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Yo de mayor quiero ser…

Parloteando y parloteando, así todo el viaje hasta que llegamos a la casa del pueblo. Mónica estaba feliz. Lucía, su más amiga del cole, aceptó encantada pasar el finde con nosotros. 

No se pusieron de acuerdo ni con hambre. Que si nocilla, que si jamón. Que si zumo de naranja o melocotón… ¡Menos mal que son mejores amigas!, nos consolamos. 

Desde el porche oíamos sus risas. De repente, cesaron y una charla algo subidita de tono, nos obligó a poner la oreja. 

—Pues entonces… seré enfermera para cuidar a niños enfermitos. 

—Pues… yo médico porque operan y todo.

—No, mejor maestra para enseñar a leer y escribir a todos los niños. 

—Pues yo… compraré todo el cole donde trabaja mi papá.

—No, no, mejor cogeré el coche de mi mamá y recogeré a perritos abandonados.

—Pues yo con un camión porque caben más.

Tras un sospechoso silencio, la voz de Mónica sonó fuera de sí:

—¡Pues yo cogeré mi mochila y viajaré por todo el mundo!

—Pues yo cogeré la mía y… 

Lucía no acabó su réplica porque Mónica nos llamó a voz en grito:

—¡Mamá!, ¡papá!, ¡dice Lucía que quiere irse a su casa! ¿Podéis acompañarla a la puerta?

Esta imagen la he cogido prestada de la red

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La arquitecta y el abogado

En el intento de dejar mis reparos tras la maciza puerta, nos pasan a un despacho. Sabes que no lo consigo, aunque me insistas. Sí, ya sé que tus colegas te lo han recomendado porque es el mejor; que si nos mantenemos en nuestra línea, a las niñas no tiene por qué afectarles; que por probar no perdemos nada. 

Pero yo sigo en mis trece, convencida de que el rechazo será inmediato en cuanto descubran que ellas no están bautizadas y ni tú ni yo casados. Por eso, cuando aparece la monja, apenas reparo en ella. Es tal mi inquietud que me sorprendo rogándole al crucifijo que tengo frente a mí que no se nos note el descreimiento y, para más inri, agradeciendo que seas tú quien esté tomando la iniciativa.

Salimos sospechosamente pronto y doy por sentado que tendremos que seguir buscando. No entiendo por qué estás tan sonriente hasta que me preguntas a qué hora quedamos mañana para firmar, con las niñas, para que las conozcan.

—¡Cómo! ¿Ya tenemos colegio? ¿Así, sin más y sin preguntas…?

—Pues claro que tenemos colegio, mujer de poca fe. ¿Sin preguntas? Solo una: a qué nos dedicábamos.

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La vida

Estaba tan lleno de ti que no te valoraba. Hasta que empecé a perderte. No me daba cuenta, pero poco a poco me fuiste privando de algunas cosas, como oír mi nombre y bajar a la cocina en un santiamén para disfrutar de un copioso desayuno amenizado con buena música de fondo. Después me empapaba con esas revistas que aparecían dispersas por la casa.

Echo de menos cuando todo funcionaba bien, porque eras tú quien se ocupaba de que todo estuviera en orden. Y aunque me hayas ido apagando, voy a luchar por ti, voy a recuperarte, aunque sea un poquito. 

Hoy saldré a la calle. Le diré al chico que quite el polvo a la silla de ruedas. Primero iremos a la farmacia. Recogeremos las pastillas para la diabetes, la depresión, la osteoporosis y la hipertensión. Después, a la óptica, a encargar unas gafas nuevas y mi primer sonotone. 

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El tobogán de los sueños

Se levanta la primera. Antes de cumplir con la tarea diaria, necesita empaparse de su carita soñolienta. Contarle bajito sobre la casa en la que vivirán. Con una habitación solo para él. Y una ventana muy grande y un arcoíris pintado en la pared. Un jardín enorme, donde podrá correr con sus amiguitos cuanto quiera, y una piscina, un tobogán…  

Le besa en la mejilla, con cuidado de no despertarlo, y abandona la estancia con los ojos velados. Atraviesa el espejado pasillo y se topa con un reloj que parece mofarse de ella. ¡Si pudiera parar sus manecillas y retroceder hasta ese instante en que conoce a Jorge y se enamora como una tonta! Pero piensa en su pequeño y se le pasa enseguida, incluso hay veces que ni recuerda lo que le dijo, mientras tocaba su barriga, la última vez que le vio:

«Este hijo es de los dos y por el paquetito de la maleta, ni te preocupes». 

