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La arquitecta y el abogado

En el intento de dejar mis reparos tras la maciza puerta, nos pasan a un despacho. Sabes que no lo consigo, aunque me insistas. Sí, ya sé que tus colegas te lo han recomendado porque es el mejor; que si nos mantenemos en nuestra línea, a las niñas no tiene por qué afectarles; que por probar no perdemos nada. 

Pero yo sigo en mis trece, convencida de que el rechazo será inmediato en cuanto descubran que ellas no están bautizadas y ni tú ni yo casados. Por eso, cuando aparece la monja, apenas reparo en ella. Es tal mi inquietud que me sorprendo rogándole al crucifijo que tengo frente a mí que no se nos note el descreimiento y, para más inri, agradeciendo que seas tú quien esté tomando la iniciativa.

Salimos sospechosamente pronto y doy por sentado que tendremos que seguir buscando. No entiendo por qué estás tan sonriente hasta que me preguntas a qué hora quedamos mañana para firmar, con las niñas, para que las conozcan.

—¡Cómo! ¿Ya tenemos colegio? ¿Así, sin más y sin preguntas…?

—Pues claro que tenemos colegio, mujer de poca fe. ¿Sin preguntas? Solo una: a qué nos dedicábamos.

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Qué pena de muerte…

Cada vez le gusta menos este trabajo; tener que disfrazarse para que no sepan cuándo, cómo ni dónde van a encontrársela. Por ejemplo, si va de chabolas, es casi imperativo  hacerlo de perro flaco, con infecciones varias; hepatitis, tifus, malaria…. En cambio, en un barrio de alto copete, tratar con directivos corruptos, arruinados, sicarios contratados por mujeres celosas, es otra cosa. Peor es cuando la envían a un instituto, con qué ganas se queda de equivocarse y cargarse al tocapelotas de turno, y no al gordito, a la pobre empollona o al que se viste y ama como le da la gana. Pero lo que no soporta es sacrificar a los que estudiaron en un seminario porque nunca superaron las tropelías que les infligieron los adornados con un impoluto alzacuellos. Los que predicaban la bondad y la misericordia. ¡Por Abadón!, se lamenta, que HAY MANERAS Y MANERAS. 

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El ascensor

Peldaño a peldaño, su floreado vestido se va pegando a su cuerpo como una segunda piel. Cuando alcanza el portal lanza un profundo suspiro y se derrumba. No tanto por el agotamiento como por acordarse que hoy habrá reunión y de sobra sabe cómo actuarán sus vecinos.    

—Si nosotros apenas llegamos a fin de mes. Alegarán los del primero C.

 La propietaria del segundo A, desde que echó a su marido de casa, ni olvida ni claudica…

—Maldita seas, por deshacer camas ajenas. Cuánto me alegra que tú también te quedaras sin el tuyo.

—¡Vaya, vaya!, cómo han cambiado las tornas —comentarán los del bajo izquierda— ya no te ríes de los que no tenemos vistas tan buenas, ahora te jodes, por haber apuntado tan alto.

Pero Josito cada día pesa más.   

A veces sueña que su madre ya no puede con él —antes era su padre quien le llevaba al colegio—. Y se imagina contemplando la vida desde las ventanas de su cuarto piso. Y llora. Y odia su silla de ruedas. Sus trece años no entienden que salir a la calle sea una cuestión de venganza, chanza y dinero. 

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La sonrisa

Se había especializado en razas extintas y al investigar la del planeta Tierra se sorprendió de la semejanza de los terrícolas —aunque de carcasa menos metalizada—, con los de su planeta. Según los datos de su PENTEX-Z91 los terrícolas fueron portadores de un disco duro que les capacitaba para el entendimiento, la comprensión y la habilidad para resolver problemas. Pero avanzando en su investigación desterró cualquier vestigio de inteligencia. ¿Cómo calcular si no la necedad de sus acciones? Las emisiones de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero a la atmósfera destruyeron la capa de ozono propiciando su propio exterminio y el de todos los seres orgánicos. 

Mas sus sensores alcanzaron niveles máximos de temperatura al encontrarse con el primer plano de una terrícola y la mueca de esta. Al procesar la información descubrió que se necesitaban doce músculos para generarla. Lleva dos ciclos galácticos calculando cómo programarla.

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Una sonrisa impostada

Ya son las 10 de la mañana y sale con Golfo a la calle. Sonriente saluda a los del barrio, cuando su perro termina, vuelven a casa.

