Publicado en ¡Basta ya!, CONCURSOS VARIOS, LA COPA DE ENTC, Microrrelatos indignados

Doble acto de amor

Hoy cumple 22 años y le llevas su colonia favorita. Entras en el recinto. Estás nerviosa, ella más delgada. Coges el teléfono y a través del cristal le reiteras cuánto la quieres. 

«Mamá, tranquila, estoy bien, prefiero esto a lo de antes…». 

Te mira a los ojos y te insiste en lo que no debes hacer…

 «Jamás revelarás que cuando vi a papá en el suelo te arrebaté el cuchillo y me unté de sangre el vestido».

Ella no hubiera podido cuidarlas, desde la cárcel tú tampoco. 

Ahora sus hermanas crecen a salvo. Ya no os preocupa que se hagan mayores.

Publicado en CONCURSOS VARIOS, LA COPA DE ENTC, Viejitos

Como un niño

Las palabras que pronunció antes de irse fueron para él. Y yo cumplí las mías durante muchos fines de semana. 

—Cuídale mucho. Sé paciente con sus cambios de humor, sus miedos, cuando te cuente las mismas historias o no recuerde sus tareas. Si le notas triste, dile que nos veremos pronto… y para que no me olvide, muéstrale de vez en cuando esa foto que a él tanto le gusta. Llévale al parque. Móntale en los columpios, ya sabes, se lo pasa bomba. No le quites esa ilusión y la alegría inmensa que le entra cuando vuelve y se lo cuenta a sus compañeros de la residencia.

Esta imagen la he tomado prestada de internet
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Un brindis valiente

«Brindemos». Te dijo alzando la copa de vino al tiempo que los acordes de un anacrónico Julio Iglesias —su cantante favorito—, acompañaban sus buenos deseos… 

«Para que estés siempre conmigo». 

Y como el costado derecho aún te dolía, alzaste la tuya con la mano izquierda, por su distrito, sus preceptos, sus advertencias… por el portazo que desataría tu melena y tus tobillos, por recuperar tus pies, el carmín en tus labios, las palabras de tu boca…

«Brindemos». Repetiste mientras lavabas minuciosamente su copa y «Lo mejor de tu vida» empezaba por fin.

Esta imagen la he cogido prestada de internet

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Los ojos de Manuela

«Esta tarde les oí hablar en la cocina. Mamá decía que al volver del mercado se había encontrado con el niño de la casona —creo que se refiere a ese que nació tan malito, el que llevaron a curar al extranjero—, que iba con un señor que trabajaba en su casa, y que le lleva a todos los sitios. Que se imaginaba —por la funda de violín que llevaba en la mano—, que iban a clases de música. Hablaron de lo mucho que a ti te gustaba la música. Igual que a mí. Pero que nosotros no podíamos permitirnos esas cosas. También dijo que tenía mi mirada. Y la tuya. Que sus ojos eran bellos y claros como el día. Igual que los míos. Y los tuyos. Entonces mamá se puso a llorar y papá la consoló. Que no llorase, que nada podían hacer, que los que tenían dinero y abogados eran ellos, que era hora de olvidar, que ya habían pasado diez años… qué casualidad, Manuela, los mismos que hace que desapareciste tú. Te quiero, buenas noches».

Besa la manoseada foto y la guarda en el cajón junto a las inmensas ganas de que su gemela aparezca algún día. 

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Hábitos culturales

Alika fantasea con su muñeca y juega a ponerle ropitas con los trapos que encuentra. Su mamá le dice que en nada crecerá y no podrá seguir jugando con ella. Que se enamorará de algún chico de la aldea, pero tendrá que arrancárselo de la cabeza porque de su corazón no es la dueña. Que cubrirán su cuerpo con un vestido infinito, como el que lleva ella, holgado, de tela firme, que no marque las curvaturas de su figura. Un pañuelo también oscuro, tapará su cabello, ocultará su talento y sus ideas. Y para entonces ya podrá fabricar hijos. Y yacerá con quien no ha elegido ella, porque de su piel no es la dueña. Y su sonrisa no se mostrará en la vanidad de ningún espejo, su boca será invisible, sin opinión y sin lengua, sus manos desconocerán la textura de un libro y sus ojos quizá mueran huérfanos de narraciones y leyendas.

Alika es aún muy pequeña para saber de lo que habla su mamá, también para entender por qué quiere adelantarle una a una las piedras que debió encontrarse ella en su destino.

Esta imagen la he tomado prestada de la red.

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¿Nos conocemos?

Conseguir su sueño y con él la felicidad tenía un precio, y con esa seguridad que proporciona el dinero le entregó al especialista varias fotografías informándole tajante, qué quería y cómo lo quería.

