Siempre me gustó verte así, balanceando tus pies sentada frente a la ventana y el sol pintando tu pelo. Cuando me acerco a ti, veo que en tus manos descansa un retrato, ese en el que estás vestida de blanco. Me lo enseñas, con el índice señalas al que está a tu lado, me miras, me preguntas por mi y no sé cómo rescatarme…
Porque soy yo el que se pierde cuando viajas a las estrellas, el que se vacía cada vez que te desprendes de uno de nuestros recuerdos, el que teme cómo se desvanecen poco a poco en tu memoria. Soy yo el que necesita saber qué seré, qué haré sin ti, quien se duele… de que no me reconozcas.
Te acaricio y te abrazo, te beso… por si con ellos vuelves.
Me encargaron un reportaje sobre un Mercado Medieval que se celebraba en mi ciudad. En él se presentaban diversos trabajos artesanales; utensilios de barro, jabones, semillas, libros antiguos, anillos y pulseras cuyas piedras naturales competían con el brillo de un sol de justicia. También se destinó un lugar para los animales, que estoicos, aguantaban el constante ir y venir de personas que no cesaban de hacer corro a su alrededor.
Mi cámara tomaba buena nota del número de gansos, patos y gallinas y de las dimensiones tan pequeñas, que unido al excesivo calor y la falta de agua fresca y limpia, estaban haciendo de su estancia un infierno. Me dirigí después al cercado donde estaban, una mamá cabra con sus tres cabritos. Aprecié, como espectadores, a unos niños en primera fila intentando tocar con sus manitas a uno de ellos, al más chiquitín.
La mamá cabra le perseguía por el diminuto espacio, a pesar de no poder escaparse, pendiente de él en todo momento.
Dirigía mi objetivo hacia el pequeñajo cuando unas palabras me sacaron de mi afán…
“Ese tiene que estar riquísimo a la brasa”.
¡La voz era la de un niño!, perpleja e incrédula giré la cabeza. Efectivamente me topé con un niño que por su edad, aún no debería saber que eso pudiera ser comestible. Lo más atroz si cabe, es que al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, con su manita frotaba su abdomen, haciendo círculos sobre él.
Deduje que sus padres consentían este comentario, porque rieron satisfechos su ocurrencia. Cómplices, los tres, se miraron, mientras, el pequeño con la mano aún manoseando su barriga, les decía aclarando a la vez que informaba…
“Es que… el más pequeño, es el más tierno”.
Intentando calmar mi primera reacción y dirigiéndome, especialmente a sus padres…
“Pero ¿cómo puede decir eso?, ¡cómo es posible que siendo tan pequeño, en vez de un cachorrito o un amiguito con quien jugar, esté viendo un filete en su plato!”.
Podía haberlo intentado. Haberle hablado sobre la empatía, la conmiseración, el respeto a la vida. Descubrirle que ese animal, mamífero como él, sentía el dolor, el frío, la sed, una caricia. Podía haber tratado de explicarle las diferencias entre nutrirse y consumir, alimentarse y ser voraz. Podía haberle sugerido que si ya no apreciaba la vida de un ser vivo, en un futuro podría no valorar, las que le rodearan, alguna quizá más allegada.
En la necesidad de seguir recopilando datos sobre el estado de los demás animales, me fui de allí más triste que decepcionada, convencida de que ese niño no me habría entendido y sus padres tampoco. A juzgar por sus exultantes caras, estaban realmente orgullosos de estar criando a una bestia…. un tipo de bestia que nada tiene que ver con mis amigos animales.
La familia García sentada a la mesa de su flamante salón, se dispone a desayunar.
El padre, Roberto, se sirve:
Un café instantáneo sin cafeína, dulce, pero suave, con semidesnatada, sin lactosa, a las nueces, con sacarina. En unas rebanadas a las doce semillas, sin corteza, sin sal, sin azúcar, unta margarina vegetal, sin grasas. Mermelada sin trozos sabor a frambuesa, sin colorantes, en dosificador antigoteo.