Es mediodía, Jaime juega en el patio con otros niños. No sabe que mañana cumplirá tres añitos, los mismos que la normativa le concede en ese lugar. Tampoco, adónde lo llevarán ni quién lo cuidará mientras su mamita cumple condena.

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El sonido de un avance

Nos encontramos casi a diario. A veces subiendo las escaleras. Otras bajando. La mayoría de las veces me pillas descansando en el rellano. Yo te saludo. Como siempre. Desde hace más de cuatro años. Y tú nunca me respondes. Digamos que lo asumo, me he acostumbrado a que evites mi mirada, al aleteo de tus manos, y me conforme con ese  balanceo de cabeza que yo traduzco en un que sí, que te he visto, pero me sobran las palabras.

Esta mañana nos cruzamos en las escaleras del tercero. Tú subías. Yo bajaba. Y eché en falta a una de tus perras, la más viejita. Ibas solo con la blanquita, Lua, creo que se llama. Casualidades de la vida yo también llevaba solamente a una de mis gruñonas; la noche anterior mi preciosa Nube se fue, cansada de su dolencia.  

Desconozco la razón. Igual porque me llegó el momento de tirar la toalla o porque mi estado de ánimo no me acompañaba, pero por primera vez no quise saludarte. Debiste echarlo de menos pues apenas llegué al rellano del segundo creí oírte decir algo… Juraría que acababas de desearme tu primer «buenos días».

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La España vaciada

Atravieso la verja. Recorro despacio el camino que va hasta la casa, evocando en cada paso la veintena de años que viví feliz en ella. Contengo la emoción por volver a verla. 

Vengo preparada. 

Para encontrarme con un halo de luz colándose por la persiana, delator de miríadas de telarañas cubriendo vigas, suelos y paredes. Insectos devorando muebles. Recetas caducadas pudriéndose en la alacena. Ennegrecidos de hollín, cacharros, sartenes y cazuelas. La jarra de barro en la mesa, custodiando las cenizas de sus últimas margaritas y amapolas. Entre marañas de polvo, ese instante eufórico; el de padre y madre anunciándome que una vida mejor en otro lugar nos esperaba. En el cajón de mi mesilla, un siempre te amaré, envuelto en un pañuelo de lágrimas petrificadas… 

Al acercarme al portón descubro un felpudo que no recordaba. Ventanas vestidas de primavera. Olor a limpio, a vida, a puchero. Una pareja joven, con las puertas de par en par preguntándome sonriente qué deseo. Y a dos preciosas niñas corriendo hacia mí, como si me conocieran de toda la vida. 

Me voy feliz. Antes, les hago entrega de una llave que llevaba cuarenta años guardada.

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El abuelo

Ya no te acuerdas cuando la sentabas en tu regazo y cantabais vuestra canción, la que compusiste para ella. Cuando tus manos le regalaban cosquillas y guiños cómplices tus pestañas. Del pan con chocolate al salir del colegio, de vuestras caminatas entre flores, del romero y el tomillo en tus bolsillos. 

Ahora tu mirada se pierde antes de encontrarse con la suya. Y desde que se ausentaron en tu boca las palabras y la sonrisa en tus mejillas, hay una indiferencia que le daña. Por eso, a veces, le dan ganas de no volver.

Como cada tarde en la que nunca la esperas hoy no dormitas con la cabeza gacha. Hoy  la presientes, la ves llegar. Tus manos tratan de palmear rítmicas en tus rodillas; tu voz, de nuevo inquieta, quiere sonar. Apenas unas décimas de segundo y vuelven aquellas inconfundibles notas. A sus ojos se asoman felices las lágrimas. En los tuyos hay incertidumbre y miedo. Miedo a que no vuelva. 

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La clínica veterinaria

Querido Daniel… esta carta es para decirte que a mi corazón no le queda ya mucho tiempo. Pero no te pongas triste, estoy tranquila, sé que mi alma seguirá contigo. Y como no hay nada en el mundo que me haga más feliz, voy a disponerlo todo para que cumplas tu sueño.  

Me la imagino amplia, dotada de todo lo necesario. Y a ti, tan guapo, vestido con ese color azul que tan bien te sienta. Siempre supe que contigo sería diferente. Con tu padre no tuve suerte, siguió los pasos de tu abuelo.

