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Corazón congelado

Resolvimos cambiárselo a todos los terrícolas que restaban. En su lugar les trasplantamos otro fabricado con rosas de Jericó, bayas de açai y algas del mar Rojo. 

Pretendíamos que el nuevo comenzara a palpitar de forma rítmica, ya que el anterior latía frío, descomedido y desacompasado. Llevábamos tiempo observándolo. Ya no se partía ante un niño hambriento o una mujer desesperada. Tampoco se ablandaba delante de un indigente aterido ni de un perro desamparado en la calle. Mucho menos se encogía frente a la muerte de un bosque, la desaparición de alguna especie, la agonía de los mares o el deshielo de los casquetes polares. Aunque no nos extrañó especialmente, era de esperar que, tras tantos conflictos, injusticias, guerras, holocaustos y genocidios, el de venas, músculo y arterias, finalmente terminara perdiendo toda sensibilidad.

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Nadie te echa de menos

Igual es casualidad, pero últimamente ha empezado a venir gente a casa; nuestros padres, mis hermanos, los tuyos, y algunas tardes nuestros hijos invitan a merendar a sus amigos. También, a veces, se queda a dormir Cristina, la amiga de Ana. El otro día, por ejemplo, la vecina vino a pedir sal, ¡fíjate que no la recordaba tan agradable! Y el cartero, que no sabía nada, me preguntó si aún seguías enfadada. No pienses que estoy exagerando, pero Toby ya no muerde al que se acerca a nuestra casa, hasta creo que ladra menos. Ahora los chicos hacen los deberes, su cama, recogen la mesa y nunca se olvidan del almuerzo. Y yo, antes de irme a trabajar, plancho mis camisas. Tienes que saber que algunas noches me quedo dormido viendo la tele y me olvido de la copa de vino sin el posavasos sobre la mesa de madera. Que muchas veces cocinamos juntos y durante las cenas conversamos y reímos. ¡Ah!, y ya no se discute sobre quién pone el lavavajillas. Tranquila, que no nos hemos derrumbado, seguimos con nuestras vidas. Así que haznos un favor, ¡no te revuelvas más y descansa de una puñetera vez, en paz!

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El paraguas vengador

Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Se ha ido a trabajar sin mí y me ha cambiado por otro, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.  

Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante un acoso constante. Cuando por fin aparece la increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…

Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.

Pero esto no es una película.  

Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre. 

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El tonto de la lotería

Hay que ser majadero. Quién mejor que ella para aguantar mis complejos y este humor mío que sube y baja más que la bolsa; los sermones de mi padre; las brasas de mi madre; las navidades entre cuñaos… ¿Y cómo se lo pago?

¿Y tratar así a mi vecino?, ¿acaso tiene la culpa de tener esa cara de baboso? Con la de veces que me arregló la cisterna, los atascos en el fregadero ¡y siempre sin cobrarme un duro! ¿Se puede ser más egoísta?

Y llamar a mi jefe metiéndole por el culo el empleo que me ofreció cuando nadie confiaba en mí y nadie me daba trabajo… ¡Mentecato no, lo siguiente! 

¡Y regalarle mi Vespa al kioskero solo por reservarme cada miércoles la porno! ¿Seré gilipollas?

Y mi Panda al Juanma, ¡precisamente a ese meapilas!

¡Mecagüentoloquesemenea! ¡Hossstiaputa!, ¡cómo se puede estar tan cegato y confundir un siete con un uno! 

Man celebrating with winning lottery ticket inside lottery office

Prestada de la red

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Los ojos de Manuela

«Esta tarde les oí hablar en la cocina. Mamá decía que al volver del mercado se había encontrado con el niño de la casona —creo que se refiere a ese que nació tan malito, el que llevaron a curar al extranjero—. Que iba con un señor que trabaja en su casa y que le lleva a todos los sitios. Que se imaginaba —por la funda de violín que llevaba en la mano—, que iban a clases de música.

Hablaron de ti, de lo mucho que te gustaba la música. Igual que a mí. Pero que nosotros no podíamos permitirnos esas cosas. Dijo que tenía mi mirada. Y la tuya. Que sus ojos eran bellos y claros como el día, igual que los míos. Y los tuyos. Entonces mamá se puso a llorar y papá la consolaba. Que no llorase, que nada podían hacer, que los que tenían dinero y abogados eran ellos, que ya era hora de olvidar que habían pasado diez años… qué casualidad, pensé, los mismos que hace que desapareciste tú. Te quiero mi gemelita, buenas noches».

