Cuando entró en correos y se puso a la cola, se percató de la mujer que estaba delante de él, embelesado la examinó de arriba abajo…
“Qué elegante y atractiva, ¡y qué perfume!, esta dama tiene ángel”.
“Alicia Carreño”, escuchó que le decía al de la ventanilla.
¡Dios!, ese apellido le transportó a su aciaga niñez, a una infancia de infierno, al cinto sobre sus piernecitas desnudas. Cuando pasó por su lado, la miró con el rabillo del ojo…
“Pues… no es tan guapa, y esa ropa barata de mercadillo, ¡Uf… qué asco de pachulí, será buscona la tía!”.
La experiencia es un prisma que nos trastoca la realidad. Afortunadamente!
Bonito final.
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