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Yo de mayor quiero ser…

Parloteando y parloteando, así todo el viaje hasta que llegamos a la casa del pueblo. Mónica estaba feliz. Lucía, su más amiga del cole, aceptó encantada pasar el finde con nosotros. 

No se pusieron de acuerdo ni con hambre. Que si nocilla, que si jamón. Que si zumo de naranja o melocotón… ¡Menos mal que son mejores amigas!, nos consolamos. 

Desde el porche oíamos sus risas. De repente, cesaron y una charla algo subidita de tono, nos obligó a poner la oreja. 

—Pues entonces… seré enfermera para cuidar a niños enfermitos. 

—Pues… yo médico porque operan y todo.

—No, mejor maestra para enseñar a leer y escribir a todos los niños. 

—Pues yo… compraré todo el cole donde trabaja mi papá.

—No, no, mejor cogeré el coche de mi mamá y recogeré a perritos abandonados.

—Pues yo con un camión porque caben más.

Tras un sospechoso silencio, la voz de Mónica sonó fuera de sí:

—¡Pues yo cogeré mi mochila y viajaré por todo el mundo!

—Pues yo cogeré la mía y… 

Lucía no acabó su réplica porque Mónica nos llamó a voz en grito:

—¡Mamá!, ¡papá!, ¡dice Lucía que quiere irse a su casa! ¿Podéis acompañarla a la puerta?

Esta imagen la he cogido prestada de la red

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El tobogán de los sueños

Se levanta la primera. Antes de cumplir con la tarea diaria, necesita empaparse de su carita soñolienta. Contarle bajito sobre la casa en la que vivirán. Con una habitación solo para él. Y una ventana muy grande y un arcoíris pintado en la pared. Un jardín enorme, donde podrá correr con sus amiguitos cuanto quiera, y una piscina, un tobogán…  

Le besa en la mejilla, con cuidado de no despertarlo, y abandona la estancia con los ojos velados. Atraviesa el espejado pasillo y se topa con un reloj que parece mofarse de ella. ¡Si pudiera parar sus manecillas y retroceder hasta ese instante en que conoce a Jorge y se enamora como una tonta! Pero piensa en su pequeño y se le pasa enseguida, incluso hay veces que ni recuerda lo que le dijo, mientras tocaba su barriga, la última vez que le vio:

«Este hijo es de los dos y por el paquetito de la maleta, ni te preocupes». 

Es mediodía, Jaime juega en el patio con otros niños. No sabe que mañana cumplirá tres añitos, los mismos que la normativa le concede en ese lugar. Tampoco, adónde lo llevarán ni quién lo cuidará mientras su mamita cumple condena.

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Qué pena de muerte…

Cada vez le gusta menos este trabajo; tener que disfrazarse para que no sepan cuándo, cómo ni dónde van a encontrársela. Por ejemplo, si va de chabolas, es casi imperativo  hacerlo de perro flaco, con infecciones varias; hepatitis, tifus, malaria…. En cambio, en un barrio de alto copete, tratar con directivos corruptos, arruinados, sicarios contratados por mujeres celosas, es otra cosa. Peor es cuando la envían a un instituto, con qué ganas se queda de equivocarse y cargarse al tocapelotas de turno, y no al gordito, a la pobre empollona o al que se viste y ama como le da la gana. Pero lo que no soporta es sacrificar a los que estudiaron en un seminario porque nunca superaron las tropelías que les infligieron los adornados con un impoluto alzacuellos. Los que predicaban la bondad y la misericordia. ¡Por Abadón!, se lamenta, que HAY MANERAS Y MANERAS. 

Imagen copiada de la red

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El comienzo de un cambio dietético

Aquel verano del 75 significó para Rosalía, una niña de doce años y de calles enlosadas, un cambio importante en su vida. Despertarse con el sol en la cara; trepar por las higueras; recoger huevos; jugar con Copito; ver a sus abuelos trajinar con las cabras, gallinas, cerdos… llegaba a su fin. Lo entendió al ver el Chrysler 180 aparcado bajo el gran olivo. Su padre le pareció menos alto y su madre, con su Chanel Nº 5 rivalizando con el olor a tierra, brevas maduras y caca de vaca, algo más delgada. 

Partirían después de comer y quiso despedirse de Copito. Lo encontró en el establo. Sus orejas pendían de las manos de su abuelo. Sus patitas bailaban el aire y bruscamente su cuerpo se paralizó. Después, unas palabras sonrientes que no acertó a digerir…

«¡Hoy comida especial, que han venido los papás!».

Apareció sobre la mesa envuelto en granos de arroz. El dolor, prisionero en un por qué infinito, clausuró su estómago.