Cierra la puerta, se quita la sonrisa y la cuelga con la correa, en el perchero. Tira al cubo de la basura el alborozo. Se coloca sus deprimidas zapatillas, su bata de condena. Se recoge el pelo cual maraña en una cola. Rebusca en su ánimo y se pone un par de lágrimas en cada ojo. En la cocina se prepara un café solo, sin alegría. Se sirve un bol de lamentos, se los come de uno en uno, sin olvidarse de ninguno… la madrugada, la carretera mojada, su dos hijos, el mayor delante, atrás dormida la pequeña.

Va en busca de él, que duerme. Con un culpable beso le despierta. Le pone el freno a la silla, le levanta al vuelo, le sienta…

Ya son las 4 de la tarde, de nuevo se suelta el pelo, descuelga la sonrisa y la correa del perro. Sale a la calle.

Lleva 20 años quitándose y poniéndose la sonrisa.

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Corazón congelado

Resolvimos cambiárselo a todos los terrícolas que restaban. En su lugar les trasplantamos otro fabricado con rosas de Jericó, bayas de açai y algas del mar Rojo. 

Pretendíamos que el nuevo comenzara a palpitar de forma rítmica, ya que el anterior latía frío, descomedido y desacompasado. Llevábamos tiempo observándolo. Ya no se partía ante un niño hambriento o una mujer desesperada. Tampoco se ablandaba delante de un indigente aterido ni de un perro desamparado en la calle. Mucho menos se encogía frente a la muerte de un bosque, la desaparición de alguna especie, la agonía de los mares o el deshielo de los casquetes polares. Aunque no nos extrañó especialmente, era de esperar que, tras tantos conflictos, injusticias, guerras, holocaustos y genocidios, el de venas, músculo y arterias, finalmente terminara perdiendo toda sensibilidad.

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Nadie te echa de menos

Igual es casualidad, pero últimamente ha empezado a venir gente a casa; nuestros padres, mis hermanos, los tuyos, y algunas tardes nuestros hijos invitan a merendar a sus amigos. También, a veces, se queda a dormir Cristina, la amiga de Ana. El otro día, por ejemplo, la vecina vino a pedir sal, ¡fíjate que no la recordaba tan agradable! Y el cartero, que no sabía nada, me preguntó si aún seguías enfadada. No pienses que estoy exagerando, pero Toby ya no muerde al que se acerca a nuestra casa, hasta creo que ladra menos. Ahora los chicos hacen los deberes, su cama, recogen la mesa y nunca se olvidan del almuerzo. Y yo, antes de irme a trabajar, plancho mis camisas. Tienes que saber que algunas noches me quedo dormido viendo la tele y me olvido de la copa de vino sin el posavasos sobre la mesa de madera. Que muchas veces cocinamos juntos y durante las cenas conversamos y reímos. ¡Ah!, y ya no se discute sobre quién pone el lavavajillas. Tranquila, que no nos hemos derrumbado, seguimos con nuestras vidas. Así que haznos un favor, ¡no te revuelvas más y descansa de una puñetera vez, en paz!

imagen cogida de la red

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El tonto de la lotería

Hay que ser majadero. Quién mejor que ella para aguantar mis complejos y este humor mío que sube y baja más que la bolsa; los sermones de mi padre; las brasas de mi madre; las navidades entre cuñaos… ¿Y cómo se lo pago?

¿Y tratar así a mi vecino?, ¿acaso tiene la culpa de tener esa cara de baboso? Con la de veces que me arregló la cisterna, los atascos en el fregadero ¡y siempre sin cobrarme un duro! ¿Se puede ser más egoísta?

Y llamar a mi jefe metiéndole por el culo el empleo que me ofreció cuando nadie confiaba en mí y nadie me daba trabajo… ¡Mentecato no, lo siguiente! 

¡Y regalarle mi Vespa al kioskero solo por reservarme cada miércoles la porno! ¿Seré gilipollas?

Y mi Panda al Juanma, ¡precisamente a ese meapilas!

¡Mecagüentoloquesemenea! ¡Hossstiaputa!, ¡cómo se puede estar tan cegato y confundir un siete con un uno! 

Man celebrating with winning lottery ticket inside lottery office

Prestada de la red

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Billete de (v)ida

Entra en la habitación y me penetra con sus ojos, sabe que voy a pedírselo, otra vez, mil veces más. Y aunque no tengo apetito, nunca lo tengo, intento comer algo, por ella. Cuando sale con la bandeja medio llena, me invade el recuerdo de cómo sabe un escalofrío: el de sus caricias recorriendo mi cuerpo. Pero un instante después, la realidad se me encara y hasta la maldita quietud de mi habitación se convierte en un infierno.  