Besa la manoseada foto y la guarda en el cajón, junto a las ganas de que su hermana, algún día aparezca.

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Hábitos culturales

Alika fantasea con su muñeca y juega a ponerle ropitas con los trapos que encuentra. Su mamá de vez en cuando se acerca y le cuenta que en nada crecerá y no podrá seguir jugando con ella. Se enamorará de algún chico de la aldea, pero tendrá que arrancárselo de la cabeza porque de su corazón no es la dueña. Después cubrirán su cuerpo con un vestido infinito, como el que lleva ella, holgado, de tela firme, que no marque las curvaturas de su figura. Un pañuelo también oscuro, tapará su cabello, ocultará su talento y sus ideas. Para entonces ya podrá fabricar hijos. Yacerá con quien no ha elegido ella, porque de su piel no es la dueña. Su sonrisa no se mostrará en la vanidad de ningún espejo, su boca será invisible, sin opinión y sin lengua, sus manos desconocerán la textura de un libro y puede que sus ojos mueran huérfanos de narraciones y leyendas.

Alika es aún muy pequeña para saber de lo que habla su mamá, también para entender por qué insiste en adelantarle una a una las piedras que debió encontrarse ella en su destino.

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Parafilia

No recuerda su niñez sin una canica en las manos. Era un fiera jugando con esas bolas de colores. Las tenía pequeñas, medianas, grandes. De las primeras andaba sobrado, se las fue ganando una a una a los chicos del barrio. De las segundas tenía menos, las robaba del tarro que su hermano tenía escondido en el armario. Sin embargo, de las últimas, que eran las más difíciles de conseguir, atesoraba unas cuantas. Se las regalaba el hombre de la esquina cada vez que le hacía uno de esos mandados. Él conocía muy bien a la gente del barrio y solo tenía que llamar al timbre y preguntar con su voz de chiquillo que si por favor le abrían la puerta. Se enteró de más mayor. Entonces, no sabía que cuando una mujer se encontraba sola en casa, era más fácil forzarla, sobre todo si tenía más de setenta años.

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El paraguas vengador

Lleva toda la mañana triste y al ir a colgarse el bolso se le ha escapado un gemido de dolor. Me ha cambiado por otro y se ha ido a trabajar sin mí, claro, después de lo de ayer yo también ando algo resentido. Al menos hoy no tendrá que ocultar su cara, sus lágrimas se confundirán con la lluvia.  

Anochece y el otro deambula nervioso por la casa. Las baldosas del pasillo tiemblan. Su reloj tirita ante el acoso constante. Cuando por fin aparece le increpa fuera de sí. Ella recula asustada y acorralada de espaldas a la puerta trata de defenderse: que no ha sido culpa suya que salió más tarde del trabajo y perdió el autobús. Entonces me saca del paragüero y me levanta en alto…

Cómo me gustaría llevar un arma secreta dentro de mí, como la del protagonista con traje y bombín —el de aquella serie de los años sesenta—, y acertarle de lleno en el corazón.

Pero esto no es una película.  

Ayer me rompió dos varillas. Hoy sé que me dejará inútil, para siempre. 

Miedo, denominador común en la violencia contra la mujer

La imagen la he cogido prestada de la red, incluido el pie de foto.

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Papá

Era aún un niño y no entendías que no quisiera chocar camiones y autobuses con coches de policías o no fueran las gemelas las que más jugasen con las muñecas. Tampoco veías lo forzado que salía de casa cada vez que había que calzarle o comprarle ropa. Y esa obstinada insistencia en compararle con el mayor, reprochándole que no se pareciera a él ni un poquito. Empleaste su infancia en querer hacer de él un machote. Jamás una mirada inofensiva a sus ingenuos ojos, pasear con él por la calle de la mano. Hasta que llegó un día en el que se atrevió a replicarte, lo hizo desde un puente, quizá para demostrarte que lo suyo no era una cuestión de huevos.