Con el martilleo de los tenedores contra los platos aumentaron sus náuseas. 

Cuando la rabia se transformó en congoja y sus ojos consiguieron escupir sus lágrimas, tomó una decisión.  

Este precioso conejito, lo he tomado prestado de la red

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Recuerdos de mi primer reloj

Con chaqueta y falda azul, calcetines blancos y zapatos marrones, caminaba por el aeropuerto custodiada como una presa. Cuando la azafata cogió mi mano las monjas se alejaron con sus tocas impávidas y serias. Durante el viaje obedecí las máximas que me habían aconsejado; vacié la comida de mi bandeja y al llegar a mi destino me senté quietecita a esperar. Mi reloj marcaba las once menos cinco. Al cuarto de hora asomaba mi impaciencia. 

—¡Se ha olvidado de mí!

La azafata, en un perfecto y académico español, intentó tranquilizarme. Mi reloj aguantaba impasible un nuevo acoso… 

—¡Las once y veinticinco! 

Me pregunté si un accidente de coche tendría la culpa.  

—¡Las doce menos veinte! 

Mi desesperanza se disparaba.

—¡Menos cinco!

De repente le vi venir por aquel interminable pasillo y me lancé sollozante a sus brazos.                                                                                                                                                                                         

—¡Papá, pensé que no venías!                                                                                                                           

—Pero cariño, ¿por qué dices eso?                                                                        

—Llevo una hora esperándote. 

—¡Pero si habíamos quedado a las once!   

—Y son las doce. Le aclaré mientras le mostraba mi reloj.                                                   

—No, son las once. Me decía mientras enjugaba mis lágrimas y me enseñaba el suyo.

Entonces papá cayó en la cuenta de la diferencia horaria entre los dos países.

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Cuatro angelitos tiene mi cama…

Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio. 

Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.  

Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras cuando escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio con un ala rota y sin vida.

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Los ojos de Manuela

«Esta tarde les oí hablar en la cocina. Mamá decía que al volver del mercado se había encontrado con el niño de la casona —creo que se refiere a ese que nació tan malito, el que llevaron a curar al extranjero—. Que iba con un señor que trabaja en su casa y que le lleva a todos los sitios. Que se imaginaba —por la funda de violín que llevaba en la mano—, que iban a clases de música.

Hablaron de ti, de lo mucho que te gustaba la música. Igual que a mí. Pero que nosotros no podíamos permitirnos esas cosas. Dijo que tenía mi mirada. Y la tuya. Que sus ojos eran bellos y claros como el día, igual que los míos. Y los tuyos. Entonces mamá se puso a llorar y papá la consolaba. Que no llorase, que nada podían hacer, que los que tenían dinero y abogados eran ellos, que ya era hora de olvidar que habían pasado diez años… qué casualidad, pensé, los mismos que hace que desapareciste tú. Te quiero mi gemelita, buenas noches».

Besa la manoseada foto y la guarda en el cajón, junto a las ganas de que su hermana, algún día aparezca.

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Hábitos culturales

Alika fantasea con su muñeca y juega a ponerle ropitas con los trapos que encuentra. Su mamá de vez en cuando se acerca y le cuenta que en nada crecerá y no podrá seguir jugando con ella. Se enamorará de algún chico de la aldea, pero tendrá que arrancárselo de la cabeza porque de su corazón no es la dueña. Después cubrirán su cuerpo con un vestido infinito, como el que lleva ella, holgado, de tela firme, que no marque las curvaturas de su figura. Un pañuelo también oscuro, tapará su cabello, ocultará su talento y sus ideas. Para entonces ya podrá fabricar hijos. Yacerá con quien no ha elegido ella, porque de su piel no es la dueña. Su sonrisa no se mostrará en la vanidad de ningún espejo, su boca será invisible, sin opinión y sin lengua, sus manos desconocerán la textura de un libro y puede que sus ojos mueran huérfanos de narraciones y leyendas.

Alika es aún muy pequeña para saber de lo que habla su mamá, también para entender por qué insiste en adelantarle una a una las piedras que debió encontrarse ella en su destino.

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Papá

Era aún un niño y no entendías que no quisiera chocar camiones y autobuses con coches de policías o no fueran las gemelas las que más jugasen con las muñecas. Tampoco veías lo forzado que salía de casa cada vez que había que calzarle o comprarle ropa. Y esa obstinada insistencia en compararle con el mayor, reprochándole que no se pareciera a él ni un poquito. Empleaste su infancia en querer hacer de él un machote. Jamás una mirada inofensiva a sus ingenuos ojos, pasear con él por la calle de la mano. Hasta que llegó un día en el que se atrevió a replicarte, lo hizo desde un puente, quizá para demostrarte que lo suyo no era una cuestión de huevos.

