Autor: Rosy Val
I Carrera Verde por Relevos, libro digital
Un proyecto de Luisa Hurtado Gonzalez, Microrrelatos al por mayor.
http://issuu.com/microsalpormayor/docs/icarreraverde/1?e=7323026/1865233
Ilustración de Sara Lew de Microrrelatos ilustrados
Recojo el testigo de Nicolás Jarque (escritor), El rincón de Nicolás Jarque, y continuando con sus últimas palabras…
POR UNA AMIGA… CASI TODO
Como recogen las hemerotecas y todos deberíamos estar de acuerdo, “la emisión de gases contaminantes, afecta directamente al ecosistema, siendo el humano el máximo responsable”. Pues bien, estaba decidida a aportar soluciones, empezaría ese mismo día a sumarme a ese reto de la no contaminación ambiental, por otro lado objetivo imperante en la comunidad suiza.
Quería celebrar su cumpleaños y hacer una gran fiesta. Cuando me pidió que la ayudase con las últimas compras le sugerí hacerlo con el transporte público. Salimos de casa y acompañadas por un debilitado sol nos dirigimos a la carnicería. Los ingredientes para una paella nos aguardaban. Un italiano y fornido carnicero me entregó dos bolsas, al tiempo me informaba; que en una había metido 14 muslos de pollo y en la otra 12 patas de conejo.
Cuando salimos de allí, algodonosos copos de nieve empezaban a caer sobre nuestras cabezas. Diez grados bajo cero nos acecharon hasta la parada del tranvía. Sonreí al ver, como si de una postal se tratase, a dos ciclistas y sus mochilas paseando por la ciudad, ignorando ese manto blanco que los envolvía. Me sentí en desventaja… “siempre hay alguien que hace más que tú por el medio ambiente”.
Ella caminaba delante con más bolsas. De pronto se giró, y, no sé qué notó en la única parte de mi cara que no iba tapada, porque me preguntó: “¿Estás bien?” .Como pude, saqué la nariz del escondite de mi bufanda. De una acobardada garganta, miedosa a que se le congelara la voz, se escapó un tolerante… ”Bueno… podría estar mejor, teniendo en cuenta que en una mano llevo 7 pollos y en la otra 3 conejos… ¡descuartizados!”.
Creo, que en ese mismo instante, mi mejor amiga cayó en la cuenta de que yo era vegetariana.
Le paso el relevo a mi compañero, Juanlu, Ilustraciones para un loco
¡¡¡SUERTE!!! , ¡¡¡vamos kiwis!!!
Y esta es su magnífica aportación, gracias Juanlu, su blog http://dididibujos.blogspot.com.es/
Antonio se propuso no celebrar aquella navidad
Cuando era un niño no sabía lo que esas fiestas encerraban, ahora de mayor se cuestionaba… por qué precisamente en Navidad a sus padres les preocupaba tanto traer a la abuela a casa, para luego aparcarla todo el año en la residencia. Tampoco se explicaba la repentina amabilidad de los del quinto.
Se preguntaba porqué siempre en Nochebuena, se cenaba lo que parecía un bebé recién salido del vientre de su madre… dormidito en una bandeja.
No comprendía lo del abeto muriendo lentamente y sin remedio fuera de su hábitat.
Por qué cada Navidad, algunos de los muchos regalos que traían los Reyes Magos a sus hermanos y primos, terminaban en el desván sin estrenarse, y algún otro, pasada la época en la que ya no les hacía tanta gracia, abandonado sin piedad en la calle.
No entendía que atiborrasen al frigorífico… días después mucha de esa comida iría a parar a los contenedores de la esquina.
Tampoco entendía el despilfarro de luz y de colores… cuando a pocos kilómetros de allí, había gente viviendo a oscuras, gente pasando penuria.
Y porque así pensaba y lo proclamaba, le llamaban rarito. Como si él estuviera diciendo algo que no fuera cierto…

esta noche te cuento: DIC61. ANTONIO SE PROPUSO NO …
La fiesta
Salió aprisa, pensando que allí al aire libre se celebraba una fiesta.