Desde la mesilla el viejo Boby me observa y me recuerda lo mucho que a mí me costó en su día, dar ese paso. No quería, pero lo hice. Por él. Por eso a ella no se lo reprocho. Sé que no se atreve, dice que no quiere perderme que me quiere demasiado y yo le contesto, que por eso mismo. Y aquí sigo, consumiéndome en la espera de que encuentre a alguien que se preste a hacerlo, por ella… por mí. 

La imagen la he tomado prestada de internet

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Ya no se acuerda que nunca vendrán

Rehace su moño con dos horquillas y se unta bien de colonia. Espera feliz en su mecedora.  Un ajado bolso de charol cuelga de su muñeca, dentro, dos alianzas de oro grabadas, unas agujas, un patuco y la rebequita de lana, antaño blanca, que paciente aguarda su otra manga. Tiene dos cosas muy importantes que decirle a su hija; que su padre se ha ido de casa y que si nace niña, la llame como a ella. Durante la espera, canturrea palabras sueltas: noche, árbol, coche, carretera… En el centro todos lo saben; que hoy tampoco nadie vendrá a verla.

Imagen prestada de la red

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¡¡¡Mamáaa!!!

—¿Has lavado mi chándal?
—¿Dónde están mis patines?
—¡No hay papel!
—¡Mis gafas!
—¿Has comprado el Marca?

Aturdida, preguntó:

—¿Pero qué hacéis en casa un martes por la mañana?

—¡Hoy es fiesta! No curro y los chicos no tienen clase. Si es que no te enteras… ¡Claro, como tú no trabajas!

Imagen tomada de la redPARA_COMENTRIO_MUJERES_LIMPIANDO_EN_CASA[1]

http://www.cincuentapalabras.com/2015/05/mamaaa.html

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La chica de ayer

Acababa de divorciarse, y sin saber por qué, recordó a Margarita. La nostalgia le llevó al anuario escolar de 1980, ¡allí estaba!, aquella chica tenía algo que la hacía diferente a las demás. Se preguntó, qué habría sido de todos ellos. Llevado por ese interés, se animó a reunirlos, sería la primera concentración de su promoción.
Jugar a identificar las caras con los nombres de sus antiguos compañeros les costó, a unos más que a otros. Decepcionante, que no acudiese Margarita, siendo el motivo especial del acontecimiento, pero lo fue más descubrir, quién se escondía tras ese elegante y apuesto hombre que él no recordaba en su promoción.

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La ilusión del día

Me comenta que anda muy liado. Desde que se ha independizado le echo de menos. Aunque sé que pasa frío, en el fondo me encanta, pues aprovechando que sale a la calle a fumarse el cigarrillo, me llama por teléfono cada mañana.

Hace dos semanas que ha dejado de fumar.

22576136-ilustracion-de-un-hombre-que-fuma-cerca-de-la-calle-peatonalLa imagen la he cogido prestada de la red.

http://www.cincuentapalabras.com/2014/06/la-ilusion-del-dia.html

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No era el cuerpo lo que más le dolía…

Acaba de despertarse y un entrometido sol que traspasa el ventanal le obliga a cerrar los ojos. El aire sabe a desinfección. Todo le es extraño. Del armario abierto asoma una maleta. En el respaldo de una silla, una cachaba que no conoce. Resuelto sale de la cama y amparado en la desconocida pero con paso decidido se acerca a la puerta cuando una mujer, de sobria bata blanca portando en sus manos pequeños cuencos de colorines, entra en la habitación.

-Buenos días don Gregorio ¡ya se ha levantado!

-Buenos días… sí, pero ¿qué hago yo aquí?

-Le trajeron ayer, ¡ya lo sabe! Aquí tiene sus pastillas; estas, para el dolor y esta, para el corazón.

Pastillas, dolor, corazón… sabía que le habían traído, sí, lo que no recordaba era por qué. Repentinamente, el corazón empezó a dolerle mucho.

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                                                                                     Fotografía tomada de la red

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                                                                        Micro presentado en «La radio en colectivo»

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La dama y el sombrero

Lleva diez eternos minutos esperándola. Finalmente, un aroma a jazmín empapa la estancia. Galante, se quita el sombrero, ella ríe cuando lo encaja a la primera en el perchero.

