Cuando no es la pata de una mesa que cojea le ocupa un cuadro que ladea. A veces, coge la bolsa de la basura y la lleva al contenedor. Otras, me lo encuentro llenando de agua el bebedero del perro. Lo mismo le echa una mano al mayor con un pinchazo en la bicicleta que se acerca a la parada del bus para recoger al pequeño.
La tarde invita a disfrutar del porche. Entre rosas y clavellinas se toma una cervecita con Eustaquio, un amigo que vive dos casas más abajo. Al acercarme para llevarles un platillo con aceitunas le oigo decir:
«La verdad es que no tengo mucho tiempo para pensar en ella… mañana por la mañana he quedado con mi yerno, le ayudaré a podar las azaleas y por la tarde con mi nieta, repasaremos la tabla del siete».
Su amigo, nonagenario como él, acababa de preguntarle si no le tenía miedo a la muerte.

Esta imagen la he cogido prestada de internet
Este relato ha sido incluido en el libro anual de «estanochetecuento»,
ALETREOS


Qué final Rosy!! Me ha gustado mucho, en tan poquitas palabras has encerrado toda una vida.
Besicos muchos.
Me gustaMe gusta
Gracias Nani, por pasarte por aquí.
Un abrazo enorme
Me gustaMe gusta
Un texto de lo más cotidiano cobra todo su sentido con esa frase final que lo engrandece. ¡Qué bien has sabido sorprendernos, Rosy! Te felicito.
¡Feliz verano!
Me gustaMe gusta
Gracias, Pilar, me alegra saber que te gustó a pesar de su sencillez.
Un fuerte abrazo, y espero que tu también estés pasando un estupendo verano.
Me gustaMe gusta
Qué bonito! Un abuelo que se ocupa y no se preocupa, generosidad en estado puro. Me ha gustado mucho, Rosy. Un beso.
Me gustaMe gusta
Bienvenida a mi casa, Gina, me gusta que te guste… 😉
Un abrazo.
Me gustaMe gusta