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Qué pena de muerte…

Cada vez le gusta menos este trabajo; tener que disfrazarse para que no sepan cuándo, cómo ni dónde van a encontrársela. Por ejemplo, si va de chabolas, es casi imperativo  hacerlo de perro flaco, con infecciones varias; hepatitis, tifus, malaria…. En cambio, en un barrio de alto copete, tratar con directivos corruptos, arruinados, sicarios contratados por mujeres celosas, es otra cosa. Peor es cuando la envían a un instituto, con qué ganas se queda de equivocarse y cargarse al tocapelotas de turno, y no al gordito, a la pobre empollona o al que se viste y ama como le da la gana. Pero lo que no soporta es sacrificar a los que estudiaron en un seminario porque nunca superaron las tropelías que les infligieron los adornados con un impoluto alzacuellos. Los que predicaban la bondad y la misericordia. ¡Por Abadón!, se lamenta, que HAY MANERAS Y MANERAS. 

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Un grito, un alarido

Apenas diecisiete años y lo llamaron a filas. Cuando le pusieron el fusil en las manos no sabía a qué bando pertenecía ni contra quién lo usaría. Finalmente y después de tantas muertes, aprendió a disparar sin mirar a los ojos; mejor no recopilar miradas que le recriminasen, que le quitasen el sueño. Hasta ese día en el que escuchó un grito. El de un hombre que distaba de él apenas unos metros. Un grito que reconoció al instante, que transformaría su vida en una condena, que perduraría en sus oídos día y noche, sin tregua. 

Lo que nunca sabrá es si su padre, antes de ser abatido, escuchó su desgarrador alarido.

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¡Billetes… por favor!

 

Se sienta en un banco en el andén, con sus zapatos de tacón, y si no fuera porque su bolso es rojo, creerías que estoy hablando de una canción. Pero ni se llama Penélope ni espera ningún tren, solo se acerca cada mañana, un ratito —en cuanto deja a su peque en el colegio—, para verlos pasar… como lo hacía antaño cuando le traía a su amor el bocadillo de tortilla calentito. 

La parada era mínima, pero suficiente para darse un beso y desearse los buenos días.  

Llevaban meses buscando un hijo y aquel día, para darle la buena noticia, se puso de domingo. Pero esta vez, el tren pasó de largo, no paró en su estación. Al rato le dijeron que la policía perseguía de vagón en vagón a un criminal, muy peligroso, capaz de hacer cualquier cosa… 

Todavía no se ha hecho justicia. Era un simple revisor. 

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Una sonrisa impostada

Ya son las 10 de la mañana y sale con Golfo a la calle. Sonriente saluda a los del barrio, cuando su perro termina, vuelven a casa.

Cierra la puerta, se quita la sonrisa y la cuelga con la correa, en el perchero. Tira al cubo de la basura el alborozo. Se coloca sus deprimidas zapatillas, su bata de condena. Se recoge el pelo cual maraña en una cola. Rebusca en su ánimo y se pone un par de lágrimas en cada ojo. En la cocina se prepara un café solo, sin alegría. Se sirve un bol de lamentos, se los come de uno en uno, sin olvidarse de ninguno… la madrugada, la carretera mojada, su dos hijos, el mayor delante, atrás dormida la pequeña.

Va en busca de él, que duerme. Con un culpable beso le despierta. Le pone el freno a la silla, le levanta al vuelo, le sienta…

Ya son las 4 de la tarde, de nuevo se suelta el pelo, descuelga la sonrisa y la correa del perro. Sale a la calle.

Lleva 20 años quitándose y poniéndose la sonrisa.

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Parafilia

No recuerda su niñez sin una canica en las manos. Era un fiera jugando con esas bolas de colores. Las tenía pequeñas, medianas, grandes. De las primeras andaba sobrado, se las fue ganando una a una a los chicos del barrio. De las segundas tenía menos, las robaba del tarro que su hermano tenía escondido en el armario. Sin embargo, de las últimas, que eran las más difíciles de conseguir, atesoraba unas cuantas. Se las regalaba el hombre de la esquina cada vez que le hacía uno de esos mandados. Él conocía muy bien a la gente del barrio y solo tenía que llamar al timbre y preguntar con su voz de chiquillo que si por favor le abrían la puerta. Se enteró de más mayor. Entonces, no sabía que cuando una mujer se encontraba sola en casa, era más fácil forzarla, sobre todo si tenía más de setenta años.