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Goteras

«Pues sí, cariño, yo pensaba que no, pero existen. Recuerdo que según me acercaba al medio siglo se me instaló en el pie derecho un dedo martillo, en el izquierdo un disforme juanete y un par de puentes en la boca. Apenas traspasé los sesenta, una persistente tendinitis viaja de hombro a hombro como Pedro por su casa. Meses más tarde se me alojaron en las piernas unos indeseables calambres que se multiplican cada vez que llega el invierno. Además de este insoportable dolor de rodillas, cataratas en ambos ojos y dedos arqueados en las manos, desde que cumplí los setenta apenas duermo cinco horas».

La niña la miró estupefacta… 

«Abuelita, yo solo te había preguntado… que qué eran los achaques».

Esta imagen la he cogido prestada de Google

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Una pasmosa mañana de verano

Me desperté desazonada recordando las noticias sobre esa chica a la que habían destrozado la vida. Y según bajaba a desayunar pensaba en mi vecina, y en sus tres hijas, y al tiempo que me lamentaba por ella, me alegraba de no tener su suerte.  

Mis hijos preparaban el desayuno en la cocina. Le abrí a un sol que pedía entrar por la ventana y por la que se colaron también las risas de las tres jóvenes que se hallaban en el jardín. Mientras desayunábamos propicié la conversación. El de 17 opinaba que eso era de sinvergüenzas. Jaime, dos años menor, que eso no se le hacía a una chica. Cuando el mayor condenaba tamaña barbaridad, las risas de las chicas mutaron en algarabía y la voz de una de ellas viajó hasta nuestras tostadas pringándolas de desconcierto…

«No tienes ni idea, Marita, esa nos está troleando, te lo digo yo, ¡no quiero imaginarme la clase de padres que tendrá!». 

Seguidamente, la voz de otra de las jóvenes, más alterada y socarrona, aterrizó sobre nuestros cafés, zumos y colacaos, transformándolos en sorbetes y granizados de asombro y perplejidad…

«¡Zorra, es es lo que es, una zorra, anda que no se lo pasaría bien montándoselo con los cinco!»

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Hola y Adiós

Quise irme de allí, de su lado y cariño, a un lugar cualquiera. No era mi momento. De lazadas ni de alianzas. Y tras hacer añicos su corazón le eché un pulso al mío y a mis veintidós primaveras. Cuando embarré bien mis botas y mis faldas se enredaron entre cardos y mil espinos, la melancolía, ávida de sus besos, me aconsejó retornar a sus brazos.

Llamé a su puerta. Me abrió una mujer delicada y serena. Una pitusa alojada en su regazo me trajo su mirada aceituna; un querubín aferrado a su pierna su ensortijado pelo. Pregunté por él pero no necesité respuesta… seis ojos me desvelaban que yo había muerto. Recogí mi turbación del felpudo, el bochorno de mis mejillas y partí de nuevo, pero mi estupidez todavía sigue allí, delante de su puerta.

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Desde siempre. Para siempre

Se conocieron en el instituto y la universidad separó sus vidas. Años después, Julia se casaría con un aspirante que la acomodó como sus padres pretendían. A Benita, uno que decía amarla, la abandonó dejando su vientre ilusionado. 

Hoy el tiempo las ha encontrado en un hogar para ancianos. 

Pasan las tardes en la biblioteca. Julia desde su sillón se esconde tras su abanico. Benita no pierde detalle y disimula pasando las páginas de un libro. 

Si la una se levanta la otra le sigue detrás. También al acostarse piensan la una en la otra. Julia promete que mañana se sentará a su lado; le dirá que sus ojos azules le recuerdan a alguien que una vez amó. 

Mas esa madrugada la salud le dicta sentencia. 

Una tarde más Benita acude a la biblioteca, pero hoy hace nueve días que nadie va tras ella. ¡Cuánto le pesa no haberle dicho a Julia que su voz le recordaba a alguien que una vez amó!

Sin embargo, el desconsuelo y el alba se compinchan y citan a las dos amantes. De seguida, un par de margaritas deshojadas de vergüenzas cayeron del cielo y dos eufóricos «me quiere» estremecieron la residencia. 