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La bolsa de la compra

Podría sonar a incoherencia, mas yo recuerdo aquellos días como los más entrañables de mi infancia. Incluidas esas tardes en las que nuestros padres nos castigaban sin merendar haciéndonos creer que era en reprimenda por habernos portado mal. Pero es que la actitud y el tono eran tan sin enfado que mi hermana y yo seguíamos jugando al parchís, como otras veces, sin darnos cuenta de que eran excusas y una casualidad que, siempre que nos castigaban, el frigorífico se encontraba vacío. Entonces salían los dos a la calle, advirtiéndonos… —ahí sí que se ponían serios—, que no abriéramos a nadie. Que esperásemos a que ellos volvieran. Y que cuidáramos de Toñín; que correteaba feliz en su triciclo sin enterarse apenas de sus ausencias. Al final siempre volvían con comida. Hasta esa vez en que solo regresó papá. Sudando mucho, con los ojos muy rojos y la pistola de Toñín asomando por el bolsillo de su abrigo. Echábamos mucho de menos a mamá, pero también nos daba mucha pena papá, sobre todo cuando salía a jugar fuera, con la pistola, él solito.

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Tomando de su propia medicina

Cuando aquella mañana vio a su padre levantarla en volandas, meterla en el contenedor de los castigos y cerrar la tapa, se la imaginó muerta de miedo, acurrucada, con la cabecita escondida entre sus rodillas esperando a que terminara su castigo y no iba a consentirlo. Él y su hermano mayor nunca lo superaron, sabía que su hermanita tampoco. 

Fue fácil rodarlo hasta allí. Luego esperaron a que el agua anegara sus gritos y llegara hasta el fondo. Una cadena y un candado le impidieron salir. La llave, nadie supo jamás, en el fondo de qué mar se pudría.

Imagen prestada de la red

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El abuelo canguro

De vuelta a casa despotrica como un descosido. Toñín apenas le entiende. No sabe de besos ni por qué a su abuela jamás le dio uno en público. Tampoco, de la poca vergüenza que tenían esos dos hombres y por qué antes no se veían esas cosas. No entiende de valores y por qué ya no los hay. ¡A él solo le gusta dibujar! Por eso aguarda, con las pinturas, las hojas en blanco y la merienda, a que su abuelo se atrinchere como cada tarde en su sillón con un cigarrillo y una copa de vino frente al televisor. Ayer eligió Machete, hoy le toca a El Padrino.  

Ciento setenta y cinco minutos después finaliza la venganza de la familia Corleone. El bocadillo ha desaparecido. La copa se vacía por tercera vez. El cenicero está lleno. El rojo acapara el folio y el timbre entra en escena. Toñín abre a su madre que viene a recogerlo y sin esperar a que su abuelo le dedique las mismas palabras de siempre… «¡qué bueno eres jodío!», deposita el folio con una cabeza ensangrentada de un caballo en un cajón. Debajo hay un hombre con una metralleta, más un par de katanas, dos toros con banderillas; un guante con cuchillas, pistolas de diferentes tamaños…

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Negligencia parental

Se palpaba la alta temperatura, nada más entrar. En esa casa todo estaba encendido, menos la chimenea, y aunque la discusión se mantuvo calentita toda la tarde, no fue hasta entrada la noche cuando las palabras crepitaron en la boca de la madre. En los ojos del padre se atizaba una mirada candente. Después llegaron los insultos y el lanzamiento de cosas —como el vaso de tinto que él esquivó y fue a estrellarse contra la pantalla del televisor—. Los dos hermanos, rendidos ante la contienda, se acostaron juntos, con miedo y sin cenar, sin entender cómo les habían concedido la custodia, otra vez. Al día siguiente el odio se iniciaba en la cocina. Por temor a sufrir quemaduras de primer grado, cogieron sus mochilas —que aún permanecían en la entrada—  y huyeron en silencio. En la calle, Daniel le enseñaba a su hermana un mechero. Le explicaba que si lo encendían dentro de una gasolinera, fijo les llevaban de nuevo al centro de menores.

 

Indispensable que el color rojo, en cualquiera de sus vertientes, apareciera esta vez en «esta noche te cuento». Creo que lo he conseguido, tristemente, con creces.

Si quieres leerlo en su página aquí te dejo el enlace…

https://estanochetecuento.com/negligencia-parental-rosy-val/

 

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Efecto dominó

Paquita, la peluquera, le prometió que la dejaría guapísima. Y así se sentía ella después, única y especial, con su vestido y zapatos blancos, y su velo cobijando el moño mejor fijado, más engreído y espectacular que había pisado aquella iglesia. Dentro de él, la envidia de sus amigas: una larga, rubia y ensortijada mata de pelo.  

