Apenas diecisiete años y lo llamaron a filas. Cuando le pusieron el fusil en las manos no sabía a qué bando pertenecía ni contra quién lo usaría. Finalmente y después de tantas muertes, aprendió a disparar sin mirar a los ojos; mejor no recopilar miradas que le recriminasen, que le quitasen el sueño. Hasta ese día en el que escuchó un grito. El de un hombre que distaba de él apenas unos metros. Un grito que reconoció al instante, que transformaría su vida en una condena, que perduraría en sus oídos día y noche, sin tregua.
Lo que nunca sabrá es si su padre, antes de ser abatido, escuchó su desgarrador alarido.
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