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La bolsa de la compra

Podría sonar a incoherencia, mas yo recuerdo aquellos días como los más entrañables de mi infancia. Incluidas esas tardes en las que nuestros padres nos castigaban sin merendar haciéndonos creer que era en reprimenda por habernos portado mal. Pero es que la actitud y el tono eran tan sin enfado que mi hermana y yo seguíamos jugando al parchís, como otras veces, sin darnos cuenta de que eran excusas y una casualidad que, siempre que nos castigaban, el frigorífico se encontraba vacío. Entonces salían los dos a la calle, advirtiéndonos… —ahí sí que se ponían serios—, que no abriéramos a nadie. Que esperásemos a que ellos volvieran. Y que cuidáramos de Toñín; que correteaba feliz en su triciclo sin enterarse apenas de sus ausencias. Al final siempre volvían con comida. Hasta esa vez en que solo regresó papá. Sudando mucho, con los ojos muy rojos y la pistola de Toñín asomando por el bolsillo de su abrigo. Echábamos mucho de menos a mamá, pero también nos daba mucha pena papá, sobre todo cuando salía a jugar fuera, con la pistola, él solito.

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El casting

No le pilló por sorpresa descubrir que eras candidato a los recortes que se avecinaban en tu empresa. Sí que le propusieras un cambio de roles con la excusa de que llevabas demasiadas estaciones levantándote antes de que despertase el cielo. No negó que recuperar el puesto de docente —el que tuvo que aparcar cuando nacieron los mellizos—, era su sueño hecho realidad. Y confesó que hacerte entrega de las idas y venidas al instituto, conservatorio, clases de alemán, natación, y «la cartera de nimiedades domésticas», que así llamabas tú a las faenas de lavar, planchar, cocinar… superó sus expectativas. 

Que tres semanas más tarde aparecieran tus primeros desajustes hormonales, no le consternó, entendió que necesitabas tiempo para aclimatarte. Pero volver del trabajo y sorprender en el porche a dos mujeres confundiéndose entre sus camelias y hortensias, entrar en casa y hallarte con una tercera informándole que la jornada laboral sería de 9 de la mañana a 4 de la tarde, echó por tierra todas tus teorías, alegatos y peroratas sobre la igualdad.

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Para espina, la mía

Decidimos llevar a nuestras madres al monasterio de La Santa Espina. Querían conocer el sitio donde dicen se hallaba una de las espinas que Jesucristo portó en su corona el día de su Pasión y Muerte. También visitaríamos un mesón donde servían las sopas de ajo, los empiñonados y huesos de santo más exquisitos de Valladolid. Llamé para reservar mesa. Al otro lado una voz dispuesta apuntaba los comensales: Mi suegra, que iba en silla de ruedas. Mi madre sorda de un oído, mi pareja y yo.
Tras la visita, y mientras mi marido aparcaba el coche, me acerqué al mesón para inspeccionar el lugar. El joven que me atendió estaba detrás de la barra, miró una nota y me observó detenidamente. Después me indicó que le acompañara al sitio que nos habían reservado…
—Aquí su hija y su yerno. Usted enfrente de ellos. Y a su lado su consuegra, que como ve tiene más espacio… me espetó sin tacto el imberbe y cegato empleado en un tono de lo más elevado.

La Santa Espina localidad del municipio de Castromonte,  provincia de Valladolidcomunidad autónoma de Castilla y LeónEspaña enmarcada en la comarca de los Montes Torozos.

Y este ha sido el último relato que participó en el LEMCA, un concurso con el que yo he disfrutado mucho, especialmente porque me ha dado la oportunidad de descubrir cosas de nuestra geografía y de mi propia comunidad. No puedo por menos que agradecerle a Jams, Juan Morán, el inventor de esta aventura, por su paciencia y su buen hacer, pero sobre todo por esa imaginación sin límites que le hace tan especial y tan querido por todos los que le conocemos y visitamos su casa… «ESTA NOCHE TE CUENTO»;

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El accidente

Me paso la vida amándote. No hago otra cosa que soñarte. Hurgando en tus rincones…, pero mi pasión se doblega cada vez que suena el timbre de la puerta. 

Entras. Mis ojos hambrientos husmean debajo de tu blusa. Tú apenas me miras. Coges la pizarra. Mis manos viajan por tu cuerpo. Te sientas con desgana doblando tus kilométricas piernas. 