La fotografía que te mando lleva conmigo veinticinco años. Ha llegado el momento de que la tengas tú. Os la hizo tu abuelo la vez que les acompañaste —apenas tenías siete añitos—, y ¡vaya si se empeñaron en que lo hicieras! Me emociona pensar que hoy la mirarás con otros ojos.

Muchos besos para tus peludos.

Te amo infinito.

Tu abuela.

P.D.: Igual no te acuerdas, pero yo no he olvidado la cara de tu abuelo cuando al enseñártela le preguntaste, cómo lo había hecho para que ese bambi tan grande que estaba entre tu papá y tú, se pusiera para la foto. 

Esta foto la he cogido prestada de la red… 😦

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Un deseo compartido

Me llevé a mamá casi en volandas y eché el cerrojo de la habitación. Me acosté a su lado, la cubrí de besos y aliento para ahuyentar los temblores de su cuerpo. Ya volvería más tarde para arreglar el desaguisado de Jorge en la cocina.  

Hoy le había tocado a la vieja alacena. A los platos, tazas y vasos, estrellados contra el suelo. Anteayer a la desvencijada mesa, al cajón de los cubiertos. Quizá mañana la tomase con las sillas o de nuevo con nosotras.  

A veces quería calmarle, pero me acorralaba el miedo. Lo dejaba solo, a la espera de que abandonase la casa, corriendo por el pasillo, iracundo y loco, con esa mirada vacante de vida, como muerta.

Tras el portazo y con el sobre de la ayuda de la emergencia social apretujado en sus manos, mamá y yo ya aventurábamos el duro mes que nos aguardaba. Y nos mirábamos en silencio evitando confesar el mismo deseo, que mi hermano acabase como su propia mirada.

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Cuatro esquinitas….

Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio. 

Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.  

Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras cuando escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio con un ala rota y sin vida.

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El ascensor

Peldaño a peldaño, su floreado vestido se va pegando a su cuerpo como una segunda piel. Cuando alcanza el portal lanza un profundo suspiro y se derrumba. No tanto por el agotamiento como por acordarse que hoy habrá reunión y de sobra sabe cómo actuarán sus vecinos.    

—Si nosotros apenas llegamos a fin de mes. Alegarán los del primero C.

 La propietaria del segundo A, desde que echó a su marido de casa, ni olvida ni claudica…

—Maldita seas, por deshacer camas ajenas. Cuánto me alegra que tú también te quedaras sin el tuyo.

—¡Vaya, vaya!, cómo han cambiado las tornas —comentarán los del bajo izquierda— ya no te ríes de los que no tenemos vistas tan buenas, ahora te jodes, por haber apuntado tan alto.

Pero Josito cada día pesa más.   

A veces sueña que su madre ya no puede con él —antes era su padre quien le llevaba al colegio—. Y se imagina contemplando la vida desde las ventanas de su cuarto piso. Y llora. Y odia su silla de ruedas. Sus trece años no entienden que salir a la calle sea una cuestión de venganza, chanza y dinero. 

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Un deseo compartido

Me llevé a mamá casi en volandas y eché el cerrojo de la habitación. Me acosté a su lado, la cubrí de besos y aliento para ahuyentar los temblores de su cuerpo. Ya volvería más tarde para arreglar el desaguisado de Jorge en la cocina.  

Hoy le había tocado a la vieja alacena. A los platos, tazas y vasos, estrellados contra el suelo. Anteayer a la desvencijada mesa, al cajón de los cubiertos. Quizá mañana la tomase con las sillas o de nuevo con nosotras.  

A veces quería calmarle, pero me acorralaba el miedo. Lo dejaba solo, a la espera de que abandonase la casa, corriendo por el pasillo, iracundo y loco, con esa mirada vacante de vida, como muerta.

Tras el portazo y con el sobre de la ayuda de la emergencia social apretujado en sus manos, mamá y yo ya aventurábamos el duro mes que nos aguardaba. Y nos mirábamos en silencio evitando confesar el mismo deseo, que mi hermano acabase como su propia mirada.

