta. Según los datos de su PENTEX-Z91 los terrícolas fueron portadores de un disco duro que les capacitaba para el entendimiento, la comprensión y la habilidad para resolver problemas. Pero avanzando en su investigación desterró cualquier vestigio de inteligencia. ¿Cómo calcular si no la necedad de sus acciones? Las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a la atmósfera destruyeron la capa de ozono propiciando su propio exterminio y el de todos los seres orgánicos. 

Mas sus sensores alcanzaron niveles máximos de temperatura al encontrarse con el primer plano de una terrícola y la mueca de esta. Al procesar la información descubrió que se necesitaban doce músculos para generarla. Lleva dos ciclos galácticos calculando cómo programarla.

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Una sonrisa impostada

Ya son las 10 de la mañana y sale con Golfo a la calle. Sonriente saluda a los del barrio, cuando su perro termina, vuelven a casa.

Cierra la puerta, se quita la sonrisa y la cuelga con la correa, en el perchero. Tira al cubo de la basura el alborozo. Se coloca sus deprimidas zapatillas, su bata de condena. Se recoge el pelo cual maraña en una cola. Rebusca en su ánimo y se pone un par de lágrimas en cada ojo. En la cocina se prepara un café solo, sin alegría. Se sirve un bol de lamentos, se los come de uno en uno, sin olvidarse de ninguno… la madrugada, la carretera mojada, su dos hijos, el mayor delante, atrás dormida la pequeña.

Va en busca de él, que duerme. Con un culpable beso le despierta. Le pone el freno a la silla, le levanta al vuelo, le sienta…

Ya son las 4 de la tarde, de nuevo se suelta el pelo, descuelga la sonrisa y la correa del perro. Sale a la calle.

Lleva 20 años quitándose y poniéndose la sonrisa.

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El comienzo de un cambio dietético

Aquel verano del 75 significó para Rosalía, una niña de doce años y de calles enlosadas, un cambio importante en su vida. Despertarse con el sol en la cara; trepar por las higueras; recoger huevos; jugar con Copito; ver a sus abuelos trajinar con las cabras, gallinas, cerdos… llegaba a su fin. Lo entendió al ver el Chrysler 180 aparcado bajo el gran olivo. Su padre le pareció menos alto y su madre, con su Chanel Nº 5 rivalizando con el olor a tierra, brevas maduras y caca de vaca, algo más delgada. 

Partirían después de comer y quiso despedirse de Copito. Lo encontró en el establo. Sus orejas pendían de las manos de su abuelo. Sus patitas bailaban el aire y bruscamente su cuerpo se paralizó. Después, unas palabras sonrientes que no acertó a digerir…

«¡Hoy comida especial, que han venido los papás!».

Apareció sobre la mesa envuelto en granos de arroz. El dolor, prisionero en un por qué infinito, clausuró su estómago.

Con el martilleo de los tenedores contra los platos aumentaron sus náuseas. 

Cuando la rabia se transformó en congoja y sus ojos consiguieron escupir sus lágrimas, tomó una decisión.  

Este precioso conejito, lo he tomado prestado de la red

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Amor del bueno

«Esta vez lo celebraremos por todo lo alto», pensaba Ramiro mientras salía de casa con su colección de sellos —hobby que convirtió en pasión cuando le despacharon de la fábrica y decía amar casi tanto como a Tomasa—. A ella, lejos de enojarle, le encantaba verlo con su álbum, pasando sus hojas y las horas, menos cuando centraba su mirada en unos huecos de la tercera y quinta fila de la décima página. Huecos que, animada por la celebración de sus cuarenta años de casados, pensaba llenar. Aunque tuviera que buscar debajo de las piedras. 

Hallarlos, descubrir que no le alcanzaba para adquirirlos y acordarse de su colección de Samsonites… la que aguardaba en el desván y que nunca pudieron estrenar a causa de incontables biberones y pañales; extraescolares de matemáticas, francés y judo; madre y suegra que enviudaron con un mes de diferencia y una operación de rodilla y dos de cadera; fue todo uno.

Cuando llegó el día del intercambio, Ramiro, con ojos conmovidos, admiraba esos diminutos cuadraditos que llevaba media vida buscando. Tomasa, con los suyos como platos, sostenía en sus manos un colorido folleto del crucero que llevaba media vida deseando.

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