Publicado en El amor y sus cositas, Viejitos

Una corredora, dos dorsales.

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Era su mayor ilusión, pero él se fue antes de que llegara el gran día. Sumida en la tristeza, guardó los dos dorsales que terminaban en 38 y 39, casualmente el mismo número de años que llevaban casados. Esta iba a ser la primera convocatoria a la que no acudirían. Dejó de ir a su panadería favorita porque en la puerta estaba el anuncio: “XXXIII San Silvestre Salmantina”. No quería oír hablar de carreras.

Nos tenía preocupados. Mamá ya no sonreía. Tan siquiera salía a pasear, decía que no tenía cuerpo para nada.

Como cada año nos situábamos cerca de la meta y disfrutábamos del evento con nuestros pequeños. Mi marido fue el primero en verla. Llegaba exhausta. Me acerqué a abrazarla. El sudor pintaba su cuerpo. El corazón se le escapaba del pecho, pero sonreía, pletórica. En su espalda llevaba su dorsal, debajo… el de papá.

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