Recuerdo que antes… las cruzabas despacio. Me descubrías un paisaje desnudo al que mi lengua embriagada y lasciva sucumbía sin voluntad. Ahora no. Ya nunca juegas a esconderlas en el bolsillo de mi pantalón. Ahora siempre las llevas puestas.

Empezamos los ejercicios del logopeda. Y mientras yo muero por ser la tiza en tus manos, tú bostezas aburrida vigilando el tiempo en tu muñeca. 

Sé que te cansarás muy pronto de empujar mi silla. En cuanto mis pies, huérfanos de pasos, dejen de ser tu remordimiento, compromiso y culpabilidad. Pero hasta entonces, ¡qué te costará mentirme un simple «te quiero»!  

Esta imagen la he cogido prestada de internet

Relato presentado en la Lemca (Liga de Escritores de Microrrelatos por Comunidades Autónomas), las zonas picantes son exigencias del guión.

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Traumática decisión de una madre

«Al menos 30 muertos y 45 heridos en una gran superficie…». 

Rápidamente apaga el televisor, pero las imágenes de los sospechosos y los cuerpos de mujeres, hombres y niños bajo plata y mantas, continúan patentes en su memoria.

Hoy le resta un año y como una autómata sopla, vela a vela, los indicios que su incuria no supo ver a tiempo; las intempestivas reuniones de madrugada con sus colegas; los cuchicheos al teléfono siempre que ella le rondaba cerca; sus incomprensibles giros de humor; el subversivo tatuaje, como un indescriptible mapa topográfico grabado en su espalda… 

Aquella aciaga mañana levantó despacio el auricular. Carraspeó repetidamente. De su boca se escapó una voz temblona, pero con agallas suficientes para dirigirse al agente.   

Hoy, el nudo que asfixia su garganta delatora, se hace más grande y voraz. 

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Una historia de Jesús Motilva; el pucelano al que, sobre todo, le gustaba correr

Era su ilusión, hiciera frío o calor —la lluvia tampoco era impedimento—. Corría por la mañana y por la tarde, desde la Plaza de España hasta el barrio La Rubia, por la calle más transitable; el Paseo de Zorrilla. Ida y vuelta. Y únicamente por la calzada. Decía que por la acera la gente interrumpía su paso. A este joven de 27 años, de aspecto frágil, que trabajaba en un taller de encuadernación con otros chicos como él, las madres —intuyendo quizá que la suya muriera cuando él nació—, lo miraban con pena; los chavales con guasa; los más mayores como si fuera un tarado. Porque Jesús no corría como los demás; sus piernas —aunque su padre presumía que las tenía duras como el cemento—, se desplazaban con pasos cortos y cierta dificultad. Y tuvieron que pasar unos años para que, junto a la complicidad de la policía municipal y los conductores, finalmente todo el mundo terminara entendiendo su afición e interpretara como una estampa ciudadana eso de querer correr siempre solo y solamente para desafiar al autobús.

Imagen tomada de el periódico El Norte de Castilla

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La bulldog

No estoy contenta con mi diseño. No sé de quién fue la idea de hacerme tan desproporcionada. De crearme unas patas tan fuertes y sin embargo tan cortas que me impiden correr ligero. Me agoto rápido —las diminutas fosas nasales de mi enorme cabeza no admiten el aire que necesito para poder llenar mi descomunal pecho—. En verano no quiero salir hasta que bajan las temperaturas. Además, por culpa de la también robusta morfología de mi compañero, no podemos aparearnos. Me preñarán artificialmente, y tras una gestación complicada, daré a luz un único espécimen, posiblemente y gracias a una cesárea.  

Dedicado a Lola, la Bulldog que me ha chivado cada palabra de este relato y que yo corroboro cada vez que la veo salir de paseo.

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Paseo infinito

«A estas edades no es prudente separarlos de sus seres más queridos». Nos advirtió su médico. Pero el reglamento de la residencia, ajeno a las necesidades de su corazón, no permitía que Golfo viviera con ella. 

Ya no sabía qué hacer para consolarla, su añoranza como su mal iban en aumento y una nebulosa madrugada se apagó su luz.   

Él tendió sus huesos en el quicio de su puerta, tres semanas más tarde se fue en busca del faro que le veló durante catorce años.  

Que algunos se escandalizasen y que otros me lo reprochasen, no me importó, yo sabía que mamá lo aprobaría y en la vasija donde ella guardaba sus chucherías mezclé para siempre sus almas convertidas en ceniza. 

