Había cambiado la forma de vernos y amenazó con irse. Porque estaba harta. De nosotros, de sus hermanos, de cariños, besos y arrumacos. ¡A nosotros, más que un sueño, nos parecía un mentira que a sus treinta y tres decidiera dar el paso!
Me pidió que le acompañara a ver uno, amplio, con buen precio, en una excelente zona, con dos chicas universitarias, un médico…
«Mamá, que dejo el piso». Me dijo por teléfono apenas un mes de cambiarse.
«Pero hija, si es perfecto y tus compañeros son majísimos».
«Sí, mamá, el piso está bien y mis compañeros son muy majos pero les noto algo fríos y distantes… tengo que seguir buscando».
Lo teníamos clarísimo, al mes sabíamos que volvería a casa.


Es que no hay nada como el calor del hogar. Nuestros hijos saben mucho de eso y de que no les queda otra…
Buen relato Rosy. Me alegra leerte y espero que tengas un feliz 19.
Besicos muchos.
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Nani, no sé cómo agradecer tu fidelidad, aunque sabes que es mutuo, ese cariño es un buen incentivo para seguir juntando palabras. Un abrazo grande.
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