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A pesar de todo

Con sumo cuidado la levantas de su silla de ruedas y la sientas sobre la cama. Terminas de ponerle el camisón y para que duerma tranquila le das su medicina. Tras arroparla, le das un beso en la frente y le deseas felices sueños. Pero antes de alcanzar la puerta y apagar la luz, esperas. A que te llame asomando una mano por el embozo. A que te mire lánguida y circunstancial. A que se persigne y te pida que acerques tu cara a la suya para después implorarte al oído que la perdones. Como cada noche.  

Tú sabes de sus miedos a no despertar y no alcanzar la vida eterna. Por eso dibuja una cruz sobre su cara, arrepentida. Remordimiento que caducará a la mañana siguiente cuando descubra que aún sigue entre los vivos. Y volverá de nuevo a la tiranía. A los gritos, los insultos, al rencor, a su pasado. Al deseo de deshacerse de ti, como cuando él os abandonó. Tú apenas tenías unas horas.

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El comienzo de un cambio dietético

Aquel verano del 75 significó para Rosalía, una niña de doce años y de calles enlosadas, un cambio importante en su vida. Despertarse con el sol en la cara; trepar por las higueras; recoger huevos; jugar con Copito; ver a sus abuelos trajinar con las cabras, gallinas, cerdos… llegaba a su fin. Lo entendió al ver el Chrysler 180 aparcado bajo el gran olivo. Su padre le pareció menos alto y su madre, con su Chanel Nº 5 rivalizando con el olor a tierra, brevas maduras y caca de vaca, algo más delgada. 

Partirían después de comer y quiso despedirse de Copito. Lo encontró en el establo. Sus orejas pendían de las manos de su abuelo. Sus patitas bailaban el aire y bruscamente su cuerpo se paralizó. Después, unas palabras sonrientes que no acertó a digerir…

«¡Hoy comida especial, que han venido los papás!».

Apareció sobre la mesa envuelto en granos de arroz. El dolor, prisionero en un por qué infinito, clausuró su estómago.

Con el martilleo de los tenedores contra los platos aumentaron sus náuseas. 

Cuando la rabia se transformó en congoja y sus ojos consiguieron escupir sus lágrimas, tomó una decisión.  

Este precioso conejito, lo he tomado prestado de la red

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Amor del bueno

«Esta vez lo celebraremos por todo lo alto», pensaba Ramiro mientras salía de casa con su colección de sellos —hobby que convirtió en pasión cuando le despacharon de la fábrica y decía amar casi tanto como a Tomasa—. A ella, lejos de enojarle, le encantaba verlo con su álbum, pasando sus hojas y las horas, menos cuando centraba su mirada en unos huecos de la tercera y quinta fila de la décima página. Huecos que, animada por la celebración de sus cuarenta años de casados, pensaba llenar. Aunque tuviera que buscar debajo de las piedras. 

Hallarlos, descubrir que no le alcanzaba para adquirirlos y acordarse de su colección de Samsonites… la que aguardaba en el desván y que nunca pudieron estrenar a causa de incontables biberones y pañales; extraescolares de matemáticas, francés y judo; madre y suegra que enviudaron con un mes de diferencia y una operación de rodilla y dos de cadera; fue todo uno.

Cuando llegó el día del intercambio, Ramiro, con ojos conmovidos, admiraba esos diminutos cuadraditos que llevaba media vida buscando. Tomasa, con los suyos como platos, sostenía en sus manos un colorido folleto del crucero que llevaba media vida deseando.

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El zulo

Solo era una cuestión de dinero y el hombre, a pesar de no hablar casi nada, estaba de muy buen ver. Yo también me pasaba el día allí dentro. Apenas si salía a la calle. No iba de discotecas ni de bares; mi única opción era ligar en mi lugar de trabajo. 

Tras varios intentos y ante su falta de interés, me cambié de peluca, por si le gustaba más de rubia o pelirroja. Pasados unos días recurrí a un sugestivo picardías. Hasta probé con diferentes perfumes. Juro que no lo entendía. Jamás nadie había osado rechazarme. Tarde o temprano, todos terminaban coladitos por mis huesos. Era tal mi asombro y desconcierto que opté por estimularle con mis maravillosos ojos verdes. 

Cuando mis compañeros se enteraron —no sé cómo pude irme de la lengua— y me refrescaron las normas, no nos quedó otro remedio que ser consecuentes. Además, ¡qué puñetas!, si me hubiera hecho partícipe de sus preferencias, no me habría expuesto y la resolución habría sido otra. 