Al día siguiente intentó peinarse pero el cepillo desapareció en aquel vertido que anidaba en su cabeza. Vinieron a socorrerla; su madre, su tía, las vecinas del quinto, mas ninguna pudo devolverle su preciosa melena, convertida ahora en un amasijo de pelos ensopados en una sustancia traslúcida y pegajosa. 

Se rindió de nuevo a las manos de Paquita. 

Con cada tijeretazo le arrancaba las entrañas. Desolador ver sus lánguidos tirabuzones estrellarse contra las baldosas. Tardó años en superar el precio que tuvo que pagar por hacer su primera comunión… pero inexplicablemente y al tiempo que le crecía el cabello, empezó a desarrollársele un galopante y alopécico ateísmo.

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Llueve sobre mojado; Finalista en el VII Concurso de Microrrelatos “El Roblón”

Su madre no pudo hacer cosa peor que morirse y dejarles a los tres huérfanos. Que su padre les abandonara después, no estaba previsto, tampoco tener que vivir en ese lugar de trasnochada bonhomía. En eso pensaba Pablo cuando vio pasar por delante de su cama una sombra que fue a pararse en la de David… y volvió a su piel un pegajoso escalofrío, un revoltijo de asco, odio, deseos de volar. Se cansó de implorar que su hermano volviese cuanto antes a la cama. Contiguo a él, y ajeno a todo, Miguelín dormía. Le miró con los ojos lagrimosos. Por primera vez reparó en que se estaba haciendo mayor. Exhausto de llorar se quedó dormido. Se despertó de madrugada… David volvía.

Apenas un golpe, un leve crujido pero contundente, en la calva redonda con la vara de hierro que llevaba meses esperando bajo su colchón. Quizá fue el sitio, justo en el punto exacto, o ese Dios despistado que ahora se confabulaba con él. Huyeron de allí los tres. Había jurado que el más pequeño no pasaría por lo mismo. En el suelo una sotana empezaba a teñirse de rojo.

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Agradezco infinito al jurado por elegir mi relato entre los diez finalistas. Pinchad en el enlace para que veáis la página de los organizadores.

http://asociacionfelixdemartino.blogspot.com/p/finalistas-vii-con.html

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La última… y me voy

«¡Bah!, una buena capa todo lo tapa» farfulla Matilde mirándose en el espejo al tiempo que guarda sus lamparones en el abrigo. Pellizca su cara de viernes y se ahueca el pelo. Después, mete la lista de la compra en el monedero junto a dos billetes de cincuenta y unos euros sueltos. Desde el descansillo llama a sus hijos, varias voces después entran en fila india en el ascensor. A su derecha el carrito. Al otro lado el más pequeño, Daniel, que se aferra a la manga de su abrigo. Los mellizos, delante, cuchichean sin parar, saben que en la calle caminarán sin tregua hasta la puerta del colegio. Con un adiós en la mano y prisa mañanera se aleja de ellos. 

Apenas entra en el bar sus ojos hipnotizados avanzan hacia ella —no puede por menos, su música y colores la embelesan—. Tras aparcar el carro entre su voluntad y un paragüero le pide un café bien cargado con un chupito de olvido al camarero. Saca el monedero y coge las monedas…

No es hasta el mediodía que entra en casa y cae en la cuenta. La cartera está limpia, el carrito vacío y su remordimiento por los suelos.

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La despedida, finalista en Wonderland

Sube cinco pisos hasta la azotea. Se sienta a coger aire. Segundos después se asoma a la calle. Divisa a Toñín pegándole una patada a un perro. A Rogelio, el kiosquero, persiguiendo a unos chicos como un loco. Avista en la puerta de la iglesia a un hombre sin abrigo tendiendo su mano al que pasa por su lado. Una moto desaparece a lo lejos mientras una señora se lamenta en el suelo; «¡Socorro, mi bolso!».

Cinco pisos después, entra en casa. Coge el bocata de nocilla y rompe la carta donde anunciaba a sus padres que había suspendido cuatro.

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¡Gracias, Wonderland, por elegirlo!

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Dos niñas desemejantes

Cuando llegó a casa odiando las mates, el inglés y el aburrido golf, su madre contrató un profe particular y la apuntó a clases de paddle.

Cuando su madre le instó a que se fuera de nuevo con ese hombre, llorando miró a sus hermanos. Tampoco hoy morirían de hambre.

