Con chaqueta y falda azul, calcetines blancos y zapatos marrones, caminaba por el aeropuerto custodiada como una presa. Cuando la azafata cogió mi mano las monjas se alejaron con sus tocas impávidas y serias. Durante el viaje obedecí las máximas que me habían aconsejado; vacié la comida de mi bandeja y al llegar a mi destino me senté quietecita a esperar. Mi reloj marcaba las once menos cinco. Al cuarto de hora asomaba mi impaciencia.
—¡Se ha olvidado de mí!
La azafata, en un perfecto y académico español, intentó tranquilizarme. Mi reloj aguantaba impasible un nuevo acoso…
—¡Las once y veinticinco!
Me pregunté si un accidente de coche tendría la culpa.
—¡Las doce menos veinte!
Mi desesperanza se disparaba.
—¡Menos cinco!
De repente le vi venir por aquel interminable pasillo y me lancé sollozante a sus brazos.
—¡Papá, pensé que no venías!
—Pero cariño, ¿por qué dices eso?
—Llevo una hora esperándote.
—¡Pero si habíamos quedado a las once!
—Y son las doce. Le aclaré mientras le mostraba mi reloj.
—No, son las once. Me decía mientras enjugaba mis lágrimas y me enseñaba el suyo.
Entonces papá cayó en la cuenta de la diferencia horaria entre los dos países.