Tras el apasionado encuentro pasea la ciudad, embelesado. El recuerdo de su olor a jazmín, el sabor de su boca, muerden su cerebro.

De vuelta a casa se dirige a la biblioteca, pero su mujer que está tomando el té con unas amigas le ve pasar y sale a su encuentro. Le pregunta por su sombrero, él, sorprendido, descubre que no lo lleva puesto.

La anfitriona, cuando vuelve a la salita, exclama a sus selectas invitadas… «¡Vaya con mi Leo, pronto empieza a destocarse y sin percatarse!»

Al son de cucharillas de plata, las risas y bisbiseos se entremezclan en un ritual tan antiguo, como antiquísima es la valiosa porcelana donde lo sirve.

En la biblioteca el hombre se recuesta en la cheslong. Escucha unos pasos, después, unos dedos zalameros agitan su pelo, unos labios susurrantes le dicen al oído…

«Pero ¡qué sorpresa!, esta es tu mansión y ella tu mujercita… que parece haber echado de menos algo que yo tengo, mañana te espero… aunque esta vez, la casa invita».

La dama vuelve a la sala, donde seguirá mojando genuinas danesas en un delicioso té de jazmín, su preferido.

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Fotografía extraída de la red

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«Un buen marido, antes fue un buen hijo»

Eligió un vestido algo sobrio, aunque perfecto para la ocasión… ¡hoy conocería a sus futuros suegros!

Sentados a la mesa, la anfitriona miraba con reservas el anillo que ella presumía en su dedo, Carmen se hacía cargo, Simón sería el primero de sus cuatro hijos en independizarse.

Las conversaciones se cruzaban entre los comensales, cuando una voz sobresaliendo de las demás…

“Madre, ¡qué sabrás tú, si no tienes ni idea!”

Las palabras que atajaron aquél interminable silencio sonaron como una bofetada…

“Es verdad, hijo, si yo de eso no entiendo”

Terminaban el segundo plato cuando la misma voz, ahora más enérgica…

“¡No callarás, no, anda y ve a por el postre, porque lo que es la comida…!”

Entonces Carmen, se acordó de la mujer más sabia que pasó por su vida, se acercó a la que iba a ser su suegra, le comentó algo al oído y le entregó el anillo, se abrazaron emocionadas. Despidiéndose de todos con un recogido “lo siento, disculpadme”  huyó del hombre que hoy no llevaba puesta la máscara con la que ella le conoció.

La abuela y sus sabios consejos… “Cariño, desconfía de un hombre que no respete a su madre”

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¡Me siento tan mujer!

 

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Le parecía increíble. Su pelo al viento mientras todo lo de abajo se hacía más pequeño. Las casas, los coches, minúsculos, como anclados en la carretera. Los caminos serpenteando montañas hasta donde le alcanzaba la vista. Se sentía libre, intrépida, dinámica, ¡volaba! Llevaba deseándolo desde los 13 y ahora con 45, gracias a su perseverancia, cumplía su deseo. Aún recuerda cuando las veía por televisión: qué envidia, poder sentirme como ellas, realizada, segura, más mujer. Y su madre y sus palabras de aliento… «No desesperes cariño, que aunque yo no lo haya conseguido, tú volarás algún día».                                                                                                                                                

Y ahora, ansiaba el momento de pisar tierra y zampárselo a sus amigas, incrédulas y desconfiadas, esas que decían que eran mentiras, patrañas de la tele.

Los fogonazos de una descomunal tormenta que amenazan con anegarlo todo la despiertan. Azorada se levanta. El frío eriza su piel, se cuela por sus pies desnudos y sube hasta su sien. Siente un dolor agudo que le obliga a encogerse, corre hasta el cuarto de baño…

«¡Vaya, otra vez la regla, la maldita regla!»

                                       

La imagen es de Google          

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Enganchada

Demasiado tarde, ocho meses es mucho tiempo. Cuando lo advirtieron estabas atrapada, ya eras juguete de aquel guiñol.

Pendiente de él a todas horas, no hacías otra cosa que seguirle, llenaba tu vida, te sentías viva. Una de esas noches te informaron que se iría, que no volverías a verle, comer, lavarse los dientes, bailar, dormir, te preguntaste alarmada, ¿qué será de mí?

Su marcha te llenó de tristeza, pensabas morirte de pena.

