Publicado en Esta noche te cuento, Viejitos

Una vida de fotos

Ha desaparecido todo. Ya no están los trípodes, los focos, las Canon ni la última que comprasteis a plazos, la Mamiya. Qué ilusos pensar que vuestro hijo Mario heredaría el gusto por las puestas de sol, las olas embravecidas, los tapices de flores en primavera, y con esa duda se fue tu marido, si el chico seguiría con un negocio que tanto esfuerzo os costó levantar.

Las miras, lo haces siempre que lo añoras…
«Qué ricitos… aquí tenía tres años… en esta, aprendiendo a nadar… y aquí, en su primer día de cole, qué guapo estaba con su uniforme…». Paras en seco. Mario irrumpe en la salita. Cierras el álbum y te ocultas tras tu caja de costura. Sin tan siquiera mirarte abre el cajón. Después huye dando un portazo con la mirada roja, deshabitada y tu pensión de viudedad en su bolsillo.

Últimamente la cola es más larga. Mientras esperas hablas con tu Ernesto. Le dices que no se preocupe que estáis bien… que Mario está en el estudio, entre flashes y zums. De repente, el aroma te llega más nítido, pegas tu boca a la foto y la guardas en el bolso. El comedor social acaba de abrir sus puertas.

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Esta foto la he cogido prestada de la red

2 comentarios sobre “Una vida de fotos

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