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Discrepancias

Otra vez con la misma cantinela. Que es nuestro salvador. Que si él todo lo ve y vela por nosotros… Que con él se vivía mejor, que nadie les obligó a que se marcharan fuera. Que si con él había más seguridad en las calles y no existía el paro.… Que nacieron para eso. Que son nuestra cultura. Que como tienen la piel muy dura, pues no sufren. Que si no, se extinguirían… 

¡Me pone de los nervios!¡Hasta el mismísimo gorro de escuchar tantas tonterías y disparates!

¡No soporto que me hable de Dios, tampoco del tal Franco ese, mucho menos que defienda las corridas de toros! 

Pero al rato se me pasa y aunque diga cosas que no comparto, ella es la persona que más admiro. Yo la he visto recoger perritos de la calle. Llevarse a casa una paloma herida y curarla hasta que salía volando. Hacerle bocadillos al mendigo que pedía en nuestra calle y regalarle caramelos a los chicos del barrio. Crió a siete hijos y cuidó de mí cuando mamá se fue. Siempre estuvo ahí,  incondicionalmente: mi abuela.

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La espera

Vuelvo a casa. Las coloridas bolsas, que celosas compiten con el brillo de la ciudad, esperan atrás en mi coche. Nieva. La gente embutida en abrigos y bufandas marcan sus pasos sobre el blanco asfalto. 

Ya imagino mi calle, atesorando travesuras. La esquina, cómplice de mi primer beso. La cabaña del gran abeto y sus mil secretos. Mi casa. El calor de la gloria. Los vivos ojos de mi madre y sus manos inventando sabores. Mi padre con la cachaba en una mano y un chato de tinto en la otra esperando inquieto a que todo el mundo se siente a la mesa. La calidez de su abrazo.

Y las manos de mi madre agarrando su pecho y una mancha de vino tinto en el suelo y una mesa vacía donde el muérdago se lacia y un timbre que no sonará a la puerta y mi coche desfigurado y una llamada de teléfono.

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Su ultimo desvarío

Le estaban esperando. En cuanto aterriza le escoltan hasta la nave nodriza. Había prometido que no volvería, pero ya lo conocen, no en vano, lleva visitándoles algunos años. La escotilla se abre y una luz ambarina le conduce por un espejado pasillo. Llega a la sala naranja; hoy quieren sorprenderle. En el centro, una mujer sin ropas gira y gira sobre una peana circular mientras un hatajo de manos absorbe su energía. Otra sarta de ojos viscosos le dispara virulentos hilos que en pocos segundos enmarañan su cuerpo inmovilizándolo sin piedad. Se desespera y grita: “¡Hijo, ayúdame!”. 

No consigue mover un músculo.

Está sentada al borde de su cama. Sus tenebrosas ojeras delatan ésta y otras muchas noches en vela. Extiende sus manos, en sus líneas gastadas caducan miríadas de promesas y juramentos…

Tarda infinitos minutos en volver. La mira confuso. Pero en esta ocasión, de su viaje, se ha traído una lágrima infiltrada en sus ojos que cae, certera y limpia, mojando sus labios resecos…

“Tranquila, madre, esta vez sí sé cómo ayudarte”

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Teníamos… unos amigos animalistas

Todo terminó entre las dos parejas de amigos una semana después de que una de ellas aterrizara de su luna de miel. Luna de miel que disfrutaron durante siete kilométricas semanas visitando el país. Opinaban que realizar viajes allende los mares, de interminables horas, agotadores vuelos y pesadas escalas —teniendo en cuenta lo que aún les quedaba por descubrir dentro de nuestras fronteras—, no tenía perdón ni explicación. Recorrieron España de este a oeste, desde el  norte hasta Andalucía y allí se enamoraron de Sevilla donde llenaron de souvenirs el maletero de su ranchera para familiares y amigos.

—¡Pues no entiendo por qué se han ido así!, exclamaba Roberto con cara de asombro ante la estampida de Manuel y Chema.  

—¡Yo tampoco sé qué mosca les habrá picado!, se extrañaba Pilar con la boca abierta de par en par.   

—¡Están tontos o qué! Regalarnos tamaña barbaridad, ¡precisamente a nosotros!, ¡y de la Maestranza… con sus banderillas y todo!