Tras seis meses de reformas concluyó la obra. Admiraba sus ojos, ahora verdes, dominando en esa explanada, tersa y ausente ya de bolsas, zanjas y patas de ave. Y donde antes había una napia aquilina oteando permanentemente sus pies, hoy asomaba una naricilla respingona protegida por un vigoroso pómulo a cada lado. Qué decir de esos rollizos labios y de ese mentón fino y altivo, compañero otrora de una extinta papada, coronando su rostro. Se centró después en sus pechos. Ahora desafiantes, generosos, lozanos y sin miedo a la gravedad. Y en sus glúteos. Descollando rumbosos, firmes y duros, tal y como lucía su actriz favorita en las fotografías que le entregó al reputado mago del bisturí.

No sabe cuánto tiempo permaneció así, contemplándose extasiada, cuando inexplicable y repentinamente se liberó de su embeleso y dirigiéndose a la imagen que reflejaba el espejo se le encaró malhumorada… 

«Y tú, ¡quién coño eres!»

 

 

Esta imagen la he cogido prestada de la red
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Celebrando la Navidad

Cogió el primer tren que le llevaría a casa. Fuera, la gélida noche extendía  copos engalanando el paisaje. En el vagón de al lado unas voces le cantaban a la Navidad. Pensaba en su madre, aromas a dulces recién horneados revelaban su estómago. Con coloridos paquetes mezclándose en su equipaje y ganas de ver a su gente salió de la estación. 

«Papá y mamá, este año no llegaré a tiempo. Un coche y unas copas de celebración a la salida del trabajo me lo han impedido». 

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Despistada equidad

Están sentados en un mismo banco de la comisaría. El más joven, en el medio, está aterrado. Ha robado una gallina y podría caerle un buen marrón; si lo encarcelan, quién cuidará de su madre y sus hermanos. 

El de la derecha respira tranquilo —su padre está en la oficina del jefe—, se divierte mirando chicas ligeras de ropa en su Ipad. Se escuchan risas. Él sabe que, aparte de elegante y generoso, su papá cuenta unos chistes fenomenales. También hablará de hombres. De su condición. Que son como son; que no pueden evitarlo. Y de mujeres. De cómo van algunas.

El que está a la izquierda del banco es un hombre con cara de pobre. Uno de los guardias, parco en educación, se dirige a él espetándole que se ha desestimado su denuncia porque su hija vestía como una puta, iba muy provocativa. 

Encogido y evitando mirar a los presentes, huye arrastrando sus pies y su impotencia. 

Es hora de comer. El bien trajeado sale del despacho. Recoge a su hijo que restaba solo en el banco. Apaga su Montecristo con la punta de sus Louis Vuitton y reserva mesa para tres en un afamado restaurante de la ciudad. 

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El desahucio

Cuidado con los tréboles de cuatro hojas, el mismo día que Tamara cumplía doce años se encontró con uno y les arrebataron el hogar en el que había nacido y sido tan feliz. No entendía por qué. Demasiado joven para comprender las tropelías y desatinos de los mayores. Aún así, antes de abandonarlo, como si una vieja hechicera la hubiera poseído, echó una maldición…
«¡Que el que venga a vivir aquí nunca sea feliz».
Hoy, cinco años más tarde, su casa es un prostíbulo de explotación de mujeres y solo son felices quienes la visitan.

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Microrrelato presentado a ENTCerrados. Si clicas en la página verás las bases del concurso…

ENTCERRADO 5 … la suerte esquiva …

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Liberación

Se levanta rara, contradictoria. Cuando se acerca al espejo observa cierto brote de conformismo durmiendo en sus ojos. Se detiene en su boca y descubre miríadas de besos  por estrenar. Toma aire, lentamente, y como por arte de magia se desvanece la autómata que la tenía secuestrada. Apiña los sermones de su madre. Los mandamientos de su padre. Los malos humos de ambos. El repintado rosa chicle de su habitación —que lleva padeciendo desde su séptimo cumpleaños—, y tira de la cadena. Después se borra de su grupo de wasap «Las parranderas». Ya está harta de sufrirlas cada finde tiradas en la calle. También de los botellones. Le están costando un ojo de la cara y ella solo bebe cocacola. Queda con Fidel. Se lo dice sin tapujos. Que no le molan nada los ramos de rosas, que ella es más de macetas al sol, con su tierra y su aire. Que está harta de aparentar y fingir orgasmos. Que se muere de ganas por entrar en el bar de su calle, dirigirse a la barra y tras sortear los dimes y diretes del personal llegar hasta Soraya y entregarle un corazón abrazado a los colores del arcoíris.

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