Autor: Rosy Val
Licencia para matar
Entraba en la capilla y se arrodillaba ante el Cristo.
Se persignaba, se arrepentía de sus pecados y le rezaba.
Se encomendaba a él con devoción, afligido le pedía que le diera suerte.
Piadoso le brindaba las muertes de esa tarde.
Se colocaba la montera, cogía su espada… ufano mataba.
imagen de Google
Herr Klaus
Cuando despertó todo le era extraño. Por un gran ventanal entraban los rayos de un entrometido sol que le obligaba a cerrar los ojos. El aire sabía a desinfección.
Se hallaba en una cama que le era desconocida. A su derecha, no muy lejos, otra cama igual. A su izquierda un armario. Por la puerta abierta asomaba una vieja maleta, sobre ella un sombrero. Del pomo colgaba una cachaba, se apoyó en ella. Con paso vacilante se acercó a la ventana. Miraba de un lado a otro cuando alguien se le acercó…
-¿Qué hago aquí?
– Buenos días, Herr klaus, ¿qué tal ha dormido?
Huérfano de educación y con ceño cabreado, con el temple de quien está acostumbrado a los antojos de la hosquedad…
–¡He preguntado, que qué hago yo aquí!
–Le trajeron ayer, ya lo sabe… aquí tiene sus pastillas, para el dolor.
Sabía quién le había traído, también dónde estaba… lo que no recordaba era por qué.
Las pastillas, el dolor… no era el cuerpo lo que más le dolía.
La Sherlock Holmes
-¡Mamá!, ¿has planchado el pantalón y mi camisa azul?, he quedado con mis amigos.
-¡Mama!, yo estaba primero, ¿me has lavado el chandal?, y mis patines, ¿dónde están mis patines?
-¡Mama, mamá!, ¿dónde están mis gafas?, ¡se ha acabado el papel higiénico!
-Luisa, ¿ has visto mi móvil?, y el Marca, ¿quién ha cogido el Marca?
Mamá, ante tanto requerimiento, aturdida y extrañada les dice…
-Pero… ¿qué hacéis un martes por la mañana en casa?
Todos al unísono le contestan…
-¡HOY ES FIEEESTA!
Y el padre añade…
-Luisa, hoy no voy a la oficina y los chicos no tienen clase. ¡Claro, como tú no trabajas… no te enteras!
Sin palabras…
Corrí como una bala porque acababa de recordar que había dejado en la sartén, dorándose, unos ajos. El humo empezaba a salir por el pasillo y me impedía ver con claridad cuando entré en la cocina. Rápidamente retiré del fuego la sartén al mismo tiempo que le gritaba a mi marido…
-¡Por dios, estabas aquí!, ¿Por qué no lo retiraste del fuego?
Con aire triunfante me contestó:
– ¡Si he abierto la ventana!, he visto el humo… pero…
¡qué sé yo lo que estabas cocinando!
La sartén, los achicharrados ajos y yo, atónita, descubrimos que efectivamente…
¡había abierto la ventana!
Cuatro horas
Tan solo diez minutos y mi tren partiría. Los escasos metros que me separaban del andén, me parecieron miles. Las ruedecitas de mi maleta apenas tocaban el suelo, mis pies volaban raudos en busca de un supersónico tren que pretendía salir sin mí.
Volvía a hacerlo, cada viaje la misma cantilena… “La próxima vez vendré con más tiempo y me tomaré un café, visitaré esas llamativas tiendas”, sin admitir que yo agotaba hasta el último minuto de mis idas y venidas. Jamás un tren me había dejado en tierra. Mi abuela decía que era un don… «Llegar siempre a tiempo donde crees que tienes que estar.»
Sentada, comprobé que haría un viaje sin acompañante. Saqué de mi bolso un libro, El mar. Tenía cuatro largas horas para adentrarme en él, aunque no sabía si éste me resultaría tan cálido, profundo y divertido como el que me vio nacer.
Un suave y entrecortado sollozo me distrajo, levanté la vista y al otro lado, unos ojos claros se me quedaron mirando… “¿Por qué lloras?”, me pudo la curiosidad. Sin respuesta alguna, apartó su mirada, pero cada surco de su cara delataba el ir y venir en sus adentros.
El mar me esperaba y volvió a empaparme, el vaivén del tren mecía sus apasionantes letras.
De nuevo el conocido llanto, me devolvió al moderno vagón. Giré la cabeza y una vez más los cristalinos ojos. Sostuve su mirada, hasta que ella tímidamente se levantó y se sentó a mi lado.
“¿Crees que podrías entenderme?”. Su pregunta me desconcertó, no era ayuda lo que pedía. “Claro, le contesté, tengo dos hijos de tu edad y lo intento todos los días de sus vidas”.
El tren avanzaba aunque eso ya no importaba, la joven sumida en una tristeza tan intensa como un mar, parecía querer llenarlo.
Recordaba cómo logró alejarse de lo que le ataba. Romper con la mentira que le impedía ser ella. Se lamentaba, hablaba de intolerancia, de solapadas respuestas a una verdad jamás admitida. Repentinamente una rosada sonrisa tiñó su rostro, acariciaba una medalla en la que se leía un nombre, la cadena que colgaba de su cuello se entrelazaba entre sus dedos…
“Por ella abandoné mi país, la vida comenzó con ella y aprendí que esperar y que te esperen es compartir, descubrí que ya no me daba miedo sentir, estremecerme”
Rememoraba sus afortunados días, de repente dejó de acariciar su nombre, descolgó la cadena de su cuello y la arrojó al suelo. Extrañada le pregunté. De nuevo sus ojos volvieron a colmar su ánimo.
