Publicado en El amor y sus cositas, Esta noche te cuento

El zulo

Solo era una cuestión de dinero y el hombre, a pesar de no hablar casi nada, estaba de muy buen ver. Yo también me pasaba el día allí dentro. Apenas si salía a la calle. No iba de discotecas ni de bares; mi única opción era ligar en mi lugar de trabajo. 

Tras varios intentos y ante su falta de interés, me cambié de peluca, por si le gustaba más de rubia o pelirroja. Pasados unos días recurrí a un sugestivo picardías. Hasta probé con diferentes perfumes. Juro que no lo entendía. Jamás nadie había osado rechazarme. Tarde o temprano, todos terminaban coladitos por mis huesos. Era tal mi asombro y desconcierto que opté por estimularle con mis maravillosos ojos verdes. 

Cuando mis compañeros se enteraron —no sé cómo pude irme de la lengua— y me refrescaron las normas, no nos quedó otro remedio que ser consecuentes. Además, ¡qué puñetas!, si me hubiera hecho partícipe de sus preferencias, no me habría expuesto y la resolución habría sido otra. 

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento, Viejecit@s

Discrepancias

Otra vez con la misma cantinela. Que es nuestro salvador. Que si él todo lo ve y vela por nosotros… Que con él se vivía mejor, que nadie les obligó a que se marcharan fuera. Que si con él había más seguridad en las calles y no existía el paro.… Que nacieron para eso. Que son nuestra cultura. Que como tienen la piel muy dura, pues no sufren. Que si no, se extinguirían… 

¡Me pone de los nervios!¡Hasta el mismísimo gorro de escuchar tantas tonterías y disparates!

¡No soporto que me hable de Dios, tampoco del tal Franco ese, mucho menos que defienda las corridas de toros! 

Pero al rato se me pasa y aunque diga cosas que no comparto, ella es la persona que más admiro. Yo la he visto recoger perritos de la calle. Llevarse a casa una paloma herida y curarla hasta que salía volando. Hacerle bocadillos al mendigo que pedía en nuestra calle y regalarle caramelos a los chicos del barrio. Crió a siete hijos y cuidó de mí cuando mamá se fue. Siempre estuvo ahí,  incondicionalmente: mi abuela.

Imagen copiada de la red

Publicado en ¡Jóvenes!, ¿Dulce Navidad?, Esta noche te cuento

La espera

Vuelvo a casa. Las coloridas bolsas, que celosas compiten con el brillo de la ciudad, esperan atrás en mi coche. Nieva. La gente embutida en abrigos y bufandas marcan sus pasos sobre el blanco asfalto. 

Ya imagino mi calle, atesorando travesuras. La esquina, cómplice de mi primer beso. La cabaña del gran abeto y sus mil secretos. Mi casa. El calor de la gloria. Los vivos ojos de mi madre y sus manos inventando sabores. Mi padre con la cachaba en una mano y un chato de tinto en la otra esperando inquieto a que todo el mundo se siente a la mesa. La calidez de su abrazo.

Y las manos de mi madre agarrando su pecho y una mancha de vino tinto en el suelo y una mesa vacía donde el muérdago se lacia y un timbre que no sonará a la puerta y mi coche desfigurado y una llamada de teléfono.

Imagen prestada de la red

Publicado en ¡Jóvenes!, Esta noche te cuento

Su ultimo desvarío

Le estaban esperando. En cuanto aterriza le escoltan hasta la nave nodriza. Había prometido que no volvería, pero ya lo conocen, no en vano, lleva visitándoles algunos años. La escotilla se abre y una luz ambarina le conduce por un espejado pasillo. Llega a la sala naranja; hoy quieren sorprenderle. En el centro, una mujer sin ropas gira y gira sobre una peana circular mientras un hatajo de manos absorbe su energía. Otra sarta de ojos viscosos le dispara virulentos hilos que en pocos segundos enmarañan su cuerpo inmovilizándolo sin piedad. Se desespera y grita: “¡Hijo, ayúdame!”. 

No consigue mover un músculo.

Está sentada al borde de su cama. Sus tenebrosas ojeras delatan ésta y otras muchas noches en vela. Extiende sus manos, en sus líneas gastadas caducan miríadas de promesas y juramentos…

Tarda infinitos minutos en volver. La mira confuso. Pero en esta ocasión, de su viaje, se ha traído una lágrima infiltrada en sus ojos que cae, certera y limpia, mojando sus labios resecos…

“Tranquila, madre, esta vez sí sé cómo ayudarte”

Imagen cogida de la red

Publicado en Esta noche te cuento, Microrrelatos animalistas

Teníamos… unos amigos animalistas

Todo terminó entre las dos parejas de amigos una semana después de que una de ellas aterrizara de su luna de miel. Luna de miel que disfrutaron durante siete kilométricas semanas visitando el país. Opinaban que realizar viajes allende los mares, de interminables horas, agotadores vuelos y pesadas escalas —teniendo en cuenta lo que aún les quedaba por descubrir dentro de nuestras fronteras—, no tenía perdón ni explicación. Recorrieron España de este a oeste, desde el  norte hasta Andalucía y allí se enamoraron de Sevilla donde llenaron de souvenirs el maletero de su ranchera para familiares y amigos.

—¡Pues no entiendo por qué se han ido así!, exclamaba Roberto con cara de asombro ante la estampida de Manuel y Chema.  

—¡Yo tampoco sé qué mosca les habrá picado!, se extrañaba Pilar con la boca abierta de par en par.   

—¡Están tontos o qué! Regalarnos tamaña barbaridad, ¡precisamente a nosotros!, ¡y de la Maestranza… con sus banderillas y todo!