La música sonaba optimista. Un sol encendido como el fuego, oscureció sus ojos negros. Corrió al ver que alguien lo llamaba, mas, algo no iba bien…
¡No medía las distancias!. Deambulaba de un lado a otro. Sus ojos aún velados, buscaban desesperados una salida. Atisbó a uno de los suyos, corrió hacia él, pero cuando estaba a su lado, un incisivo, lento y doloroso ataque le hizo tambalearse. Notó que sus fuerzas mermaban.
Algo llamó su atención, cuando se acercó, un nuevo impacto lo hizo revolverse. Estaba confuso, no sabía para dónde ir, se desplazó hacia delante y percibió otro. Nuevamente alguien levantó su interés, avanzó unos metros y recibió un impacto más, siempre en el mismo sitio.
El clarín sonaba, como su cuerpo, enardecido. Llegaron más… no pararon, hasta el fin.
Todo se tornó turbio, su latido se derramaba, dejando constancia de su sentir.
No entendía porqué yacía en el suelo. Unas horas antes corría por un jardín inmenso.
Dehesa andaluza, imagen tomada de Google
Con este relato participé en,
esta noche te cuento: NOV128. LA FIESTA, de Mª del Rosario Val …
Pidió socorro y nadie la auxilió
Compraba el pan, la carne, el pescado, la fruta… en el pueblo de al lado, decía que era más grande y más bonito. No le gustaba su iglesia, demasiado gótica, tampoco el cura, demasiado viejo. Detestaba a los niños, no le dejaban dormir la siesta. No se mezclaba con su gente, ¡ella no merendaba mortadela!.
El domingo, a la salida de misa, algunas mujeres murmuraban que… de una caída en el baño, otras… de una cuerda colgada en el desván. Los más mayores… de un escape de gas. De un ataque al corazón, cuchicheaban algunos jóvenes.
De repente desaparecieron todos… cuando vieron que el médico venía acompañado del forense.
Y a ti, ¿qué te duele?
¡Esta puta pierna va a acabar conmigo, estoy hasta los mismísimos de este insoportable dolor!
Hace dos meses que Ramón se levanta todas las mañanas con esta cantilena, decide ir al especialista:
-Veamos, ¿dónde te duele?
-¡Uf, aquí, en el tobillo, lo tengo hecho polvo!. Le refiere con un triste rictus de oreja a oreja.
-Bien, con diez sesiones de rehabilitación se te pasará, pasa y espera un momentito.
Convencido de que aquél médico no tenía ni idea, entró en un recinto que olía a limón desodorante. Camillas y aparatos por todos lados. Una mujer de mediana edad le sonrió, luchaba con fuerzas por levantar un brazo. Viendo que Ramón lo observaba todo…
-A esa mujer… del tirón desde una moto la arrastraron por el suelo, ¡20 euros llevaba en el bolso!. Le rompieron la cadera y un brazo. Y aquél, el de la camilla, se cayó desde un andamio, no llevaba arnés de seguridad. Se rompió las dos piernas y no sé cuántas costillas. Siempre va en silla de ruedas. A esa chica, la de las paralelas, la atropelló un coche, dicen que en un paso de cebra. Le amputaron una pierna, tiene que aprender a andar de nuevo.
Ramón desconcertado le preguntó, que qué le pasaba a ella.
-Hace un año me quitaron un pecho, desde entonces he perdido la movilidad de este brazo.
Se hizo un silencio. La mujer amablemente…
-Y a ti ¿qué te duele?. Ramón suspiró algo inquieto…
– Bueno… a mi… en realidad…. me di un retortijón… nada… jugando al tenis… con… con un amiguete… me… duele… al levantarme pero a lo largo del día se me va pasando dice el médico que con unas pocas sesiones dejará de dolerme del todo.