“Me ha dejado, huyo de todo lo que me recuerda a ella, del sol, del aire, del mar”.
El desamor llenaba su vida, se dolía. Con tono afligido, desgarrador…
“Sin ella la vida no sabe, no huele, no soy, no quiero seguir, ¿para qué? ¡quiero acabar con todo!”
Sus últimas palabras me sobresaltaron, pero respiré tranquilidad, acariciando su mano le dije…
“Existen otros mares, otros cielos, alza tu vista y mira ese sol que amanece por ti, resplandece para ti, ahí fuera hay alguien que espera, un nuevo corazón que anhela inspirarse en ti”.
Pasaron unos minutos, interminables. Sus ojos seguían brillando, pero ausentes y quietos. De pronto, noté en ellos otro destello, no de lágrimas, sus transparentes ojos ¡querían seguir estando! estar donde creían querer estar.
Viajamos en silencio, el calor de nuestras manos, aún unidas, eran el mejor presagio de una promesa, seguir.
No se presentaron, dos nombres son sólo nombres. No se despidieron.
Jamás se llamarán por teléfono, pero conservarán para siempre el roce de sus manos, tan solo bastaron cuatro horas para hacerse eternas.
Un gran trocito de su vida
El autobús del colegio le dejaba al lado de casa. Entraba corriendo, abandonaba su mochila por doquier y recogía la merienda que le tenía preparada. Apresuradamente cogía el balón y como un rayo salía a la parcela, tras unos metros se detenía frente a una casa, cercana a la nuestra. Esperaba.
Yo le observaba desde nuestro jardín, agazapada para que no supiera que conocía su secreto.
Merendaba y al mismo tiempo jugaba al balón, que con certera maestría colaba donde quería, no en vano era el pichichi de su equipo.
De vez en cuando giraba la cabeza hacia nuestra casa, parecía pedir a gritos: ¡Mamá agua!.
Nuestra complicidad era tal que no hacía falta que lo hiciera, me acercaba y con la excusa de llevarle la sudadera que repetidamente olvidaba, sacaba de mi bolso una botellita de agua: “Cariño, ¿tienes sed?”.
“Si, gracias mamá”, me contestaba admirado.
Secaba su frente sudada, más por la emoción que por el cansancio, exultante, seguía esperando.
Al rato, una voz y pícara sonrisa, la sonrisa de quien se siente cortejada, se percibían por una ventana: “Daniel, ahora salgo”.
Las altas y densas adelfas le impedían verla, pero cuando la oía, todo en él se transformaba. Tras varios minutos aparecía Marta, la niña que le hacía suspirar.
Jugaban hasta caer la tarde, en la pandilla todos sabían que él y Marta eran novios.
Los días transcurrían, y como cada tarde salía a esperarla, pero, aquélla no se asomaría a la ventana. Begoña, su hermana, le entregó un papel doblado, dentro unos trazos infantiles…
Ya no soy tu novia ahora mi novio es Ruben.
firmado: Marta
Humillado y enojado irrumpió en casa, subía las escaleras repitiendo: “Rubén es un idiota”.
Sus ojos iban cargados de dolor, también de lágrimas.
Le seguí hasta su habitación. En contra de mi deseo, decidí dejarle solo y sin preguntas a la espera de que fuera él quien las precisara. Necesariamente ese día mi hijo descubriría que sentir amor, a veces conlleva también padecerlo.
Esa noche, cuando fui a arroparlo, susurró: “Mamá no hagas eso, ya no soy un niño”.
Le di un beso y como no era partidaria de encomendar destinatarios a sus sueños, por si en ellos no hubiera cabida para otros querubines, le deseé: “Que sueñes con quien tú quieras”.
Apagué la luz, desde la oscuridad me preguntó: “Mamá, ¿hay muchas novias en el mundo?”.
Su pueril pregunta me consoló, dejaba adivinar que su primer desengaño pasaría pronto,
“Pues claro que hay muchas novias, tantas como novios”. Se rió.
Al salir un papel arrugado en el suelo llamó mi atención, en él se leía:
Ruben eres un estupido
Más abajo unas conturbadas letras:
por que a mi
“Empieza a dejar de ser un niño”, asentí con melancolía.
El dolor forma parte de nuestra vida, y aferrarse a ella, entraña madurar.
Aquella fue la última noche que lo arropé.

Esta imagen la he cogido prestada de internet
La sangre y el arte, no son parejas
Escucha la televisión mientras lava los platos. El ruido del agua la transporta al río de su niñez, entonces, sentada en la orilla desdibujaba la luna con el «palante y patrás» de sus pies. Le salpicaba el agua, templada, suave.
A sus oídos llega la palabra arte.
Ella es una apasionada de Sorolla, de Rodin, de Yepes. Absorta, gira la cabeza hacia el televisor, pero ¿dónde están las imágenes de mujeres paseando por la playa, o la de esos amantes desnudos fundiéndose en un beso?, ¡Tampoco oye al músico sonar con su guitarra el Concierto de Aranjuez!
Se seca las manos, va en busca de sus gafas.
Una mueca de horror invade su rostro, abre los ojos de par en par, se lleva las manos a la cabeza, mientras un gemido desesperado, colérico, asoma a su garganta.
¡Un hombre está atravesando con una espada la parte baja del cuello de un animal, hiriéndolo, torturándolo!
Se oyen voces, música, aplausos. La sangre le resbala destacando sobre su cuerpo negro y cae al suelo, agonizante.
No ha llegado a tiempo de ver algo artístico, laudable, bello… pero sí, el martirio a ese animal lastimero.
Paseo a orillas del mar, Joaquín Sorolla.



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