Publicado en El amor y sus cositas, Esta noche te cuento, Premios y Regalos

La añada

No es del pueblo, lo acaba de descubrir y le gusta. A ella le atrae lo de fuera, lo diferente. Y no hay rubio con ojos azules que no la encandile. Pero este también se irá—en cuanto acabe la cosecha de la uva— dejándole una pena casi tan grande como el chasco que se llevará cuando compruebe, pasados unos cuantos meses, que tampoco su cosecha heredará sus rasgos; será moreno, igual que ella, con los ojos negros, como los de ella. Y ya van tres.

Imagen prestada de la red

Premiado en «Esta Noche Te Cuento»

Publicado en Esta noche te cuento, Viejecit@s

En la residencia de papá

Antes era distinto. Me presentaba sin avisar y lo encontraba en la sala haciendo corrillo con sus compañeros. Salíamos a pasear por el amplio pasillo saludando a diestro y siniestro como si nos halláramos de mañana dominguera por la calle más concurrida del pueblo. Nos acercábamos hasta la biblioteca, donde curiosamente triunfaban los juegos de mesa y cada género por su lado —por esas manías que da la edad o porque eso de la paridad ya les quedaba muy a destiempo—, se afanaban por ganar al cinquillo, al burro o al dominó. Acabábamos en la cafetería, asumiendo que quizá tocaba esperar a que quedase alguna mesa vacía.

Ahora sus vistas cansadas luchan por adivinar quién se esconde tras cada mascarilla. Sus caras palidecen privadas de sol, besos y sonrisas. En la capilla, como en la cola del médico, se agobian tratando de descubrir la distancia que hay en un metro y medio. Y mientras las zonas comunes agonizan, el miedo al bicho —una batallita más que añadir a sus mochilas—, lo sufren solos en su habitación, echando horas a una tele atiborrada de conjeturas, bajas y estadísticas. 

Imagen prestada de la red

Publicado en Esos locos bajitos, Esta noche te cuento

Recuerdos de mi primer reloj

Con chaqueta y falda azul, calcetines blancos y zapatos marrones, caminaba por el aeropuerto custodiada como una presa. Cuando la azafata cogió mi mano las monjas se alejaron con sus tocas impávidas y serias. Durante el viaje obedecí las máximas que me habían aconsejado; vacié la comida de mi bandeja y al llegar a mi destino me senté quietecita a esperar. Mi reloj marcaba las once menos cinco. Al cuarto de hora asomaba mi impaciencia. 

—¡Se ha olvidado de mí!

La azafata, en un perfecto y académico español, intentó tranquilizarme. Mi reloj aguantaba impasible un nuevo acoso… 

—¡Las once y veinticinco! 

Me pregunté si un accidente de coche tendría la culpa.  

—¡Las doce menos veinte! 

Mi desesperanza se disparaba.

—¡Menos cinco!

De repente le vi venir por aquel interminable pasillo y me lancé sollozante a sus brazos.                                                                                                                                                                                         

—¡Papá, pensé que no venías!                                                                                                                           

—Pero cariño, ¿por qué dices eso?                                                                        

—Llevo una hora esperándote. 

—¡Pero si habíamos quedado a las once!   

—Y son las doce. Le aclaré mientras le mostraba mi reloj.                                                   

—No, son las once. Me decía mientras enjugaba mis lágrimas y me enseñaba el suyo.

Entonces papá cayó en la cuenta de la diferencia horaria entre los dos países.

Publicado en Esos locos bajitos, Esta noche te cuento

Cuatro angelitos tiene mi cama…

Esperaba a que mamá se fuera para levantarme y comprobar que estaban ahí, uno en cada esquina, mas nunca hallé ninguno. Aún así yo insistía en pedirles que al nuevo papá que ahora vivía con nosotras no le dejaran entrar en mi habitación. Pero no me escuchaban porque siguió haciéndolo hasta ese día en que mamá puso un cerrojo en mi puerta y sus maletas en la calle. Al miedo no consiguió echarlo, ni con su maldita canción ni con cerrojos, se quedó a vivir permanente en mi dormitorio. 

Pasado un tiempo, una de esas noches en las que el sueño galopaba entre mis pesadillas y el desvelo, noté como una corriente de aire agitando las cortinas. Vi que entraba uno. Bueno, más bien vi sus alas revoloteando por mi habitación. A buenas horas —le reproché—. Primero una zapatilla y luego la otra; se las lancé furiosa.  

Al día siguiente el timbre me despertó. Bajaba las escaleras cuando escuché a mamá hablar con alguien. Rápidamente volví a mi cuarto. Acababa de recordar lo sucedido la noche anterior. Ahí estaba, el pobre loro, el de mi vecino, debajo de mi escritorio con un ala rota y sin vida.

Publicado en ¡Jóvenes!, El amor y sus cositas, Esta noche te cuento

Hola y adiós

Quise irme de allí, de su lado y cariño, a un lugar cualquiera. No era mi momento. De lazadas ni de alianzas. Y tras hacer añicos su corazón le eché un pulso al mío y a mis veintidós primaveras. Cuando embarré bien mis botas y mis faldas se enredaron entre cardos y mil espinos, la melancolía, ávida de sus brazos, me aconsejó retornar a sus besos.

Llamé a su puerta. Me abrió una mujer delicada y serena. Una pitusa alojada en su regazo me trajo su mirada aceituna; un querubín aferrado a su pierna su ensortijado pelo. Pregunté por él pero no necesité respuesta… seis ojos me desvelaban que yo había muerto. Recogí mi turbación del felpudo y el bochorno de mis mejillas y partí de nuevo, pero mi estupidez todavía sigue allí, delante de su puerta.