Imagen de Google 
La dulce espera
Es invierno. En el cálido desván guardada en un baúl, una ropita espera. El coche de bomberos, la muñeca, pinturas de colores y algunos cuentos… una carita fascinada anhelan. Cabalga solo el caballo de madera.
Ya llegó la primavera y la forsytia de amarillo todo lo riega. El olmo centenario espera. En sus vigorosas ramas se esconde la cabaña que antaño se llenara de risas frescas. Pían los polluelos que muy pronto volarán por vez primera.
Estamos en verano, observo la vida sentada fuera. Sueño con lo que ha de venir, una ternura inmensa de mi se adueña. El columpio, la bicicleta, la pelota, aburridos a la cola esperan.
Llega el otoño. La hierba alfombra estrena y el viejo olmo desnudo, descubre la casita de risas ausentes que sigue a la espera. Aguarda el baúl, dentro la ropita amarillea…
Suena el teléfono, al otro lado una voz firme, ¡tengo buenas noticias! me comenta. Me monto en mi coche feliz y serena, la larga espera ha merecido la pena.
Me acerco a ella, la arropo en mis brazos.
¡Ya me la imagino jugando en la cabaña del árbol!. Voy a hacer lo imposible para borrar de esos ojitos… el temor que ahora albergan.
Flora
Me llamo Flora y he vuelto a caer… he pasado por un escaparate y no he podido resistirme; ¡me he comprado otro bolso!
Los bolsos me fascinan y no concibo salir a la calle sin uno, ¡eso sería como salir desnuda! Aunque la lenguaraz del quinto dice que en ese caso, bien podría taparme con tan solo uno… por lo poquita cosa que soy.
Mis amigos y familiares saben que si me quieren hacer feliz, pueden regalarme alguno. En el fondo les hago un favor, conmigo las Navidades y cumpleaños no son un quebradero de cabeza. Aunque a veces me encuentre con dos iguales y haya que cambiarlo. Como aquél de rayas que me regaló mi primer novio, entre berenjena y zanahoria, difícil de definir. Lo descambió, sí, ¡pero por uno rojo amapola chillón! Llevábamos cinco meses saliendo y aquello no prosperaba… y qué iba a esperar de alguien que regalaba bolsos así. Yo lo tengo muy claro, dime qué bolso me regalas y te diré cómo eres. Una mañana le escribí decidida: “Te dejo, tu corazón está como mi bolso, plastificado”. No sufrió mucho, esa misma noche mi hermana le vio por ahí, de juerga con otra.
Los marrones son mis preferidos. Los tengo en todos los tonos: tierra, chocolate, canelo. Mi buen amigo Ramiro, médico y pacifista, me trajo uno, color café, de Tetuán. Se marchó a Suiza para no hacer la mili y ¡mira por dónde! se fue a enamorar de la hija de un alto mando de la Fuerza Aérea. Se mosquea conmigo, siempre que le recuerdo, que gracias a las armas conoció al amor de su vida.
Mi madre dice que los bolsos tienen que ser bien grandes. De sus vacaciones en Egipto, me trajo uno en el que se me pierde el móvil, la cartera y nunca encuentro las llaves. No lo sabe, pero lo uso como bolso de viaje.
Los azules también me gustan, desde el marino, cielo, turquesa, hasta el pizarra. Excepto el azul real. Como el que me regaló mi prima, que por cierto aún no he estrenado, posiblemente por su tono aristocrático. Nunca me gustaron los disfraces de reinas ni princesas, ¡ya de pequeña apuntaba maneras! Cuenta mi madre, que esa animadversión hacia lo monárquico la heredé de mi abuela, ahora acrecentada gracias a un rey, que no contento con la crisis que reina en nuestro país, se fue a cazar paquidermos a Botsuana… aparte de ser una indecencia, ¡vaya un curioso y lujoso hobby!, nada apto para cualquier bolsillo.
Otra que me regala bolsos es Susana, una amiga de mamá. Habla hasta por los codos y siempre con sus eternas preguntas: «que si tengo novio, que porqué no me caso, que cuándo voy a hacer abuela a mi madre». Por dios, le contesto con cierta vehemencia… «¡yo no pienso tener hijos, o por lo menos hasta que la maternidad no llame a mi puerta!»
