Ya son las 10 de la mañana y sale con Golfo a la calle. Sonriente saluda a los del barrio, cuando su perro termina, vuelven a casa.
Cierra la puerta, se quita la sonrisa y la cuelga con la correa, en el perchero. Tira al cubo de la basura el alborozo. Se coloca sus deprimidas zapatillas, su bata de condena. Se recoge el pelo cual maraña en una cola. Rebusca en su ánimo y se pone un par de lágrimas en cada ojo. En la cocina se prepara un café solo, sin alegría. Se sirve un bol de lamentos, se los come de uno en uno, sin olvidarse de ninguno… la madrugada, la carretera mojada, su dos hijos, el mayor delante, atrás dormida la pequeña.
Va en busca de él, que duerme. Con un culpable beso le despierta. Le pone el freno a la silla, le levanta al vuelo, le sienta…
Ya son las 4 de la tarde, de nuevo se suelta el pelo, descuelga la sonrisa y la correa del perro. Sale a la calle.