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http://www.cincuentapalabras.com/2015/10/dos-ninas-desemejantes.html

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Hay cosas que el dinero no puede comprar

No eran ricos, ni vivían en una mansión. Lo del yate y los caballos; mentira. Tampoco celebraba sus cumpleaños con suntuosas fiestas.
Hacían vida sencilla. Cenaban, charlaban, veían televisión.
Sus compañeras la envidiaban… por las sobremesas, las veladas en el salón, porque sus padres después, se iban a la cama juntos.

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http://www.cincuentapalabras.com/2015/08/hay-cosas-que-el-dinero-no-puede-comprar.html

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Malditas diferencias

Imagenimagen extraída de la red

Ya queda menos. Te sumerges, a modo de despedida, en esa bañera, la más grande que habías soñado nunca. Tu piel contrasta con la espuma blanca. Tu cuerpo delgado se complace en el agua, tus manos intentan apresarla, te parece mentira ¡tanta! para ti sola. Desde la puerta, las dos hermanas llevan un rato observándote en tu empeño, animadas se desnudan y se meten contigo. Jugáis, os salpicáis, de repente, te detienes y lloras, rompiendo ese mágico momento. La más pequeña te consuela… “no llores, tonta, si nosotras te queremos mucho”. La mayor, que sabe qué te pasa, llama a su madre…

Cariño, si dentro de nada estarás otra vez aquí de nuevo, ya verás qué rápido pasa el tiempo”.

Te aferras a tu maleta ocupada de regalos, feliz, vas en busca de tu gente.

No quieres separarte de ellos. Les odias. Te arrepientes. No quieres volver la cabeza, ver sus lágrimas, ni que vean las tuyas. Esta es la cuarta vez, te ocurre siempre que llega este momento: dudas si vivir los veranos en esa maravillosa casa y tener que volver de nuevo a la penuria… te compensan.

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Micro presentado a «esta noche te cuento», http://estanochetecuento.com, el tema del mes de junio, en el laberinto, y este tan particular es de Miguel Jimenez Salvador, «El perro que no ladra»,  si quieres conocerle un poquito más aquí te dejo el enlace a su blog…

http://arktos-themis.blogspot.com.es

 

 

 

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Hoy, comemos.


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Se levanta amanecido, por un camino angosto y frío llega a la gran montaña. Ya hay manos que buscan y rebuscan y que han madrugado más que las suyas. Pero ¡hoy está de suerte! encuentra un saco con algo dentro. Se lo lleva a la cabaña, veloz y complacido. Ya no siente sus pies descalzos y ateridos.

En la maltrecha olla el agua hierve sola a la espera de que algo se ahogue en ella. Qué importan los gérmenes, bacterias y demás bagatelas… cinco estómagos rugen, diez ojos de hambruna se escapan de sus cuencas. ¿Qué es eso?, pregunta el de la mirada más grande. Nadie contesta. 

«Mamá tengo hambre» es el nombre de la pintura que me ha inspirado esta relato, su artista Luisa Olguín

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Simple alergia


20130806-132632.jpg«Sí, señora, me ha quedado claro, ¡que ni una mota de polvo le toque»
-Y esta foto, papá…
-Yo, de pequeño…  ¡qué días! lo bien que lo pasábamos jugando al escondite en aquél caserón abandonado.
Se acuesta malhumorado. En su aséptica habitación, entre níveas sábanas, dentro de un impoluto pijama. Daría su mejor consola por llegar así, como su papá en esa foto, sucio, despeinado…

 

Colaborando con Viernes creativo: escribe una historia, El blog de  Fernando Vicente

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Malditos recortes

Nada más llegar se lo dije al de la puerta, que eras asmática.

El médico ha salido por una urgencia… ya, pero es que mi niña… cálmese, señora, vendrá enseguida, está solo, con esto de los recortes … entonces me la llevo al hospital… el médico vendrá enseguida…. pues llámeme a una ambulan… pero tendría que pagarla usted… ¡pero si ya pago a la Seguridad social…! pues entonces siéntese que solo son cinco minutos… ¡pero si ya llevamos más de quince!, ¿quién atiende las urgencias?… pues el médico… pero si no está, ¿quién atiende a mi… señora que ya se lo he dicho, el médico llegará en… claro ¡si fuera su hija… no empecemos, qué tendrá que ver que… no voy a repetírselo más, mi niña está mal… pues entonces señora llame a un taxi… ¿y quién lo paga? yo no puedo… ni yo, ¿qué se cree? me han reducido la jornada… por Dios, cuándo viene el doctor… y mi mujer está en paro y tengo cinco bocas que aliment… ¿viene ya de una puñetera vez…? y apenas puedo con la hipoteca y encima mi suegra en silla de ruedas… por favor, cállese ya, me está empezando a doler la… y le han denegado la asistencia… ¡mañana mismo les pongo una denuncia!… y dele señora… qué culpa tendré yo… ¿no ve la carita que tiene mi niña?… igual es que tiene sueño, verdad chiquitina que tienes… ¡oiga, que yo conozco a mi hija, voy a llamar un taxi y que lo pague quien sea… señora, mire, por ahí viene el médico, ¿ve? ¡ande entre!