La madre, Elvira, al otro extremo de la mesa toma:
Un te rojo parcialmente desteinado con antioxidantes naturales, sin azúcares añadidos. Le añade desnatada uperisada con lactosa, sin colesterol enriquecida con calcio 100% natural + vitamina D, 2ug. Barritas con el 33,01% de fibra con salvado de trigo salvaje, más plus de soja manzana y pera, que le ayudan a regular el tránsito intestinal.
Laura, la hija mayor siempre desayuna:
Un preparado soluble multi- cereales de disolución instantáneo y le añade leche en polvo entera deshidratada con vitaminas A+ D + E. Un yogur griego desnatado semiedulcorado con sabor, sin trozos de papaya salvaje y cereales integral de con frutos secos bañados en copos de arroz ligeramente azucarados.
Frente a Laura, Jorge, diariamente toma:
Leche entera azucarada, O% M.G con sabor a frutas del campo, enriquecido con calcio + vitamina C. Un chocolate sin cacao desgrasado con trocitos de chocolate blanco sin azúcar. Los mini crujientes ositos dorados al horno de leña de pino, con sabor a higos tiernos, ligeramente chocolateados que pueden contener, trazas de plátano, almendras, pipas, avellanas, pistachos y huevos de granja, no faltan jamás en la mesa.
Jaquim, está sentado al lado de Jorge. Es de Guinea Ecuatorial, tiene 12 años y está de acogida en la casa de los García. Este es su primer desayuno con ellos. Lo observa todo. Cuando le preguntan, por qué no empieza, mira la mesa detenidamente… de derecha a izquierda, de izquierda a derecha:
“Estoy buscando la leche, algunas veces la reparten en nuestra aldea, y también el pan… a mi me gusta mucho la leche migada con pan”.
Cuando entró en correos y se puso a la cola, se percató de la mujer que estaba delante de él, embelesado la examinó de arriba abajo…
“Qué elegante y atractiva, ¡y qué perfume!, esta dama tiene ángel”.
“Alicia Carreño”, escuchó que le decía al de la ventanilla.
¡Dios!, ese apellido le transportó a su aciaga niñez, a una infancia de infierno, al cinto sobre sus piernecitas desnudas. Cuando pasó por su lado, la miró con el rabillo del ojo…
“Pues… no es tan guapa, y esa ropa barata de mercadillo, ¡Uf… qué asco de pachulí, será buscona la tía!”.
Me despierto de madrugada, voy a la cocina y ahí estás. Me miras irónico, una vez más… mofándote de mi. Cansada de renuncias, decidida, te introduzco el cuchillo con deleite, hasta el fondo, relamiéndome, disfrutando de lo prohibido.
La roja jalea resbala por la comisura de mis labios, la noto caliente, cuando llega a mi escote un escalofrío se desliza por mis pechos.
Vuelvo a la cama resarcida, satisfecha, imaginándome tu cara cuando al levantarte veas el tarro de mermelada de frambuesa, vacío y tirado en medio de la cocina.
Me levanto temprano, azarada, temblando, con la misma sensación de asqueo e impotencia con la que me acosté anoche… “Siempre serás una foca, sin mi no eres nadie, no sirves para nada”.
Cuando entro en la cocina…
Lo limpio todo con esmero: El charco en el suelo, los rastros en el azulejo, las huellas en el pasillo, en mi cuerpo. Lo envuelvo en una sábana y cae por esa desconocida pendiente y de tan difícil acceso.
Diminutos copos de nieve blanquean la carretera. Con frío y tardío, llega al hospital. Abre la puerta, despacio, para no molestar a su mujer, que duerme. Se topa con la cuna, una inquieta y preocupada sonrisa le delata, ella, serena, con los ojos cerrados, le dice: “Voy a quererla con toda mi alma”.
Un tímido sol invita a salir a la calle, al mes de nacer su hija dan su primer paseo. Ella lleva el carrito. A pocos metros y de frente, los del tercero. Repentinamente le arrebata el cochecito y se lo lleva a la otra acera. Perpleja va detrás.
-Pero ¿por qué has hecho eso?.
-No sé, bueno… sí, no puedo… no puedo con esto.