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Papá

Era aún un niño y no entendías que no quisiera chocar camiones y autobuses con coches de policías o no fueran las gemelas las que más jugasen con las muñecas. Tampoco veías lo forzado que salía de casa cada vez que había que calzarle o comprarle ropa. Y esa obstinada insistencia en compararle con el mayor, reprochándole que no se pareciera a él ni un poquito. Empleaste su infancia en querer hacer de él un machote. Jamás una mirada inofensiva a sus ingenuos ojos, pasear con él por la calle de la mano. Hasta que llegó un día en el que se atrevió a replicarte, lo hizo desde un puente, quizá para demostrarte que lo suyo no era una cuestión de huevos.

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Goteras

«Pues sí, cariño, yo pensaba que no, pero existen. Recuerdo que según me acercaba al medio siglo se me instaló en el pie derecho un dedo martillo, en el izquierdo un disforme juanete y un par de puentes en la boca. Apenas traspasé los sesenta, una persistente tendinitis viaja de hombro a hombro como Pedro por su casa. Meses más tarde se me alojaron en las piernas unos indeseables calambres que se multiplican cada vez que llega el invierno. Además de este insoportable dolor de rodillas, cataratas en ambos ojos y dedos arqueados en las manos, desde que cumplí los setenta apenas duermo cinco horas».

La niña la miró estupefacta… 

«Abuelita, yo solo te había preguntado… que qué eran los achaques».

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Para espina, la mía

Decidimos llevar a nuestras madres al monasterio de La Santa Espina. Querían conocer el sitio donde dicen se hallaba una de las espinas que Jesucristo portó en su corona el día de su Pasión y Muerte. También visitaríamos un mesón donde servían las sopas de ajo, los empiñonados y huesos de santo más exquisitos de Valladolid. Llamé para reservar mesa. Al otro lado una voz dispuesta apuntaba los comensales: Mi suegra, que iba en silla de ruedas. Mi madre sorda de un oído, mi pareja y yo.
Tras la visita, y mientras mi marido aparcaba el coche, me acerqué al mesón para inspeccionar el lugar. El joven que me atendió estaba detrás de la barra, miró una nota y me observó detenidamente. Después me indicó que le acompañara al sitio que nos habían reservado…
—Aquí su hija y su yerno. Usted enfrente de ellos. Y a su lado su consuegra, que como ve tiene más espacio… me espetó sin tacto el imberbe y cegato empleado en un tono de lo más elevado.

La Santa Espina localidad del municipio de Castromonte,  provincia de Valladolidcomunidad autónoma de Castilla y LeónEspaña enmarcada en la comarca de los Montes Torozos.

Y este ha sido el último relato que participó en el LEMCA, un concurso con el que yo he disfrutado mucho, especialmente porque me ha dado la oportunidad de descubrir cosas de nuestra geografía y de mi propia comunidad. No puedo por menos que agradecerle a Jams, Juan Morán, el inventor de esta aventura, por su paciencia y su buen hacer, pero sobre todo por esa imaginación sin límites que le hace tan especial y tan querido por todos los que le conocemos y visitamos su casa… «ESTA NOCHE TE CUENTO»;

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El accidente

Me paso la vida amándote. No hago otra cosa que soñarte. Hurgando en tus rincones…, pero mi pasión se doblega cada vez que suena el timbre de la puerta. 

Entras. Mis ojos hambrientos husmean debajo de tu blusa. Tú apenas me miras. Coges la pizarra. Mis manos viajan por tu cuerpo. Te sientas con desgana doblando tus kilométricas piernas. 

Recuerdo que antes… las cruzabas despacio. Me descubrías un paisaje desnudo al que mi lengua embriagada y lasciva sucumbía sin voluntad. Ahora no. Ya nunca juegas a esconderlas en el bolsillo de mi pantalón. Ahora siempre las llevas puestas.

