Paquita, la peluquera, le prometió que la dejaría guapísima. Y así se sentía ella después, única y especial, con su vestido y zapatos blancos, y su velo cobijando el moño mejor fijado, más engreído y espectacular que había pisado aquella iglesia. Dentro de él, la envidia de sus amigas: una larga, rubia y ensortijada mata de pelo.
Al día siguiente intentó peinarse pero el cepillo desapareció en aquel vertido que anidaba en su cabeza. Vinieron a socorrerla; su madre, su tía, las vecinas del quinto, mas ninguna pudo devolverle su preciosa melena, convertida ahora en un amasijo de pelos ensopados en una sustancia traslúcida y pegajosa.
Se rindió de nuevo a las manos de Paquita.
Con cada tijeretazo le arrancaba las entrañas. Desolador ver sus lánguidos tirabuzones estrellarse contra las baldosas. Tardó años en superar el precio que tuvo que pagar por hacer su primera comunión… pero inexplicablemente y al tiempo que le crecía el cabello, empezó a desarrollársele un galopante y alopécico ateísmo.


Es muy bueno este relato, Rosy. Ya te lo comenté en su día y me sigue recordando mis trenzas, las de mi primera comunión, como ya te dije. Felicidades.
Besicos muchos.
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Yo también me veo reflejada en este relato…
Siempre es un placer que me comentes.
Un beso grande, Nani.
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