A mí se me mueren todos, aunque yo no participe en sus decesos, y dado que los cementerios, con sus sepulcros, epitafios y toda esa parafernalia, no me gustan ni interesan nada, yo lo dejo en manos del azar y que sea él, quien se ocupe… ¡bastante hago con aguantarlos mientras viven!
Con el primero el cielo me lo puso en bandeja. Qué oportuna aquella tromba de agua que lo anegó todo provocando una riada que pasaba, justo, por mi casa. ¡Si hasta arrastraba contenedores y coches! Solo tuve que dejarle en el primer escalón.
Con el segundo fue pan comido. Estábamos disfrutando de un safari cuando nos visitaron unas malas fiebres. Los leones, que lo fisgonean todo, estuvieron varios días merodeando. Finalmente entraron en nuestra tienda, ¡qué suerte la mía poder disponer del jeep en ese momento!
Y con el último fue coser y cantar. Lo introduje en el maletero y aparqué el auto en mi calle. Dormía a pierna suelta -soñando que algún ladrón de coches o un rayo despistado me resolviera el asunto-, cuando un estruendo me despertó. Al asomarme por la ventana vi gente alborotada corriendo de un lado para otro, policías, coches aparcados calcinándose. No reparé en los destrozos ni si había víctimas, solamente una traviesa sonrisa se posó en mis labios…
Termina de ponerse los guantes. Retira la sábana. La luz del foco palidece. El bisturí se estrella contra el suelo. Con un ímprobo esfuerzo trata de mantenerse erguido.
Mejor lo hará abrazado a ella. Mas cómo decirle que deshaga su maleta; la niña ya no irá al campamento de verano.