Pero volviendo a mis bolsos, tengo muchos en color verde, en todas sus gamas: musgo, menta, pistacho, militar… vaya, militar, como mi segundo novio… ¡qué recuerdos! Me regaló un Miu Miu, carísimo, pero saliendo de la zapatería donde fui a comprarme unos zapatos que le hicieran juego, le vi con una del brazo… ¡era un hombre casado! Aunque estaba bastante enamorada de él, decidí dejarle. Entonces me convenció de que se divorciaría. Pasaron cuatro meses y yo seguía esperando, ¡ingenua de mí! Pero de nuevo la casualidad se puso de mi parte… ¡volví a pillarle y esta vez, no con su mujer! Despechada se lo dije a ella y le puso la maleta en la puerta. El padre de la otra, que también desconocía su situación, amenazante, le leyó la cartilla y huyó de la ciudad. Por supuesto que las tres salimos ganando.
Tengo varios blancos, pero mi favorito es uno que no es de piel, me lo regaló mi mejor amiga que ahora es vegetariana. Viendo un documental descubrió cómo mataban a las focas bebé para arrancarles la piel, desde entonces ni come carne ni usa pieles de animales.
Los negros me encantan; lisos, con flores, en bandolera, con asas, en mochila, de fiesta. El último que me regaló la hermana de mamá, es para eventos elegantes. Es la mujer más besucona del mundo. Cuando éramos pequeños, nos escondíamos cada vez que venía al grito de: «¡que viene la tía Aquilina!». Fiel a su costumbre, me los sigue regalando negros.
También los tengo grises, como uno en marengo, precioso, que me regaló Gregorio, mi tercer novio. Paseábamos una tarde fría y lluviosa cuando un viento fuerte me lo llevó y fue a parar a un charco. Me puse histérica, mi preciado bolso dentro de aquél lodo, nunca recuperó su color, su textura. Se me puso blandengue, como Gregorio, que me confesó que no podía superarlo, que mis bolsos le perseguían, que soñaba con ellos. ¡Qué ridícula excusa!, a los pocos días le vi con Matilde, esa no tenía tantos bolsos como yo, pero sí dos poderosas razones. Mi hermana para consolarme me trajo uno amarillo, decía que de existir el alma, ese sería su color.
Por culpa de los bolsos me dejó Gregorio, y gracias a eso he conocido al hombre de mi vida, me da que éste es el definitivo, además de tener muchas cosas en común conmigo, ¡tiene una excelente boutique de bolsos!
Para mí el bolso, más que un objeto, es una prolongación de mí misma. Él es importante por todo lo que lleva dentro; el perfume que me identifica, algunas de mis fotos favoritas, direcciones y teléfonos de mis seres queridos, la agenda que me recuerda lo puntual, caramelos para endulzar un momento amargo, el bolígrafo y la libreta siempre prontos cuando me asalta una idea, la apasionada historia que me alimenta hasta que una nueva la reemplaza, la llave del buzón donde siempre espero encontrar buenas noticias, pañuelos para enjugar la emoción…
Por cierto, no me molesta que digan que soy una mujer a un bolso pegada, ¡me gusta ese aire quevediano!, porque aparte de los bolsos, y al igual que el maestro de la sátira, poseo un inagotable sentido del humor. Seguro que estáis de acuerdo conmigo con aquél refrán que dice…
«Más vale bolso en mano, que cien cosas dispersas por los bolsillos».
Flora nació para una despedida de curso. Quise hacer algo jovial. La original llevaba los nombres de mis compañeras, solo he obviado eso y algún detalle que ahora no viene a cuento. Si con Flora consigo sacarte una sonrisa, aunque sea fugaz, me daré por satisfecha.
La ilusión del día
Todas las mañanas, aprovechando que sale a la calle a fumarse el cigarrillo, me llama por teléfono.







