Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Me ha cambiado por otro y se ha ido a trabajar sin mí, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.
Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante el acoso constante. Cuando por fin aparece le increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…
Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.
Pero esto no es una película.
Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre.

La imagen la he cogido prestada de la red, incluido el pie de foto.
Deja un comentario