Salió aprisa, pensando que allí al aire libre se celebraba una fiesta.
La música sonaba optimista. Un sol encendido como el fuego, oscureció sus ojos negros. Corrió al ver que alguien lo llamaba, mas, algo no iba bien…
¡No medía las distancias!. Deambulaba de un lado a otro. Sus ojos aún velados, buscaban desesperados una salida. Atisbó a uno de los suyos, corrió hacia él, pero cuando estaba a su lado, un incisivo, lento y doloroso ataque le hizo tambalearse. Notó que sus fuerzas mermaban.
Algo llamó su atención, cuando se acercó, un nuevo impacto lo hizo revolverse. Estaba confuso, no sabía para dónde ir, se desplazó hacia delante y percibió otro. Nuevamente alguien levantó su interés, avanzó unos metros y recibió un impacto más, siempre en el mismo sitio.
El clarín sonaba, como su cuerpo, enardecido. Llegaron más… no pararon, hasta el fin.
Todo se tornó turbio, su latido se derramaba, dejando constancia de su sentir.
No entendía porqué yacía en el suelo. Unas horas antes corría por un jardín inmenso.
Dehesa andaluza, imagen tomada de Google


Me crea angustia este relato. No consigo identificar al protagonista. En la tercera lectura por fin sé de quien hablas. La pista fundamental me la da la dehesa. Claro, todo cuadra en esa tarde de tortura que no de arte.
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Lo sé Ximens, mi intención era «confundir». Por desgracia, el maltrato también se hace extensible a los animales.
Me encanta tu última frase.
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Entristece el relato. Consigues que el lector esté en vilo, pero al final se aclara todo. Es una descripción exhaustiva de lo que sucede en algo que llaman «fiesta» y no es más que un drama lamentable y abominable. A ver cuándo desaparece.
Gracias por despertar conciencias y cuestionar formas de pensar que yo entiendo totalmente erróneas.
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