Empezamos los ejercicios del logopeda. Y mientras yo muero por ser la tiza en tus manos, tú bostezas aburrida vigilando el tiempo en tu muñeca. 

Sé que te cansarás muy pronto de empujar mi silla. En cuanto mis pies, huérfanos de pasos, dejen de ser tu remordimiento, compromiso y culpabilidad. Pero hasta entonces, ¡qué te costará mentirme un simple «te quiero»!  

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Relato presentado en la Lemca (Liga de Escritores de Microrrelatos por Comunidades Autónomas), las zonas picantes son exigencias del guión.

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Traumática decisión de una madre

«Al menos 30 muertos y 45 heridos en una gran superficie…». 

Rápidamente apaga el televisor, pero las imágenes de los sospechosos y los cuerpos de mujeres, hombres y niños bajo plata y mantas, continúan patentes en su memoria.

Hoy le resta un año y como una autómata sopla, vela a vela, los indicios que su incuria no supo ver a tiempo; las intempestivas reuniones de madrugada con sus colegas; los cuchicheos al teléfono siempre que ella le rondaba cerca; sus incomprensibles giros de humor; el subversivo tatuaje, como un indescriptible mapa topográfico grabado en su espalda… 

Aquella aciaga mañana levantó despacio el auricular. Carraspeó repetidamente. De su boca se escapó una voz temblona, pero con agallas suficientes para dirigirse al agente.   

Hoy, el nudo que asfixia su garganta delatora, se hace más grande y voraz. 

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Una historia de Jesús Motilva; el pucelano al que, sobre todo, le gustaba correr

Era su ilusión, hiciera frío o calor —la lluvia tampoco era impedimento—. Corría por la mañana y por la tarde, desde la Plaza de España hasta el barrio La Rubia, por la calle más transitable; el Paseo de Zorrilla. Ida y vuelta. Y únicamente por la calzada. Decía que por la acera la gente interrumpía su paso. A este joven de 27 años, de aspecto frágil, que trabajaba en un taller de encuadernación con otros chicos como él, las madres —intuyendo quizá que la suya muriera cuando él nació—, lo miraban con pena; los chavales con guasa; los más mayores como si fuera un tarado. Porque Jesús no corría como los demás; sus piernas —aunque su padre presumía que las tenía duras como el cemento—, se desplazaban con pasos cortos y cierta dificultad. Y tuvieron que pasar unos años para que, junto a la complicidad de la policía municipal y los conductores, finalmente todo el mundo terminara entendiendo su afición e interpretara como una estampa ciudadana eso de querer correr siempre solo y solamente para desafiar al autobús.

Imagen tomada de el periódico El Norte de Castilla

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La bulldog

No estoy contenta con mi diseño. No sé de quién fue la idea de hacerme tan desproporcionada. De crearme unas patas tan fuertes y sin embargo tan cortas que me impiden correr ligero. Me agoto rápido —las diminutas fosas nasales de mi enorme cabeza no admiten el aire que necesito para poder llenar mi descomunal pecho—. En verano no quiero salir hasta que bajan las temperaturas. Además, por culpa de la también robusta morfología de mi compañero, no podemos aparearnos. Me preñarán artificialmente, y tras una gestación complicada, daré a luz un único espécimen, posiblemente y gracias a una cesárea.  

Dedicado a Lola, la Bulldog que me ha chivado cada palabra de este relato y que yo corroboro cada vez que la veo salir de paseo.

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Todas contra mí

«Esto se está saliendo de madre. Como sabe que soy soltero, la del quinto ha empezado a provocarme colgando en el tendedero sus picardías, tanguitas y sujetadores embadurnados de un pachuli rancio insoportable. Lo que no sé es cómo se ha enterado la del cuarto que soy asmático, por eso cuelga sus mandiles y sus arcaicos calzones apestando a lejía. ¿Y la del tercero? todo el día desconcentrándome con ese maldito e insufrible bakalao, ¿quién le habrá dicho que soy escritor? Tengo que hacerlo. Antes de que termine septiembre y empiece la matanza del pobre cerdo y la del segundo se entere de que soy vegetariano y se ponga a colgar chorizos y jamones en la terraza, me piro de esta casa, pero de madrugada y con la cachaba nueva, por si hay que zurrarle a la del bajo que sé que me espía por la mirilla cada vez que salgo al descansillo».