Esa madrugada al entrar en tu cuarto, te encontraron tendida en el suelo. En tu mano ya fría, el mando, definitivamente él se había ido, el reality había llegado a su fin.


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Esta particular marioneta me inspiró este micro. Ella es obra de Juanlu,  que nos la presentó allá por el mes de marzo de 20013, participando en la convocatoria para su libro, Colaboraciones III. Si quieres ver más cosas de él, aquí su blog… http://dididibujos.blogspot.com.es

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Dos textos para dos fotos, en casa de Luisa Hurtado

                 NADIE SE SALVA

 

Imagen¡Pobres gentes, a los que les quitan sus moradas!… «desahucio», creo que lo llaman. Menos mal que nosotros no sabemos de deudas ni de préstamos. Y el dos piernas éste, ¿qué mira? Por dios, ¡¡¡no querrá hacerse un revuelto con nuestra casa!!!

 

 

                     ¡ME DERRITO!

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 Miraba desconsolado ese descarado rayo de sol que se acercaba, ¡malditos niños que decidieron crearle justo el día en que aumentaban las temperaturas!

 

De nuevo en casa de Luisa Hurtado, “Microrrelatos al por mayor” Las fotos son de Jose Luis Rafael, 

 Gracias Jose Luis Rafael, por estas estupendas fotos,  Luisa, gracias por tu hospitalidad.

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Una dulce y rosada venganza

 

¡Justo hoy se me pegan las sábanas! Me levanto como un rayo. Ultimo mi equipaje. Compruebo grifos y ventanas, llamo a un taxi y meto en el bolso el sobre para Mariano, el albañil. Anoche le llamé a casa pero no estaba, hablé con Marisi, su mujer y le dejé un recado; antes de partir le acercaría lo acordado por el arreglo del cuarto de baño. Siempre que puedo les echo una mano, están pasando una mala racha; Mariano se ha quedado sin trabajo y a ella le han reducido la jornada. A las mellizas les compré unos cuentos, lápices de colores y unos petisuis de fresa, sus preferidos.
El portero me apremia por el telefonillo; el taxi espera, la maleta y mis pies vuelan con idéntica prisa.
Estoy en la puerta de embarque, el avión sale en media hora, y solo al buscar el pasaporte me doy cuenta de que ¡el sobre de Mariano sigue en mi bolso!
Llego a mi destino y les llamo excusándome por mi involuntario olvido. Espero al lunes para ingresar el dinero en una cuenta que ella, cortante y con enojo mal disimulado, me indica.
Han pasado tres meses cuando vuelvo al piso de la playa pero… ¿qué le ha pasado a mi puerta?, en vano busco la cerradura. Acerco mi nariz… me huele a algo familiar que no consigo desvelar. Solo al ponerme las gafas descubro que un cuarteado y suave rosa embadurna lo que era mi preciosa puerta de nogal.

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Mi novia y mi madre

Están a punto de conocerse, pero antes incluso de estar frente a frente, sus mentes empiezan a cavilar, casi al mismo tiempo, y a escudriñarse de arriba abajo:

«¿Le gustaré? Tengo que caerle bien, que la primera impresión es muy importante. Desde aquí parece mona; a ver si de cerca… aunque creo que se parece un poco a la anterior, ¡vaya lagarta! un día más y nos lleva a la ruina. ¡Ay, mi pobre niño! Tendré que averiguar si fuma, qué persigue y qué clase de valores le inculcaron sus padres. Esta misma noche les invito a cenar a casa… ¿cuál será su plato preferido?… de lo que estoy segura es de que bebe»  

«Ya verás, fijo que no le gusto. Jo, ¡vaya miradas!, me está taladrando. ¡Si ya me habían advertido mis amigas! pero tranquilas, que mañana mismo empiezo a mirar… Será lejos, sobre todo de este barrio, ¡qué digo!, en otra ciudad. Al principio iremos a verla una vez al mes, con eso será suficiente. Más tarde solo iremos en Navidad y quizá también en Semana Santa. Porque yo estaré ocupadísima criando a mis… tres, si, tres hijos serán suficiente. Por cierto, ¿le llegará la pensión para pagarse esa residencia que acaban de abrir en Zamora?»