-Es tu hija, tienes que quererla como es.
-Pero… con una amniocentesis esto…
– Lucia debía nacer, es lo más bonito que me ha pasado nunca.
Ella no entiende su desasosiego. Él no comprende su felicidad.
A Lucía le encanta ir al cole, las chucherías, jugar con los niños, chapotear en el agua… como a cualquier niña.
Hoy cumple 16 años, camino a la fiesta charla animada con sus amigas. Tropieza con un hombre muy elegante, pero huraño, de esos que resuelven con una sentencia y una minuta mensual. Lucía le mira a los ojos. Estos no saben esconder una inmensa frustración.
21 marzo 2012,
ONU conmemora primer Día Mundial del Síndrome de Down
Por primera vez en la historia, Naciones Unidas conmemora el Día Mundial del Síndrome de Down, instituido el año pasado por decisión de la Asamblea General.
La fecha fue establecida para reconocer la dignidad, valía y contribuciones de las personas con discapacidad intelectual. ¡Bienvenida Lucía!
Nada más levantarse llamó por teléfono a su amiga, pero su móvil estaba fuera de cobertura. En vano, le escribió un iMessage, al rato un WhatsApp. Más tarde probó sin éxito con Facebook, después con Skype, a media mañana lo intentó con Tuenti, finalmente con Twitter, desesperada gritó…
-¡Mamá no hay Wifi, no consigo contactar con mi amiga, estoy incomunicada!
-¿Porqué no vas a buscarla a su casa?.
-¡Mamá estás loca, cómo voy a ir su casa!.
-Muy fácil querida, saliendo por la puerta y llamando a la suya…
Cuando despertó todo le era extraño. Por un gran ventanal entraban los rayos de un entrometido sol que le obligaba a cerrar los ojos. El aire sabía a desinfección.
Se hallaba en una cama que le era desconocida. A su derecha, no muy lejos, otra cama igual. A su izquierda un armario. Por la puerta abierta asomaba una vieja maleta, sobre ella un sombrero. Del pomo colgaba una cachaba, se apoyó en ella. Con paso vacilante se acercó a la ventana. Miraba de un lado a otro cuando alguien se le acercó…
-¿Qué hago aquí?
– Buenos días, Herr klaus, ¿qué tal ha dormido?
Huérfano de educación y con ceño cabreado, con el temple de quien está acostumbrado a los antojos de la hosquedad…
–¡He preguntado, que qué hago yo aquí!
–Le trajeron ayer, ya lo sabe… aquí tiene sus pastillas, para el dolor.
Sabía quién le había traído, también dónde estaba… lo que no recordaba era por qué.
Las pastillas, el dolor… no era el cuerpo lo que más le dolía.
Corrí como una bala porque acababa de recordar que había dejado en la sartén, dorándose, unos ajos. El humo empezaba a salir por el pasillo y me impedía ver con claridad cuando entré en la cocina. Rápidamente retiré del fuego la sartén al mismo tiempo que le gritaba a mi marido…
-¡Por dios, estabas aquí!, ¿Por qué no lo retiraste del fuego?
Con aire triunfante me contestó:
– ¡Si he abierto la ventana!, he visto el humo… pero…
¡qué sé yo lo que estabas cocinando!
La sartén, los achicharrados ajos y yo, atónita, descubrimos que efectivamente…
Te huelo de lejos. Cuando llego a ti, de una terrible pesadilla quiero despertar.
Pareces mar quieto, negro, descansando de una traicionera tarde y desalentadora noche, de una eterna madrugada. Aferrados aún, tus árboles todos de negro, alzan sus brazos desnudos de vidas, inertes y lastimeros.
Te busco verde, insectos, nidos, madrigueras… todo en ti está muerto. Las aves ya no planean tu espacio, las ardillas no surcan tus alturas, no hay reptantes arando tu suelo.
De nada sirven ya esas nubes negras que te acechan…
Maldigo todas las manos… la insensata, la intencionada, la demente, la carente de alma, la causante de tanta desolación.