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Tomando de su propia medicina

Cuando aquella mañana vio a su padre levantarla en volandas, meterla en el contenedor de los castigos y cerrar la tapa, se la imaginó muerta de miedo, acurrucada, con la cabecita escondida entre sus rodillas esperando a que terminara su castigo y no iba a consentirlo. Él y su hermano mayor nunca lo superaron, sabía que su hermanita tampoco. 

Fue fácil rodarlo hasta allí. Luego esperaron a que el agua anegara sus gritos y llegara hasta el fondo. Una cadena y un candado le impidieron salir. La llave, nadie supo jamás, en el fondo de qué mar se pudría.

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Fobia a las suegras

«Verá usted, acababa de darle el sí, pero mis dudas iban en aumento y necesitaba conocerlas, a todas ellas.

A la primera le escribí un mail. Me hice pasar por una antigua compañera del instituto. Su texto era inteligente, ingenioso y astuto. Su caligrafía excelente; cada punto, coma y acento, en su lugar. 

Con la segunda opté por una llamada. Me hice pasar por una vendedora de libros. Su voz sonaba cálida, argentada, inteligente y culta. Con mucha clase.

Con la tercera quise coincidir en una cafetería. Porte distinguido, elegante, muy atractiva. Con don de gentes. 

No entendía que hubiera dejado a esas mujeres, como el que tira una colilla, tan preparadas, guapas y bien posicionas. Cuando le pregunté me espetó sin tapujos… 

—Querida, porque tú careces de algo que ellas tienen: Madre.

Lo hice por ellas, por mis futuras hijas. Y decidí quedarme viuda, Señor juez».

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Masticando el miedo

Te despertaste sobresaltado por el chillido de tu timbre. Temiste lo peor cuando por la mirilla viste a dos guardias de seguridad de la urbanización plantados delante de tu puerta.
Si hubieran olido tu nerviosismo pálido al abrirles, el exceso de aroma a limones del Caribe, la ausencia de alfombra en la entrada o el zapato solitario que acababas de esconder debajo de tu cama, habrían apostado que en tu casa pasaba algo raro. Menos mal que solo habían acudido para advertirte que cerraras las ventanas de la buhardilla que con lo que estaba cayendo se te iba a inundar la casa.

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Matrimonio por interés

Su vida transcurría entre frusleras fiestas y asuntos de caridad.
«Te puedes gastar lo que quieras —le advirtió rotunda a su marido—, pasando por las Vegas hasta Montecarlo, pero cuernos ¡no quiero ni uno!».
Malas lenguas decían que fue en los casinos donde su familia forjó su rico abolengo; su bisabuelo podía perder en una noche un millón y la siguiente ganar dos.
Él se lo reprochaba…
«Pero ¿no era mi título lo que te interesaba?, recuerda, yo soy hombre antes que jugador».
Y una madrugada al volver a casa conoció a una mujer.
No le quedó otra alternativa… hizo que pareciera un suicidio.
Estaba convencido que ella era como el perro del hortelano.

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Billete de (v)ida

Entra en la habitación y me penetra con sus ojos, sabe que voy a pedírselo, otra vez, mil veces más. Y aunque no tengo apetito, nunca lo tengo, intento comer algo, por ella. Cuando sale con la bandeja medio llena, me invade el recuerdo de cómo sabe un escalofrío: el de sus caricias recorriendo mi cuerpo. Pero un instante después, la realidad se me encara y hasta la maldita quietud de mi habitación se convierte en un infierno.  