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Las tres herederas

«Carlos, ¡que tienes una edad!, sigues bebiendo y jugando, estás dilapidando la herencia de tu familia, piensa en las niñas. No me importa que salgas con otras mujeres, pero por lo menos tendrás cuidado de no dejar tu sangre repartida por ahí»
«A ti eso no te incumbe, dentro de nada serás libre, es lo que querí­as ¿no?, no soporto que me digas lo que puedo o no puedo hacer con mi dinero».
Era ya muy tarde, no querí­as entrar en discusiones, de sobra sabí­as cómo terminaban éstas, tan solo un par de dí­as para irte con tus tres hijas a un bonito loft en el centro de la ciudad. Por fin te separabas, los papeles del divorcio estaban al caer, mientras, aguantabas estoicamente sus continuas salidas y venidas a altas horas de la noche.

Te despertaron unos quejidos. Según bajabas las escaleras, pensaste que de nuevo se habrí­a traí­do a una de sus amiguitas. Sorteando algunos bultos y maletas que aguardaban en la entrada de la vivienda, entraste en el salón y hallaste a tu aún marido, solo en el sofá, pero hecho un ovillo y con un rictus de dolor dibujando su cara.
Cuando llegó Javier, el médico amigo de la familia, lo llevasteis rápidamente al hospital.

La operación de apendicitis fue un éxito. Al dí­a siguiente volviste a visitar al enfermo y lo encontraste con una mujer que le hací­a carantoñas, bastante parecida a la del día anterior y también con un acento que te era desconocido. Él, no apartaba los ojos de unos generosos y semidesnudos senos que le apuntaban descaradamente. Sin mirarte siquiera, te dijo que te marcharas, que quería estar a solas con su novia, pero antes de abandonar la habitación escuchaste no sin sorpresa…
«¡Ay mi amorcito, yo sí­ te daré el nene que esa mujer no supo darte!».

En la planta baja del hospital, Javier te comenta que Carlos está mejorando, con tono cómplice, y dominando el impulso de cogerte las manos, intenta disiparte otros temores…
«No te preocupes, jamás lo descubrirá, en cambio, todos comprobaremos el excelente resultado de su irreversible vasectomía».

 

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Publicado en Con mucha miga, Microydibujos con Juanlu

¿Nos conocemos?

 

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Increíble lo que había conseguido aquel doctor con su cara. Cómo su nariz, ahora respingona, oteaba su frente, no sus pies. Su boca, apetitosa, incitaba a los besos. Sus pómulos tersos, el mentón fino y altivo, tal y como lucía la modelo de la fotografía que ella le entregó. Llevaba un rato observándose cuando notó algo raro… y dirigiéndose a la imagen que se reflejaba en el espejo, le preguntó extrañada… y tú ¡quién coño eres!

 

 

La imagen es de Juanlu, visita su blog… ilustraciones para un loco

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Pidió socorro y nadie la auxilió

Compraba el pan, la carne, el pescado, la fruta… en el pueblo de al lado, decía que era más grande y más bonito. No le gustaba su iglesia, demasiado gótica, tampoco el cura, demasiado viejo. Detestaba a los niños, no le dejaban dormir la siesta. No se mezclaba con su gente, ¡ella no merendaba mortadela!.

El domingo, a la salida de misa, algunas mujeres murmuraban que… de una caída en el baño, otras… de una cuerda colgada en el desván. Los más mayores… de un escape de gas. De un ataque al corazón, cuchicheaban algunos jóvenes.

De repente desaparecieron todos… cuando vieron que el médico venía acompañado del forense.

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Y a ti, ¿qué te duele?

¡Esta puta pierna va a acabar conmigo, estoy hasta los mismísimos de este insoportable dolor!

Hace dos meses que Ramón se levanta todas las mañanas con esta cantilena, decide ir al especialista:

-Veamos, ¿dónde te duele?

-¡Uf, aquí, en el tobillo, lo tengo hecho polvo!. Le refiere con un triste rictus de oreja a oreja.

-Bien, con diez sesiones de rehabilitación se te pasará, pasa y espera un momentito.

Convencido de que aquél médico no tenía ni idea, entró en un recinto que olía a limón desodorante. Camillas y aparatos por todos lados. Una mujer de mediana edad le sonrió, luchaba con fuerzas por levantar un brazo. Viendo que Ramón lo observaba todo…

-A esa mujer… del tirón desde una moto la arrastraron por el suelo, ¡20 euros llevaba en el bolso!. Le rompieron la cadera y un brazo. Y aquél, el de la camilla, se cayó desde un andamio, no llevaba arnés de seguridad. Se rompió las dos piernas y no sé cuántas costillas. Siempre va en silla de ruedas. A esa chica, la de las paralelas, la atropelló un coche, dicen que en un paso de cebra. Le amputaron una pierna, tiene que aprender a andar de nuevo.