Hoy vistes de negro y mis lágrimas de luto, caen sobre tu llanura yerma y negra.
Tan solo diez minutos y mi tren partiría. Los escasos metros que me separaban del andén, me parecieron miles. Las ruedecitas de mi maleta apenas tocaban el suelo, mis pies volaban raudos en busca de un supersónico tren que pretendía salir sin mí.
Volvía a hacerlo, cada viaje la misma cantilena… “La próxima vez vendré con más tiempo y me tomaré un café, visitaré esas llamativas tiendas”, sin admitir que yo agotaba hasta el último minuto de mis idas y venidas. Jamás un tren me había dejado en tierra. Mi abuela decía que era un don… «Llegar siempre a tiempo donde crees que tienes que estar.»
Sentada, comprobé que haría un viaje sin acompañante. Saqué de mi bolso un libro, El mar. Tenía cuatro largas horas para adentrarme en él, aunque no sabía si éste me resultaría tan cálido, profundo y divertido como el que me vio nacer.
Un suave y entrecortado sollozo me distrajo, levanté la vista y al otro lado, unos ojos claros se me quedaron mirando… “¿Por qué lloras?”, me pudo la curiosidad. Sin respuesta alguna, apartó su mirada, pero cada surco de su cara delataba el ir y venir en sus adentros.
El mar me esperaba y volvió a empaparme, el vaivén del tren mecía sus apasionantes letras.
De nuevo el conocido llanto, me devolvió al moderno vagón. Giré la cabeza y una vez más los cristalinos ojos. Sostuve su mirada, hasta que ella tímidamente se levantó y se sentó a mi lado.
“¿Crees que podrías entenderme?”. Su pregunta me desconcertó, no era ayuda lo que pedía. “Claro, le contesté, tengo dos hijos de tu edad y lo intento todos los días de sus vidas”.
El tren avanzaba aunque eso ya no importaba, la joven sumida en una tristeza tan intensa como un mar, parecía querer llenarlo.
Recordaba cómo logró alejarse de lo que le ataba. Romper con la mentira que le impedía ser ella. Se lamentaba, hablaba de intolerancia, de solapadas respuestas a una verdad jamás admitida. Repentinamente una rosada sonrisa tiñó su rostro, acariciaba una medalla en la que se leía un nombre, la cadena que colgaba de su cuello se entrelazaba entre sus dedos…
“Por ella abandoné mi país, la vida comenzó con ella y aprendí que esperar y que te esperen es compartir, descubrí que ya no me daba miedo sentir, estremecerme”
Rememoraba sus afortunados días, de repente dejó de acariciar su nombre, descolgó la cadena de su cuello y la arrojó al suelo. Extrañada le pregunté. De nuevo sus ojos volvieron a colmar su ánimo.
“Me ha dejado, huyo de todo lo que me recuerda a ella, del sol, del aire, del mar”.
El desamor llenaba su vida, se dolía. Con tono afligido, desgarrador…
“Sin ella la vida no sabe, no huele, no soy, no quiero seguir, ¿para qué? ¡quiero acabar con todo!”
Sus últimas palabras me sobresaltaron, pero respiré tranquilidad, acariciando su mano le dije…
“Existen otros mares, otros cielos, alza tu vista y mira ese sol que amanece por ti, resplandece para ti, ahí fuera hay alguien que espera, un nuevo corazón que anhela inspirarse en ti”.
Pasaron unos minutos, interminables. Sus ojos seguían brillando, pero ausentes y quietos. De pronto, noté en ellos otro destello, no de lágrimas, sus transparentes ojos ¡querían seguir estando! estar donde creían querer estar.
Viajamos en silencio, el calor de nuestras manos, aún unidas, eran el mejor presagio de una promesa, seguir.
No se presentaron, dos nombres son sólo nombres. No se despidieron.
Jamás se llamarán por teléfono, pero conservarán para siempre el roce de sus manos, tan solo bastaron cuatro horas para hacerse eternas.
