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Es más feliz desde que no estás. Nadie le obliga a sorber sus lágrimas, a patear pelotas, sacar pecho, que le eche huevos, que se vista como Dios manda. No hay cajones secretos que custodien muñecas, braguitas, bolsos ni colonias. Ya no le compro la ropa a escondidas.
Los dos agotamos nuestros esfuerzos; tú para acallar a la mujer que era, yo para pedirte que le llamaras por su nuevo nombre. Otra vez se repetía la historia. La diferencia es que el acoso de tus padres no cayó en saco roto, tú sí que sacrificaste a la que llevabas dentro.

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