Le encantaba, amaba su trabajo; coser cicatrices de la talla cien, ribetear subidas de glúteos, zurcir extracciones sebosas. Llegaba a casa y se aburría. Una de esas noches, su mujer, desde la cocina, con el relleno sobre la mesa, gritó desesperada: «¿¡Pero quién le ha cosido el culo al pollo!?».
Esta foto tan simpática la he cogido prestada de la red.
Toda la mañana, en vano, intentando comunicarse con su amiga.
-¡Mamá!, gritó desesperada, no me contesta… FaceTime, Whatsapp, Skype, Facebook, Viber, ¡nada!
-Pues ve a buscarla…
-¡¡¡Estás loca, cómo voy a hacer eso!!!
-Fácil, saliendo por la puerta y llamando a la suya… tu amiga vive dos casas más abajo.
Desde hace tres meses, noche tras noche, ella aguarda en la barra del bar a que él termine su jornada para confesarle lo mucho que le gusta. Él, que no la soporta, espera a que beba lo suficiente para llamar a un taxi y se la lleve a su casa.
Imagen de la red
Micro finalista en mayo 2014 en «cincuenta palabras».
Miraba la televisión: “Sentenciados a muerte 529 seguidores de los Hermanos Musulmanes en Egipto… Unidades rusas irrumpen a tiros en una base aérea ucraniana… África se desangra en otra guerra tribal…”
Mi marido se me acercó con una película de terror.
-Olvídalo, cariño, no hay Tarantino que supere al telediario.
Termina de ponerse los guantes. Retira la sábana. La luz del foco palidece. El bisturí se estrella contra el suelo. Con un ímprobo esfuerzo trata de mantenerse erguido.
Mejor lo hará abrazado a ella. Mas cómo decirle que deshaga su maleta; la niña ya no irá al campamento de verano.
No eran ricos, ni vivían en una mansión. Lo del yate y los caballos; mentira. Tampoco celebraba sus cumpleaños con suntuosas fiestas.
Hacían vida sencilla. Cenaban, charlaban, veían televisión.
Sus compañeras la envidiaban… por las sobremesas, las veladas en el salón, porque sus padres después, se iban a la cama juntos.
La una de la madrugada; te levantas, vas a su habitación, regresas al lecho.
Las dos, vuelves a levantarte.
Las tres… esta vez respiras aliviada, ¡duerme en su cama!
Te acuestas y sonríes, añorando las banales preocupaciones de entonces: «Ponte la sudadera. Cómete la merienda. No te tragues el chicle».
Esta imagen la he cogido prestada de la red (Violeta en línea), gracias por que me viene que ni pintada…
Se le cayó la gorra cuando trataba de colocar un tablero carcomido a modo de puerta en su casi derruida cabaña. Fui a recogérsela, entonces, nos miramos a los ojos. Lo traje a casa. Me confesó que jamás había vivido en una, y yo… que nunca había tenido un abuelo.
¡Esa no es mi madre, no pienso llamarla mamá. Me prometiste, que nunca nadie ocuparía su sitio. No te lo perdonaré, jamás!
Tranquilo hijo, no te preocupes, que ella tampoco querrá que la llames así. Posiblemente tú no podrías ocupar el sitio que hace unos meses, dejó vacío su hijo.
Me comenta que anda muy liado. Desde que se ha independizado le echo de menos. Aunque sé que pasa frío, en el fondo me encanta, pues aprovechando que sale a la calle a fumarse el cigarrillo, me llama por teléfono cada mañana.
«Aquí estaré mañana», me contestó cuando le prometí que vendría a verlo al día siguiente. Pobre, no sabía que allí no existían otras opciones. Al día siguiente cumplí y él… también.
Me cuesta conciliar el sueño, su mirada al verme salir del geriátrico me persigue. Él tenía otra alternativa; llorarle.
Imagen encontrada en la red
DIFERENTES REALIDADES
Desde hace tres meses, noche tras noche, ella aguarda en la barra del bar a que termine su jornada para confesarle lo mucho que le gusta. Él, que no la soporta, espera a que beba lo suficiente para llamar a un taxi y que se la lleve a su casa.