Un radiante día de primavera y bajo la mirada cómplice de pinos y encinas, los eché a volar. Un halo travieso los arremolinó y entre jaras, aliagas y cantueso, retomaron juntos sus largos paseos.

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Es culto, guapo, educado y ¡quiere presentarme a sus padres!

Al fondo del camino, acotada por ingentes cipreses, diviso una casa que crece según nos vamos acercando. En vano busco otra, algo más pequeña. 

Aparcamos frente a una escalinata donde descubro a cuatro personas uniformadas. Bajamos del coche y una pareja se nos acerca. Me aferro a su brazo, perpleja y nerviosa, tratando de que no se me caiga al suelo el ramo de flores que traigo para sus padres. 

«Tranquila, cariño, vas a encantarles». 

Él; elegante, alto, bien parecido, me extiende su mano segura. Ella; chaparrita, con lujoso traje Chanel, cara acecinada, prominente barbilla, ojos saltones, generosa nariz, exquisitamente maquillada y peinada, me abraza emocionada.

A la vuelta de la inolvidable y maravillosa jornada, le reprocho que me ocultase que su familia era rica.

—No lo consideré importante —contestó tajante—, pero… ¡a que mi padre es un fenómeno y mi madre, adorable y guapa!

El amor de un hijo por su madre, una cruzada que no estaba dispuesta a batallar. 

—Sí, tu padre es encantador y tu madre adorable —y mordiéndome la lengua añado—, y guapa… ¡muy guapa!

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Todas contra mí

«Esto se está saliendo de madre. Como sabe que soy soltero, la del quinto ha empezado a provocarme colgando en el tendedero sus picardías, tanguitas y sujetadores embadurnados de un pachuli rancio insoportable. Lo que no sé es cómo se ha enterado la del cuarto que soy asmático, por eso cuelga sus mandiles y sus arcaicos calzones apestando a lejía. ¿Y la del tercero? todo el día desconcentrándome con ese maldito e insufrible bakalao, ¿quién le habrá dicho que soy escritor? Tengo que hacerlo. Antes de que termine septiembre y empiece la matanza del pobre cerdo y la del segundo se entere de que soy vegetariano y se ponga a colgar chorizos y jamones en la terraza, me piro de esta casa, pero de madrugada y con la cachaba nueva, por si hay que zurrarle a la del bajo que sé que me espía por la mirilla cada vez que salgo al descansillo».

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Tomando de su propia medicina

Cuando aquella mañana vio a su padre levantarla en volandas, meterla en el contenedor de los castigos y cerrar la tapa, se la imaginó muerta de miedo, acurrucada, con la cabecita escondida entre sus rodillas esperando a que terminara su castigo y no iba a consentirlo. Él y su hermano mayor nunca lo superaron, sabía que su hermanita tampoco. 

Fue fácil rodarlo hasta allí. Luego esperaron a que el agua anegara sus gritos y llegara hasta el fondo. Una cadena y un candado le impidieron salir. La llave, nadie supo jamás, en el fondo de qué mar se pudría.

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Fobia a las suegras

«Verá usted, acababa de darle el sí, pero mis dudas iban en aumento y necesitaba conocerlas, a todas ellas.

A la primera le escribí un mail. Me hice pasar por una antigua compañera del instituto. Su texto era inteligente, ingenioso y astuto. Su caligrafía excelente; cada punto, coma y acento, en su lugar. 

Con la segunda opté por una llamada. Me hice pasar por una vendedora de libros. Su voz sonaba cálida, argentada, inteligente y culta. Con mucha clase.

Con la tercera quise coincidir en una cafetería. Porte distinguido, elegante, muy atractiva. Con don de gentes. 

No entendía que hubiera dejado a esas mujeres, como el que tira una colilla, tan preparadas, guapas y bien posicionas. Cuando le pregunté me espetó sin tapujos… 

—Querida, porque tú careces de algo que ellas tienen: Madre.

Lo hice por ellas, por mis futuras hijas. Y decidí quedarme viuda, Señor juez».