Parecía cansado, te desnudé, te acarició la carita y te auscultó. Ya no recuerdo si le dije que eras asmática. Te puso una inyección para bajarte la fiebre, tenías 39. Te dio un jarabe. Me dijo que no me preocupase, que te pondrías bien y que por la mañana pidiera cita con el de cabecera.

Pero esa madrugada te ingresamos en urgencias, cuando volví a verte, tus hoyuelos habían desaparecido, tus mejillas no tenían color, ni tus ojitos azules estaban abiertos. Tu padre ha denunciado al centro de salud, al médico, al celador, lleva semanas en los juzgados. Hoy hace un mes. Llevo treinta días y cinco horas sin ganas de vivir, sin coraje. Me has desheredado de consuelo. La abogada me dio el nombre de ese jarabe, lo he conseguido en pastillas, he comprado dos botes, ya sabes, yo también soy asmática…

imagesLa imagen es de Google

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Se enseña a matar

 

Entendiste que la vida había que valorarla, por eso no te costó decir que no, aunque sí ponerte en su contra y orgulloso de no seguir su atavismo, te procuraste un futuro digno y ausente de maltratos.
Tu padre nunca se enteró que cuando acababas con sus clases yo te impregnaba el alma de empatía, conmiseración, respeto… y ahora las pones en práctica en la clínica veterinaria donde trabajas.
A ti te cogí a tiempo. Con tu padre no tuve la misma suerte… siguió los pasos de tu abuelo.
Te envío la foto, cuídala, lleva conmigo mucho tiempo. Cuando tengas a quién enseñársela, cuéntale que tenías diez años cuando te la mostré por primera vez. Espero que te haga la misma pregunta que me hiciste a mi…
“¿Quiénes son esos dos bebés, abuela?”

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Tus ojos te delatarán

Diminutos copos de nieve blanquean la carretera. Tardío llegas al hospital. Despacio abres la puerta y te topas con la cuna. Una inquieta y preocupada sonrisa te delata, ella sabe que estás ahí, con los ojos cerrados susurra: “Voy a quererla con toda mi alma”. No entiende tu desasosiego, tú su felicidad. Al mes de nacer dais su primer paseo. Definitivamente lo comprende todo… cuando le arrebatas el cochecito y te cambias de acera porque los vecinos del cuarto se acercan. Los días pasan y ni un atisbo de cariño en ti se asoma.

La abrazará bien fuerte y le hablará de la ternura con la que antes de nacer, escribías su nombre y al lado tu apellido. No le dirá que sí estabas cuando cambiaste su destino, tampoco que mirando su carita, sugeriste que existían pruebas para evitar haberla traído. Y Lucía crecerá y le encantará ir al cole, chapotear en el agua, jugar con los niños y comer chucherías, como a cualquier niña. Y cuando cumpla los catorce, camino de su fiesta irá con sus amigas y se tropezará contigo, un hombre muy elegante pero huraño y resentido. De esos que resuelven con sentencias y una minuta siempre puntual. Te mirará a los ojos sin saber a quién pertenecen, pero sí que algo falta en ellos. Tampoco sabrán esconder la inmensa infelicidad que albergan; en los de ella verás, ¡cuánto te has perdido!.

ImagenLa imagen es de Google

21 de marzo conmemoración del Día Mundial del Síndrome de Down

Reconocer la dignidad, valía y contribuciones de las personas con discapacidad intelectual.  ¡Bienvenida Lucía!

 

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Menos, es más

Ni sus padres eran ricos, ni vivían en una gran mansión. También lo del yate y la cuadra de caballos era mentira. Tampoco celebró su último cumpleaños con una suntuosa fiesta.

Su vida era mucho más sencilla que las de las otras alumnas de clase. Salía del instituto y su madre la esperaba con la merienda en el comedor de su discreta casa. Hacía los deberes, después aguardaba a que su padre llegara y cenaban, los tres juntos. En la mesa charlaban un rato, luego veían la tele hasta que se subía a su habitación, ellos se quedaban en el salón viendo alguna película.

Sus selectas compañeras la envidiaban… por esas sobremesas, por las veladas frente a la tele y porque sus padres después se iban a la cama juntos. 