Desde la mesilla el viejo Boby me observa y me recuerda lo mucho que a mí me costó en su día, dar ese paso. No quería, pero lo hice. Por él. Por eso a ella no se lo reprocho. Sé que no se atreve, dice que no quiere perderme que me quiere demasiado y yo le contesto, que por eso mismo. Y aquí sigo, consumiéndome en la espera de que encuentre a alguien que se preste a hacerlo, por ella… por mí. 

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La vida sigue igual

¡Por mil flautas de Hamelín!, sabía que estos Cinco Lobitos Cuentistas, que el pasado domingo 10 de noviembre* nos prometieron sacarnos de las cloacas, eran unos fuleros… ¡todo sigue igual! Y yo sigo partiéndome el lomo, limpiando dentaduras postizas doce horas diarias en la misma consulta del mismo explotador dentista. Mis siete Ratitas continuan temerosas de salir solas al exterior (se rumorea que se multiplican las Manadas de Gatos Fieros). Espero que al menos, Papá Roedor se porte bien y les deje unas taleguitas con pipas y frutos secos… Y que a mi Ratita Preocupada le traiga un lacito rojo y un cepillo nuevo para que vuelva a lucir radiante su colita. Para enfrentarnos a la Cuesta del Cerro este año no acudiremos a la Ratonera del Castillo, celebraremos el nacimiento del Ratoncillo en nuestro agujero con unos buenos trozos de pan y de queso, eso si, del blando y del duro.

*El domingo 10 de noviembre de 2019 se celebraron elecciones generales en España.

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Como la vida misma

Vale, soy un Ratoncito y me apellido Pérez, pero eso de que recojo dientes de leche y los cambio por dinero, es un autentico cuento. La única verdad es que trabajo doce horas diarias para un dentista explotador limpiando dentaduras postizas con un enorme cepillo de dientes —hay días que tengo agujetas hasta en la punta de la cola—.
Me desposé con la Ratita Preocupada y su «no llegamos a fin de mes». Tenemos siete Ratitas Miedosas de salir a la calle y verse acosadas por algún Gato Fiero. Mis padres, Ratones de Campo, viven con el hatillo a cuestas temerosos de que les quiten su ratonera. Y por si fuera poco, el 10 de noviembre* tenemos una cita con Cinco Lobitos Cuentistas. Sé que, aunque cada uno cuente su cuento, todos prometerán lo mismo: sacarnos de las cloacas… y que irremediablemente la mayoría sucumbiremos a sus patrañas.

*Hago referencia al domingo 10 de noviembre de 2019 en el que se celebraron elecciones generales en España.

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Fantasía y sin razón

Confeccionaban sus propias alas. Tenían unas para cada ocasión y en todos los colores. Para pasearse por las ciudades, Sílfides se vestía las de polivinilo, iguales a los tubos, mangueras y mayoría de juguetes para niños, ya que soportaban tormentas, heladas y todo tipo de vientos. 

Las de poliestireno —ligeras y suaves al tacto—, Dríades las utilizaba para sobrevolar los bosques en las tardes apacibles y con sol. Sus favoritas eran las blancas, semejantes a los protectores de aparatos domésticos y las bandejas para hamburguesas. 

Las preferidas de las Oceánides eran las de polipropileno, idénticas a las bolsas, los envases de los yogures, las botellas del agua, del aceite, las pajitas… básicamente porque aguantaban muy bien el frío y la humedad. 

Sin duda, estas hadas eran las más chics y modernas de las leyendas mitológicas: les encantaba ir a juego con los Océanos, especialmente con el Pacífico.

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Doble acto de amor

Hoy cumple 22 años y le llevas su colonia favorita. Entras en el recinto. Estás nerviosa, ella más delgada. Coges el teléfono y a través del cristal le reiteras cuánto la quieres. 

«Mamá, tranquila, estoy bien, prefiero esto a lo de antes…». 

Te mira a los ojos y te insiste en lo que no debes hacer…

 «Jamás revelarás que cuando vi a papá en el suelo te arrebaté el cuchillo y me unté de sangre el vestido».

Ella no hubiera podido cuidarlas, desde la cárcel tú tampoco. 

Ahora sus hermanas crecen a salvo. Ya no os preocupa que se hagan mayores.