Ramón desconcertado le preguntó, que qué le pasaba a ella.

-Hace un año me quitaron un pecho, desde entonces he perdido la movilidad de este brazo.

Se hizo un silencio. La mujer amablemente…

-Y a ti ¿qué te duele?. Ramón suspiró algo inquieto…

– Bueno… a mi… en realidad…. me di un retortijón… nada… jugando al tenis… con… con un amiguete… me… duele… al levantarme pero a lo largo del día se me va pasando dice el médico que con unas pocas sesiones dejará de dolerme del todo.

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Flora

Me llamo Flora y he vuelto a caer… he pasado por un escaparate y no he podido resistirme; ¡me he comprado otro bolso!

Los bolsos me fascinan y no concibo salir a la calle sin uno, ¡eso sería como salir desnuda! Aunque la lenguaraz del quinto dice que en ese caso, bien podría taparme con tan solo uno… por lo poquita cosa que soy.

Mis amigos y familiares saben que si me quieren hacer feliz, pueden regalarme alguno. En el fondo les hago un favor, conmigo las Navidades y cumpleaños no son un quebradero de cabeza. Aunque a veces me encuentre con dos iguales y haya que cambiarlo. Como aquél de rayas que me regaló mi primer novio, entre berenjena y zanahoria, difícil de definir. Lo descambió, sí, ¡pero por uno rojo amapola chillón! Llevábamos cinco meses saliendo y aquello no prosperaba… y qué iba a esperar de alguien que regalaba bolsos así. Yo lo tengo muy claro, dime qué bolso me regalas y te diré cómo eres. Una mañana le escribí decidida: “Te dejo, tu corazón está como mi bolso, plastificado”. No sufrió mucho, esa misma noche mi hermana le vio por ahí, de juerga con otra.

Los marrones son mis preferidos. Los tengo en todos los tonos: tierra, chocolate, canelo. Mi buen amigo Ramiro, médico y pacifista, me trajo uno, color café, de Tetuán. Se marchó a Suiza para no hacer la mili y ¡mira por dónde! se fue a enamorar de la hija de un alto mando de la Fuerza Aérea. Se mosquea conmigo, siempre que le recuerdo, que gracias a las armas conoció al amor de su vida.

Mi madre dice que los bolsos tienen que ser bien grandes. De sus vacaciones en Egipto, me trajo uno en el que se me pierde el móvil, la cartera y nunca encuentro las llaves. No lo sabe, pero lo uso como bolso de viaje.

Los azules también me gustan, desde el marino, cielo, turquesa, hasta el pizarra. Excepto el azul real. Como el que me regaló mi prima, que por cierto aún no he estrenado, posiblemente por su tono aristocrático. Nunca me gustaron los disfraces de reinas ni princesas, ¡ya de pequeña apuntaba maneras! Cuenta mi madre, que esa animadversión hacia lo monárquico la heredé de mi abuela, ahora acrecentada gracias a un rey, que no contento con la crisis que reina en nuestro país, se fue a cazar paquidermos a Botsuana… aparte de ser una indecencia, ¡vaya un curioso y lujoso hobby!, nada apto para cualquier bolsillo.

Otra que me regala bolsos es Susana, una amiga de mamá. Habla hasta por los codos y siempre con sus eternas preguntas: «que si tengo novio, que porqué no me caso, que cuándo voy a hacer abuela a mi madre». Por dios, le contesto con cierta vehemencia… «¡yo no pienso tener hijos, o por lo menos hasta que la maternidad no llame a mi puerta!»

Pero volviendo a mis bolsos, tengo muchos en color verde, en todas sus gamas: musgo, menta, pistacho, militar… vaya, militar, como mi segundo novio… ¡qué recuerdos! Me regaló un Miu Miu, carísimo, pero saliendo de la zapatería donde fui a comprarme unos zapatos que le hicieran juego, le vi con una del brazo… ¡era un hombre casado! Aunque estaba bastante enamorada de él, decidí dejarle. Entonces me convenció de que se divorciaría. Pasaron cuatro meses y yo seguía esperando, ¡ingenua de mí! Pero de nuevo la casualidad se puso de mi parte… ¡volví a pillarle y esta vez, no con su mujer! Despechada se lo dije a ella y le puso la maleta en la puerta. El padre de la otra, que también desconocía su situación, amenazante, le leyó la cartilla y huyó de la ciudad. Por supuesto que las tres salimos ganando.

