Le estaban esperando. En cuanto aterriza le escoltan hasta la nave nodriza. Había prometido que no volvería, pero ya lo conocen, no en vano, lleva visitándoles algunos años. La escotilla se abre y una luz ambarina le conduce por un espejado pasillo. Llega a la sala naranja; hoy quieren sorprenderle. En el centro, una mujer sin ropas gira y gira sobre una peana circular mientras un hatajo de manos absorbe su energía. Otra sarta de ojos viscosos le dispara virulentos hilos que en pocos segundos enmarañan su cuerpo inmovilizándolo sin piedad. Se desespera y grita: “¡Hijo, ayúdame!”.
No consigue mover un músculo.
Está sentada al borde de su cama. Sus tenebrosas ojeras delatan ésta y otras muchas noches en vela. Extiende sus manos, en sus líneas gastadas caducan miríadas de promesas y juramentos…
Tarda infinitos minutos en volver. La mira confuso. Pero en esta ocasión, de su viaje, se ha traído una lágrima infiltrada en sus ojos que cae, certera y limpia, mojando sus labios resecos…
“Tranquila, madre, esta vez sí sé cómo ayudarte”
Imagen cogida de la red