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Mamá, ¿dónde está el abuelo?

Felipe estaba triste. Recientemente había fallecido mi padre y aunque todos lloramos su pérdida, él fue quién más notó su ausencia. Tenían una relación muy especial.

Seguía despertándose por la noche, iba a su cama y allí se quedaba dormido. Llegaba del colegio y lo buscaba. Pensé que sacándole de casa unos días, mitigaríamos su pena. Decidimos llevarle a un parque de atracciones, aprovechando así, las vacaciones de Semana Santa.

Cuando embarcamos, para él su primera vez, parecía emocionado. Tomó asiento y sin ayuda nuestra, se puso el cinturón de seguridad. Nos sorprendió lo feliz que estaba, hasta bromeaba con un libro de dibujos que sacó de su mochila…“estamos dentro del dinosaurio más grande, el sauroposeidón, el lagarto dios de los terremotos”.

Me congratulé, Felipe sonreía de nuevo.

Cuando alcanzamos altura, contemplaba con insistencia las nubes. Movía su cabeza de un lado a otro para volver de nuevo su vista hacia la ventanilla. Empezó a ponerse algo tenso, en su cara un rictus de impaciencia.

-¿Qué te pasa Felipe, no te encuentras bien?

– Es que no le veo…

– A quién cariño…

-Al abuelo mamá, dónde está el abuelo, ¿no me dijiste que estaba aquí arriba?.

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ENE116. MAMÁ, ¿DÓNDE ESTÁ EL ABUELO?, de Mª del Rosario Val Gracia

La magnífica ilustración la soñé, pero al despertar vi que era una maravillosa realidad. El artista es Juanlu, visitad su blog para que comprobéis que lo de artista se le queda corto.

 Ilustraciones para un loco

 Gracias Juanlu.

Publicado en Esos locos bajitos

La dulce espera

Es invierno. En el cálido desván guardada en un baúl, una ropita espera. El coche de bomberos, la muñeca, pinturas de colores y algunos cuentos… una carita fascinada anhelan. Cabalga solo el caballo de madera.

Ya llegó la primavera y la forsytia de amarillo todo lo riega. El olmo centenario espera. En sus vigorosas ramas se esconde la cabaña que antaño se llenara de risas frescas. Pían los polluelos que muy pronto volarán por vez primera.

Estamos en verano, observo la vida sentada fuera. Sueño con lo que ha de venir, una ternura inmensa de mi se adueña. El columpio, la bicicleta, la pelota, aburridos a la cola esperan.

Llega el otoño. La hierba alfombra estrena y el viejo olmo desnudo, descubre la casita de risas ausentes que sigue a la espera. Aguarda el baúl, dentro la ropita amarillea…

Suena el teléfono, al otro lado una voz firme, ¡tengo buenas noticias! me comenta. Me monto en mi coche feliz y serena, la larga espera ha merecido la pena.

Me acerco a ella, la arropo en mis brazos.

¡Ya me la imagino jugando en la cabaña del árbol!. Voy a hacer lo imposible para borrar de esos ojitos… el temor que ahora albergan.

Publicado en Esos locos bajitos, Microrrelatos animalistas

El cabritillo y el lobo

Me encargaron un reportaje sobre un Mercado Medieval que se celebraba en mi ciudad. En él se presentaban diversos trabajos artesanales; utensilios de barro, jabones, semillas, libros antiguos, anillos y pulseras cuyas piedras naturales competían con el brillo de un sol de justicia. También se destinó un lugar para los animales, que estoicos, aguantaban el constante ir y venir de personas que no cesaban de hacer corro a su alrededor.
Mi cámara tomaba buena nota del número de gansos, patos y gallinas y de las dimensiones tan pequeñas, que unido al excesivo calor y la falta de agua fresca y limpia, estaban haciendo de su estancia un infierno. Me dirigí después al cercado donde estaban, una mamá cabra con sus tres cabritos. Aprecié, como espectadores, a unos niños en primera fila intentando tocar con sus manitas a uno de ellos, al más chiquitín.
La mamá cabra le perseguía por el diminuto espacio, a pesar de no poder escaparse,  pendiente de él en todo momento.
Dirigía mi objetivo hacia el pequeñajo cuando unas palabras me sacaron de mi afán…
Ese tiene que estar riquísimo a la brasa”.
¡La voz era la de un niño!, perpleja e incrédula giré la cabeza. Efectivamente me topé con un niño que por su edad, aún no debería saber que eso pudiera ser comestible. Lo más atroz si cabe, es que al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, con su manita frotaba su abdomen, haciendo círculos sobre él.
Deduje que sus padres consentían este comentario, porque rieron satisfechos su ocurrencia. Cómplices, los tres, se miraron, mientras, el pequeño con la mano aún manoseando su barriga, les decía aclarando a la vez que informaba…
Es que… el más pequeño, es el más tierno”.
Intentando calmar mi primera reacción y dirigiéndome, especialmente a sus padres…
Pero ¿cómo puede decir eso?, ¡cómo es posible que siendo tan pequeño, en vez de un cachorrito o un amiguito con quien jugar, esté viendo un filete en su plato!”.
Podía haberlo intentado. Haberle hablado sobre la empatía, la conmiseración, el respeto a la vida. Descubrirle que ese animal, mamífero como él, sentía el dolor, el frío, la sed, una caricia. Podía haber tratado de explicarle las diferencias entre nutrirse y consumir, alimentarse y ser voraz. Podía haberle sugerido que si ya no apreciaba la vida de un ser vivo, en un futuro podría no valorar, las que le rodearan, alguna quizá más allegada.
En la necesidad de seguir recopilando datos sobre el estado de los demás animales, me fui de allí más triste que decepcionada, convencida de que ese niño no me habría entendido y sus padres tampoco. A juzgar por sus exultantes caras, estaban realmente orgullosos de estar criando a una bestia…. un tipo de bestia que nada tiene que ver con mis amigos animales.
Publicado en Esos locos bajitos