Tengo varios blancos, pero mi favorito es uno que no es de piel, me lo regaló mi mejor amiga que ahora es vegetariana. Viendo un documental descubrió cómo mataban a las focas bebé para arrancarles la piel, desde entonces ni come carne ni usa pieles de animales.

Los negros me encantan; lisos, con flores, en bandolera, con asas, en mochila, de fiesta. El último que me regaló la hermana de mamá, es para eventos elegantes. Es la mujer más besucona del mundo. Cuando éramos pequeños, nos escondíamos cada vez que venía al grito de: «¡que viene la tía Aquilina!». Fiel a su costumbre, me los sigue regalando negros.

También los tengo grises, como uno en marengo, precioso, que me regaló Gregorio, mi tercer novio. Paseábamos una tarde fría y lluviosa cuando un viento fuerte me lo llevó y fue a parar a un charco. Me puse histérica, mi preciado bolso dentro de aquél lodo, nunca recuperó su color, su textura. Se me puso blandengue, como Gregorio, que me confesó que no podía superarlo, que mis bolsos le perseguían, que soñaba con ellos. ¡Qué ridícula excusa!, a los pocos días le vi con Matilde, esa no tenía tantos bolsos como yo, pero sí dos poderosas razones. Mi hermana para consolarme me trajo uno amarillo, decía que de existir el alma, ese sería su color.

Por culpa de los bolsos me dejó Gregorio, y gracias a eso he conocido al hombre de mi vida, me da que éste es el definitivo, además de tener muchas cosas en común conmigo, ¡tiene una excelente boutique de bolsos!

Para mí el bolso, más que un objeto, es una prolongación de mí misma. Él es importante por todo lo que lleva dentro; el perfume que me identifica, algunas de mis fotos favoritas,  direcciones y teléfonos de mis seres queridos, la agenda que me recuerda lo puntual, caramelos para endulzar un momento amargo, el bolígrafo y la libreta siempre prontos cuando me asalta una idea, la apasionada historia que me alimenta hasta que una nueva la reemplaza, la llave del buzón donde siempre espero encontrar buenas noticias, pañuelos para enjugar la emoción…

Por cierto, no me molesta que digan que soy una mujer a un bolso pegada, ¡me gusta ese aire quevediano!, porque aparte de los bolsos, y al igual que el maestro de la sátira, poseo un inagotable sentido del humor. Seguro que estáis de acuerdo conmigo con aquél refrán que dice…

«Más vale bolso en mano, que cien cosas dispersas por los bolsillos».

Flora nació para una despedida de curso. Quise hacer algo jovial. La original llevaba los nombres de mis compañeras, solo he obviado eso y algún detalle que ahora no viene a cuento. Si con Flora consigo sacarte una sonrisa, aunque sea fugaz, me daré por satisfecha.

Publicado en Con mucha miga, Microrrelatos indignados

La Sherlock Holmes

-¡Mamá!, ¿has planchado el pantalón y mi camisa azul?, he quedado con mis amigos.

-¡Mama!, yo estaba primero, ¿me has lavado el chandal?, y mis patines, ¿dónde están mis patines? 

-¡Mama, mamá!, ¿dónde están mis gafas?, ¡se ha acabado el papel higiénico! 

-Luisa, ¿ has visto mi móvil?, y el Marca, ¿quién ha cogido el Marca?

Mamá, ante tanto requerimiento, aturdida y extrañada les dice…

-Pero… ¿qué hacéis un martes por la mañana en casa?

Todos al unísono le contestan…

-¡HOY ES FIEEESTA!

Y el padre añade…

-Luisa, hoy no voy a la oficina y los chicos no tienen clase. ¡Claro, como tú no trabajas… no te enteras!

imagen de Google

Publicado en Con mucha miga

Sin palabras…

Corrí como una bala porque acababa de recordar que había dejado en la sartén, dorándose, unos ajos. El humo empezaba a salir por el pasillo y me impedía ver con claridad cuando entré en la cocina. Rápidamente retiré del fuego la sartén al mismo tiempo que le gritaba a mi marido…

-¡Por dios, estabas aquí!,  ¿Por qué no lo retiraste del fuego?

Con aire triunfante me contestó:

– ¡Si he abierto la ventana!, he visto el humo… pero…

¡qué sé yo lo que estabas cocinando!

La sartén, los achicharrados ajos y yo, atónita, descubrimos que efectivamente…

¡había abierto la ventana!