Nos encontramos casi a diario. A veces subiendo las escaleras. Otras bajando. La mayoría de las veces me pillas descansando en el rellano. Yo te saludo. Como siempre. Desde hace más de cuatro años. Y tú nunca me respondes. Digamos que lo asumo, me he acostumbrado a que evites mi mirada, al aleteo de tus manos, y me conforme con ese balanceo de cabeza que yo traduzco en un que sí, que te he visto, pero me sobran las palabras.
Esta mañana nos cruzamos en las escaleras del tercero. Tú subías. Yo bajaba. Y eché en falta a una de tus perras, la más viejita. Ibas solo con la blanquita, Lua, creo que se llama. Casualidades de la vida yo también llevaba solamente a una de mis gruñonas; la noche anterior mi preciosa Nube se fue, cansada de su dolencia.
Desconozco la razón. Igual porque me llegó el momento de tirar la toalla o porque mi estado de ánimo no me acompañaba, pero por primera vez no quise saludarte. Debiste echarlo de menos pues apenas llegué al rellano del segundo creí oírte decir algo… Juraría que acababas de desearme tu primer «buenos días».