Un gran trocito de su vida

 

El autobús del colegio le dejaba al lado de casa. Entraba corriendo, abandonaba su mochila por doquier y recogía la merienda que le tenía preparada. Apresuradamente cogía el balón y como un rayo salía a la parcela, tras unos metros se detenía frente a una casa, cercana a la nuestra. Esperaba. 
Yo le observaba desde nuestro jardín, agazapada para que no supiera que conocía su secreto. 
Merendaba y al mismo tiempo jugaba al balón, que con certera maestría colaba donde quería, no en vano era el pichichi de su equipo.
De vez en cuando giraba la cabeza hacia nuestra casa, parecía pedir a gritos:  ¡Mamá agua!. 
Nuestra complicidad era tal que no hacía falta que lo hiciera, me acercaba y con la excusa de llevarle la sudadera que repetidamente olvidaba, sacaba de mi bolso una botellita de agua: “Cariño, ¿tienes sed?”.
“Si, gracias mamá”, me contestaba admirado.
Secaba su frente sudada, más por la emoción que por el cansancio, exultante, seguía esperando.
Al rato, una voz y pícara sonrisa, la sonrisa de quien se siente cortejada, se percibían por una ventana: “Daniel, ahora salgo”. 
Las altas y densas adelfas le impedían verla, pero cuando la oía, todo en él se transformaba. Tras varios minutos aparecía Marta, la niña que le hacía suspirar.
Jugaban hasta caer la tarde, en la pandilla todos sabían que él y Marta eran novios.  
Los días transcurrían,  y como cada tarde salía a esperarla, pero, aquélla no se asomaría a la ventana. Begoña, su hermana, le entregó un papel doblado, dentro unos trazos infantiles…     

                                              Ya no soy tu novia ahora mi novio es Ruben.
                                                  firmado: Marta                   

Humillado y enojado irrumpió en casa, subía las escaleras repitiendo: “Rubén es un idiota”.
Sus ojos iban cargados de dolor, también de lágrimas.
Le seguí hasta su habitación. En contra de mi deseo, decidí dejarle solo y sin preguntas a la espera de que fuera él quien las precisara. Necesariamente ese día mi hijo descubriría que sentir amor, a veces conlleva también padecerlo.  
Esa noche, cuando fui a arroparlo, susurró: “Mamá no hagas eso, ya no soy un niño”. 
Le di un beso y como no era partidaria de  encomendar destinatarios a sus sueños, por si en ellos no hubiera cabida para otros querubines,  le deseé: “Que sueñes con quien tú quieras”. 
Apagué la luz, desde la oscuridad me preguntó: “Mamá, ¿hay muchas novias en el mundo?”. 
Su pueril pregunta me consoló, dejaba adivinar que su primer desengaño pasaría pronto,
“Pues claro que hay muchas novias, tantas como novios”. Se rió.
Al salir un papel arrugado en el suelo llamó mi atención, en él se leía:

                                                           Ruben eres un estupido

Más abajo unas conturbadas letras:

                                                               por que a mi  

“Empieza a dejar de ser un niño”, asentí con melancolía.
El dolor forma parte de nuestra vida, y aferrarse a ella, entraña madurar. 
Aquella fue la última noche que lo arropé.


Esta imagen la he cogido prestada de internet