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La añada

No es del pueblo, lo acaba de descubrir y le gusta. A ella le atrae lo de fuera, lo diferente. Y no hay rubio con ojos azules que no la encandile. Pero este también se irá—en cuanto acabe la cosecha de la uva— dejándole una pena casi tan grande como el chasco que se llevará cuando compruebe, pasados unos cuantos meses, que tampoco su cosecha heredará sus rasgos; será moreno, igual que ella, con los ojos negros, como los de ella. Y ya van tres.

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Premiado en «Esta Noche Te Cuento»

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En la residencia de papá

Antes era distinto. Me presentaba sin avisar y lo encontraba en la sala haciendo corrillo con sus compañeros. Salíamos a pasear por el amplio pasillo saludando a diestro y siniestro como si nos halláramos de mañana dominguera por la calle más concurrida del pueblo. Nos acercábamos hasta la biblioteca, donde curiosamente triunfaban los juegos de mesa y cada género por su lado —por esas manías que da la edad o porque eso de la paridad ya les quedaba muy a destiempo—, se afanaban por ganar al cinquillo, al burro o al dominó. Acabábamos en la cafetería, asumiendo que quizá tocaba esperar a que quedase alguna mesa vacía.

Ahora sus vistas cansadas luchan por adivinar quién se esconde tras cada mascarilla. Sus caras palidecen privadas de sol, besos y sonrisas. En la capilla, como en la cola del médico, se agobian tratando de descubrir la distancia que hay en un metro y medio. Y mientras las zonas comunes agonizan, el miedo al bicho —una batallita más que añadir a sus mochilas—, lo sufren solos en su habitación, echando horas a una tele atiborrada de conjeturas, bajas y estadísticas. 

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Recuerdos de mi primer reloj

Con chaqueta y falda azul, calcetines blancos y zapatos marrones, caminaba por el aeropuerto custodiada como una presa. Cuando la azafata cogió mi mano las monjas se alejaron con sus tocas impávidas y serias. Durante el viaje obedecí las máximas que me habían aconsejado; vacié la comida de mi bandeja y al llegar a mi destino me senté quietecita a esperar. Mi reloj marcaba las once menos cinco. Al cuarto de hora asomaba mi impaciencia. 

—¡Se ha olvidado de mí!

La azafata, en un perfecto y académico español, intentó tranquilizarme. Mi reloj aguantaba impasible un nuevo acoso… 

—¡Las once y veinticinco! 

Me pregunté si un accidente de coche tendría la culpa.  

—¡Las doce menos veinte! 

Mi desesperanza se disparaba.

—¡Menos cinco!

De repente le vi venir por aquel interminable pasillo y me lancé sollozante a sus brazos.                                                                                                                                                                                         

—¡Papá, pensé que no venías!                                                                                                                           

—Pero cariño, ¿por qué dices eso?                                                                        

—Llevo una hora esperándote. 

—¡Pero si habíamos quedado a las once!   

—Y son las doce. Le aclaré mientras le mostraba mi reloj.                                                   

—No, son las once. Me decía mientras enjugaba mis lágrimas y me enseñaba el suyo.

Entonces papá cayó en la cuenta de la diferencia horaria entre los dos países.

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Cuatro angelitos tiene mi cama…

Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio. 

Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.  

Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras cuando escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio con un ala rota y sin vida.

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Hola y adiós

Quise irme de allí, de su lado y cariño, a un lugar cualquiera. No era mi momento. De lazadas ni de alianzas. Y tras hacer añicos su corazón le eché un pulso al mío y a mis veintidós primaveras. Cuando embarré bien mis botas y mis faldas se enredaron entre cardos y mil espinos, la melancolía, ávida de sus brazos, me aconsejó retornar a sus besos.

Llamé a su puerta. Me abrió una mujer delicada y serena. Una pitusa alojada en su regazo me trajo su mirada aceituna; un querubín aferrado a su pierna su ensortijado pelo. Pregunté por él pero no necesité respuesta… seis ojos me desvelaban que yo había muerto. Recogí mi turbación del felpudo y el bochorno de mis mejillas y partí de nuevo, pero mi estupidez todavía sigue allí, delante de su puerta.

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Corazón congelado

Resolvimos cambiárselo a todos los terrícolas que restaban. En su lugar les trasplantamos otro fabricado con rosas de Jericó, bayas de açai y algas del mar Rojo. 