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Masticando el miedo

Te despertaste sobresaltado por el chillido de tu timbre. Temiste lo peor cuando por la mirilla viste a dos guardias de seguridad de la urbanización plantados delante de tu puerta.
Si hubieran olido tu nerviosismo pálido al abrirles, el exceso de aroma a limones del Caribe, la ausencia de alfombra en la entrada o el zapato solitario que acababas de esconder debajo de tu cama, habrían apostado que en tu casa pasaba algo raro. Menos mal que solo habían acudido para advertirte que cerraras las ventanas de la buhardilla que con lo que estaba cayendo se te iba a inundar la casa.

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Matrimonio por interés

Su vida transcurría entre frusleras fiestas y asuntos de caridad.
«Te puedes gastar lo que quieras —le advirtió rotunda a su marido—, pasando por las Vegas hasta Montecarlo, pero cuernos ¡no quiero ni uno!».
Malas lenguas decían que fue en los casinos donde su familia forjó su rico abolengo; su bisabuelo podía perder en una noche un millón y la siguiente ganar dos.
Él se lo reprochaba…
«Pero ¿no era mi título lo que te interesaba?, recuerda, yo soy hombre antes que jugador».
Y una madrugada al volver a casa conoció a una mujer.
No le quedó otra alternativa… hizo que pareciera un suicidio.
Estaba convencido que ella era como el perro del hortelano.

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Billete de (v)ida

Entra en la habitación y me penetra con sus ojos, sabe que voy a pedírselo, otra vez, mil veces más. Y aunque no tengo apetito, nunca lo tengo, intento comer algo, por ella. Cuando sale con la bandeja medio llena, me invade el recuerdo de cómo sabe un escalofrío: el de sus caricias recorriendo mi cuerpo. Pero un instante después, la realidad se me encara y hasta la maldita quietud de mi habitación se convierte en un infierno.  

Desde la mesilla el viejo Boby me observa y me recuerda lo mucho que a mí me costó en su día, dar ese paso. No quería, pero lo hice. Por él. Por eso a ella no se lo reprocho. Sé que no se atreve, dice que no quiere perderme que me quiere demasiado y yo le contesto, que por eso mismo. Y aquí sigo, consumiéndome en la espera de que encuentre a alguien que se preste a hacerlo, por ella… por mí. 

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La vida sigue igual

¡Por mil flautas de Hamelín!, sabía que estos Cinco Lobitos Cuentistas, que el pasado domingo 10 de noviembre* nos prometieron sacarnos de las cloacas, eran unos fuleros… ¡todo sigue igual! Y yo sigo partiéndome el lomo, limpiando dentaduras postizas doce horas diarias en la misma consulta del mismo explotador dentista. Mis siete Ratitas continuan temerosas de salir solas al exterior (se rumorea que se multiplican las Manadas de Gatos Fieros). Espero que al menos, Papá Roedor se porte bien y les deje unas taleguitas con pipas y frutos secos… Y que a mi Ratita Preocupada le traiga un lacito rojo y un cepillo nuevo para que vuelva a lucir radiante su colita. Para enfrentarnos a la Cuesta del Cerro este año no acudiremos a la Ratonera del Castillo, celebraremos el nacimiento del Ratoncillo en nuestro agujero con unos buenos trozos de pan y de queso, eso si, del blando y del duro.

*El domingo 10 de noviembre de 2019 se celebraron elecciones generales en España.

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Como la vida misma

Vale, soy un Ratoncito y me apellido Pérez, pero eso de que recojo dientes de leche y los cambio por dinero, es un autentico cuento. La única verdad es que trabajo doce horas diarias para un dentista explotador limpiando dentaduras postizas con un enorme cepillo de dientes —hay días que tengo agujetas hasta en la punta de la cola—.
Me desposé con la Ratita Preocupada y su «no llegamos a fin de mes». Tenemos siete Ratitas Miedosas de salir a la calle y verse acosadas por algún Gato Fiero. Mis padres, Ratones de Campo, viven con el hatillo a cuestas temerosos de que les quiten su ratonera. Y por si fuera poco, el 10 de noviembre* tenemos una cita con Cinco Lobitos Cuentistas. Sé que, aunque cada uno cuente su cuento, todos prometerán lo mismo: sacarnos de las cloacas… y que irremediablemente la mayoría sucumbiremos a sus patrañas.

*Hago referencia al domingo 10 de noviembre de 2019 en el que se celebraron elecciones generales en España.