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Como un niño

Las palabras que pronunció antes de irse fueron para él. Y yo cumplí las mías durante muchos fines de semana. 

—Cuídale mucho. Sé paciente con sus cambios de humor, sus miedos, cuando te cuente las mismas historias o no recuerde sus tareas. Si le notas triste, dile que nos veremos pronto… y para que no me olvide, muéstrale de vez en cuando esa foto que a él tanto le gusta. Llévale al parque. Móntale en los columpios, ya sabes, se lo pasa bomba. No le quites esa ilusión y la alegría inmensa que le entra cuando vuelve y se lo cuenta a sus compañeros de la residencia.

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Doble fiasco

Viuda, sesentona y le encantaba Felisín, el hijo de su vecina. Muchas tardes pasaba por su casa, le daba de merendar, le llevaba al parque, jugaban en el césped. Sus larguísimas pestañas le recordaban a su hijo, pero a éste nunca le habló de querer a los animales, de respetar su vida en libertad, de proteger los árboles y que una cerilla podría traer mucho dolor…

Tenía catorce años cuando lo encontró capeando una muleta. Quiso quitarle importancia. Días después lo vio salir del pinar con una carabina y unos pájaros pendiendo de un aro sangriento.

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RELATO ENVIADO AL CONCURSO SOLIDARIO CINCO PALABRAS

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Mi aliado el vino

Estreno vestido y guantes de satén. Sobre la mesa dos copas con vino y una botella. Espero paciente. Querrás desvestirme, poseerme, como un loco, hasta quitarme el sentido, como tantas veces…
Cuando llegas elijo una copa y deslizo el dedo por el borde. La acerco a mi boca, pero me la arrebatas y la bebes de un sorbo.
Apenas unos segundos tu cuerpo vacila. Extiendes una mano. En la otra llevas un puño, fiel testigo de tantas e inútiles resistencias. Nuestros ojos se encuentran. En los míos ya no hay miedo. Te dejo en el suelo, a tu lado ella, hecha añicos, tu compañera, que me devuelve mis alas que por fin despliegan.

Microrrelato presentado al 1º CONCURSO Bodegas MIRADORIO

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Paqui, la portera

«Que se joroben las del edificio que esta que viste y calza no piensa irse de la mui. Menos mal que fui yo, y no la Loren, la que sencontró a la Marce saliendo de la clínica. De esto ni mu, ¿eh?, me dijo después, no quiero que sentere todo el barrio… ¿PERDONA? ¿QUÉ MESTAS CONTANDO? ¡yo soy una tumba!, qué limporta a nadie si sa puesto la 90 o la 100 o quién lapreñao a su María o por qué su marido últimamente no duerme en casa… a mí, a discreta no me gana nadie. Aquí viene el camarero con los churros, qué pinta tienen, ¡al ataque chicas que senfrían!».

Presentado para el concurso de la Gildaunnamed.jpg

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Altruismo

Cuando era pequeña, mi abuelo Luis me contaba cosas sobre mi madre. De lo mucho que me amaba. De su coraje -apenas tenía seis meses cuando me metió en el capazo y me dejó en su casa-. De su generosidad con todos, para que nadie penara con su inevitable ocaso. Excepto él, nadie la entendía y yo tuve que crecer para hacerlo también; entender que quisiera desaparecer, dejarse ir.

Pero el abuelo no fue el único que la vio marchar, sola, con un pañuelo cargadito de pena en una mano mientras con la otra se estiraba bien el de la cabeza, también, desde el borde del camino los ojos negros de una lechuza fueron testigos.

Este microrrelato presentado en  «ENTCerrado» ha obtenido una mención especial por parte del jurado de Entc y el Hotel A Curuxa. Muchas gracias.

