Cada vez le gusta menos este trabajo; tener que disfrazarse para que no sepan cuándo, cómo ni dónde van a encontrársela. Por ejemplo, si va de chabolas, es casi imperativo hacerlo de perro flaco, con infecciones varias; hepatitis, tifus, malaria…. En cambio, en un barrio de alto copete, tratar con directivos corruptos, arruinados, sicarios contratados por mujeres celosas, es otra cosa. Peor es cuando la envían a un instituto, con qué ganas se queda de equivocarse y cargarse al tocapelotas de turno, y no al gordito, a la pobre empollona o al que se viste y ama como le da la gana. Pero lo que no soporta es sacrificar a los que estudiaron en un seminario porque nunca superaron las tropelías que les infligieron los adornados con un impoluto alzacuellos. Los que predicaban la bondad y la misericordia. ¡Por Abadón!, se lamenta, que HAY MANERAS Y MANERAS.
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Un relato Rosy, que deja ese sabor de boca amargo con ese final que tan cuesta arriba se hace.
Me ha gustado mucho.
Besicos muchos.
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Muchas gracias, Nani… por pasearte por aquí. Un abrazo grande
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