Pretendíamos que el nuevo comenzara a palpitar de forma rítmica, ya que el anterior latía frío, descomedido y desacompasado. Llevábamos tiempo observándolo. Ya no se partía ante un niño hambriento o una mujer desesperada. Tampoco se ablandaba delante de un indigente aterido ni de un perro desamparado en la calle. Mucho menos se encogía frente a la muerte de un bosque, la desaparición de alguna especie, la agonía de los mares o el deshielo de los casquetes polares. Aunque no nos extrañó especialmente, era de esperar que, tras tantos conflictos, injusticias, guerras, holocaustos y genocidios, el de venas, músculo y arterias, finalmente terminara perdiendo toda sensibilidad.

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Nadie te echa de menos

Igual es casualidad, pero últimamente ha empezado a venir gente a casa; nuestros padres, mis hermanos, los tuyos, y algunas tardes nuestros hijos invitan a merendar a sus amigos. También, a veces, se queda a dormir Cristina, la amiga de Ana. El otro día, por ejemplo, la vecina vino a pedir sal, ¡fíjate que no la recordaba tan agradable! Y el cartero, que no sabía nada, me preguntó si aún seguías enfadada. No pienses que estoy exagerando, pero Toby ya no muerde al que se acerca a nuestra casa, hasta creo que ladra menos. Ahora los chicos hacen los deberes, su cama, recogen la mesa y nunca se olvidan del almuerzo. Y yo, antes de irme a trabajar, plancho mis camisas. Tienes que saber que algunas noches me quedo dormido viendo la tele y me olvido de la copa de vino sin el posavasos sobre la mesa de madera. Que muchas veces cocinamos juntos y durante las cenas conversamos y reímos. ¡Ah!, y ya no se discute sobre quién pone el lavavajillas. Tranquila, que no nos hemos derrumbado, seguimos con nuestras vidas. Así que haznos un favor, ¡no te revuelvas más y descansa de una puñetera vez, en paz!

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El paraguas vengador

Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Se ha ido a trabajar sin mí y me ha cambiado por otro, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.  

Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante un acoso constante. Cuando por fin aparece la increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…

Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.

Pero esto no es una película.  

Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre. 

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El tonto de la lotería

Hay que ser majadero. Quién mejor que ella para aguantar mis complejos y este humor mío que sube y baja más que la bolsa; los sermones de mi padre; las brasas de mi madre; las navidades entre cuñaos… ¿Y cómo se lo pago?

¿Y tratar así a mi vecino?, ¿acaso tiene la culpa de tener esa cara de baboso? Con la de veces que me arregló la cisterna, los atascos en el fregadero ¡y siempre sin cobrarme un duro! ¿Se puede ser más egoísta?

Y llamar a mi jefe metiéndole por el culo el empleo que me ofreció cuando nadie confiaba en mí y nadie me daba trabajo… ¡Mentecato no, lo siguiente! 

¡Y regalarle mi Vespa al kioskero solo por reservarme cada miércoles la porno! ¿Seré gilipollas?

Y mi Panda al Juanma, ¡precisamente a ese meapilas!

¡Mecagüentoloquesemenea! ¡Hossstiaputa!, ¡cómo se puede estar tan cegato y confundir un siete con un uno! 

Man celebrating with winning lottery ticket inside lottery office

Prestada de la red

Publicado en Esos locos bajitos, Esta noche te cuento, Microrrelatos indignados

Los ojos de Manuela

«Esta tarde les oí hablar en la cocina. Mamá decía que al volver del mercado se había encontrado con el niño de la casona —creo que se refiere a ese que nació tan malito, el que llevaron a curar al extranjero—. Que iba con un señor que trabaja en su casa y que le lleva a todos los sitios. Que se imaginaba —por la funda de violín que llevaba en la mano—, que iban a clases de música.

Hablaron de ti, de lo mucho que te gustaba la música. Igual que a mí. Pero que nosotros no podíamos permitirnos esas cosas. Dijo que tenía mi mirada. Y la tuya. Que sus ojos eran bellos y claros como el día, igual que los míos. Y los tuyos. Entonces mamá se puso a llorar y papá la consolaba. Que no llorase, que nada podían hacer, que los que tenían dinero y abogados eran ellos, que ya era hora de olvidar que habían pasado diez años… qué casualidad, pensé, los mismos que hace que desapareciste tú. Te quiero mi gemelita, buenas noches».

Besa la manoseada foto y la guarda en el cajón, junto a las ganas de que su hermana, algún día aparezca.