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Llueve sobre mojado; Finalista en el VII Concurso de Microrrelatos “El Roblón”

Su madre no pudo hacer cosa peor que morirse y dejarles a los tres huérfanos. Que su padre les abandonara después, no estaba previsto, tampoco tener que vivir en ese lugar de trasnochada bonhomía. En eso pensaba Pablo cuando vio pasar por delante de su cama una sombra que fue a pararse en la de David… y volvió a su piel un pegajoso escalofrío, un revoltijo de asco, odio, deseos de volar. Se cansó de implorar que su hermano volviese cuanto antes a la cama. Contiguo a él, y ajeno a todo, Miguelín dormía. Le miró con los ojos lagrimosos. Por primera vez reparó en que se estaba haciendo mayor. Exhausto de llorar se quedó dormido. Se despertó de madrugada… David volvía.

Apenas un golpe, un leve crujido pero contundente, en la calva redonda con la vara de hierro que llevaba meses esperando bajo su colchón. Quizá fue el sitio, justo en el punto exacto, o ese Dios despistado que ahora se confabulaba con él. Huyeron de allí los tres. Había jurado que el más pequeño no pasaría por lo mismo. En el suelo una sotana empezaba a teñirse de rojo.

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Agradezco infinito al jurado por elegir mi relato entre los diez finalistas. Pinchad en el enlace para que veáis la página de los organizadores.

http://asociacionfelixdemartino.blogspot.com/p/finalistas-vii-con.html

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Dudoso rescate, finalista «I Certamen Microrrelatos “María De Molina 24 Ediciones”»

IMG-20180218-WA0003.jpg Desde la escotilla del barco contempla un débil sol anegándose en las entrañas del mar, un mar que conoce demasiado bien; su inmensidad, sus colores, su frío infernal.

No sabe dónde está. No se acuerda que ayer la subieron a un bote ni que unas manos y manta cálidas cubrieron su cuerpo, tampoco que momentos antes un hombre sentado a su lado soñaba una vida nueva, mucho menos de los dos jóvenes que ateridos de frío buscaban calor en el otro, qué decir de la mujer que abrazada a su barriga se quejaba mirando al cielo…

De su bebé colgando de su teta reseca, de sus ojos hundidos de par en par; del sabor salado en su boca y de los cuantiosos gritos ahogándose en el agua, de eso, será imposible no acordarse.

Gracias al equipo de «Maria de Molina 24 Ediciones», por elegirlo.  Aquí os dejo el enlace para que leáis los demás trabajos.

https://www.mariademolina24ediciones.es/resultados-del-certamen

Publicado en CONCURSOS VARIOS, El amor y sus cositas

¿Fingir?, no eternamente.

Invité a unos amigos a la casa de la playa, antes de venderla quería despedirme de ella; celebraríamos allí la Noche Vieja y la última Navidad. Les propuse que podían venir acompañados, yo, a cambio, y teniendo en cuenta que la cocina no era mi fuerte ni me consideraba una buena gourmet, me esmeraría en preparar suculentos y originales platos.
Sentados a la mesa y frente a mí, Álvaro, recién llegado a la ciudad a quien no conocía ni quité ojo durante toda la cena. Venía con Laura, mi mejor amiga, un tanto compungida porque había roto con Raquel. “Alguien que come con tan buen gusto, tiene que ser un buen amante” pensé de él antes de llegar a los turrones. Y lo comprobé. Apenas una semana más tarde, entre plato y plato, nos estábamos jurando amor eterno.
Cambié de opinión y descolgué el cartel de “Se vende”. Pasábamos días enteros en la casa y como buena anfitriona me afanaba en una faceta que nunca antes me interesó lo más mínimo. Estaba encantada, mi enamorado no le ponía un pero a mis recetas y empecé a sospechar si no llevarían razón quienes aseguraban que a un hombre se le conquista por el estómago.

Se acercaba mi cumpleaños. Aquella mañana marcera se presentó en mi apartamento con dos regalos. El primero, al tiempo que me entregaba un ardiente beso, me lo deslizó en el dedo. El otro, venía envuelto en un papel rojo pasión; en su impresionante portada podía leerse: “Grandes Chefs”

Me quedé de piedra cuando vi que, en la parte inferior con estiladas y doradas letras, aparecía su nombre.

Relato para el concurso de #CuentosdeNavidad de Zenda Libros

http://www.zendalibros.com/concurso-cuentos-navidad/