El autobús del colegio le dejaba al lado de casa. Entraba corriendo, abandonaba su mochila por doquier y recogía la merienda que le tenía preparada. Apresuradamente cogía el balón y como un rayo salía a la parcela, tras unos metros se detenía frente a una casa, cercana a la nuestra. Esperaba. Yo le observaba desde nuestro jardín, agazapada para que no supiera que conocía su secreto. Merendaba y al mismo tiempo jugaba al balón, que con certera maestría colaba donde quería, no en vano era el pichichi de su equipo. De vez en cuando giraba la cabeza hacia nuestra casa, parecía pedir a gritos: ¡Mamá agua!. Nuestra complicidad era tal que no hacía falta que lo hiciera, me acercaba y con la excusa de llevarle la sudadera que repetidamente olvidaba, sacaba de mi bolso una botellita de agua: “Cariño, ¿tienes sed?”. “Si, gracias mamá”, me contestaba admirado. Secaba su frente sudada, más por la emoción que por el cansancio, exultante, seguía esperando. Al rato, una voz y pícara sonrisa, la sonrisa de quien se siente cortejada, se percibían por una ventana: “Daniel, ahora salgo”. Las altas y densas adelfas le impedían verla, pero cuando la oía, todo en él se transformaba. Tras varios minutos aparecía Marta, la niña que le hacía suspirar. Jugaban hasta caer la tarde, en la pandilla todos sabían que él y Marta eran novios. Los días transcurrían, y como cada tarde salía a esperarla, pero, aquélla no se asomaría a la ventana. Begoña, su hermana, le entregó un papel doblado, dentro unos trazos infantiles…
Ya no soy tu novia ahora mi novio es Ruben. firmado: Marta
Humillado y enojado irrumpió en casa, subía las escaleras repitiendo: “Rubén es un idiota”. Sus ojos iban cargados de dolor, también de lágrimas. Le seguí hasta su habitación. En contra de mi deseo, decidí dejarle solo y sin preguntas a la espera de que fuera él quien las precisara. Necesariamente ese día mi hijo descubriría que sentir amor, a veces conlleva también padecerlo. Esa noche, cuando fui a arroparlo, susurró: “Mamá no hagas eso, ya no soy un niño”. Le di un beso y como no era partidaria de encomendar destinatarios a sus sueños, por si en ellos no hubiera cabida para otros querubines, le deseé: “Que sueñes con quien tú quieras”. Apagué la luz, desde la oscuridad me preguntó: “Mamá, ¿hay muchas novias en el mundo?”. Su pueril pregunta me consoló, dejaba adivinar que su primer desengaño pasaría pronto, “Pues claro que hay muchas novias, tantas como novios”. Se rió. Al salir un papel arrugado en el suelo llamó mi atención, en él se leía:
Ruben eres un estupido
Más abajo unas conturbadas letras:
por que a mi
“Empieza a dejar de ser un niño”, asentí con melancolía. El dolor forma parte de nuestra vida, y aferrarse a ella, entraña madurar. Aquella fue la última noche que lo arropé.
Escucha la televisión mientras lava los platos. El ruido del agua la transporta al río de su niñez, entonces, sentada en la orilla desdibujaba la luna con el «palante y patrás» de sus pies. Le salpicaba el agua, templada, suave.
A sus oídos llega la palabra arte.
Ella es una apasionada de Sorolla, de Rodin, de Yepes. Absorta, gira la cabeza hacia el televisor, pero ¿dónde están las imágenes de mujeres paseando por la playa, o la de esos amantes desnudos fundiéndose en un beso?, ¡Tampoco oye al músico sonar con su guitarra el Concierto de Aranjuez!
Se seca las manos, va en busca de sus gafas.
Una mueca de horror invade su rostro, abre los ojos de par en par, se lleva las manos a la cabeza, mientras un gemido desesperado, colérico, asoma a su garganta.
¡Un hombre está atravesando con una espada la parte baja del cuello de un animal, hiriéndolo, torturándolo!
Se oyen voces, música, aplausos. La sangre le resbala destacando sobre su cuerpo negro y cae al suelo, agonizante.
No ha llegado a tiempo de ver algo artístico, laudable, bello… pero sí, el martirio a ese animal lastimero.