«Pilar, necesito verte… tengo que contarte algo muy importante».
Al escuchar el mensaje que mi mejor amiga me había dejado en el contestador barajé dos opciones:
«O tenía que repetir la última mamografía… o que una de sus célibes hijas tenía que casarse de penalti».
¿Qué otros motivos tendría una cincuentona, bien situada, devota cumplidora, sufridora, abnegada madre y obediente esposa, para alarmarme?
Me abrió la puerta entre sollozos. Frente a una taza de tila me confiaba, ingenua, lo que yo jamás hubiera osado revelarle…
«Don Teófilo me mintió, un hombre sí puede separar lo que ha unido Dios».

