Corría el mes de otubre cuando conoció a aquel vagamundo. Hablaba sin parar, como si se hubiera tragado un cederrón. Aún asín, le invitó a comer a casa. Le indicó el lavabo, y que en el toballero encontraría una toballa limpia. Cuando sentado a la mesa apareció su comida favorita, unas almóndigas con moniatos, no pudo reprimir su entusiasmo. Ella, al ver cómo en su plato nadaba la bayonesa, tampoco. De postre le pidió una madalena, y un güisquito, cortito. Cuando la confianza aterrizó entre los dos, se arremangó sus bluyíns y le mostró en su culamen, pedazo cicatriz de una mordida de crocodilo. También le contó lo muncho que disfrutaba todos los setiembres en la oscuridad de las cuevas viendo volar a los murciégalos. Le gustaba este tipo, y de repente, asín, sin pensárselo le espetó… “¿Te gustaría vivir aquí, en esta casa, conmigo?”. Se emocionó munchísimo y con ojos lacrimosos le reveló que jamás había vivido en una. Tiernamente se abrazaron cuando ella le confesó, que nunca había tenido un agüelo.

Imagen tomada de Google
Último micro del 2015, presentado el 31 de diciembre, para «esta noche te cuento». Para mi historia, necesitaba un «agüelo», y eché mano de uno que, hacía poco, había adoptado.

Rosy, me ha gustado mucho. Es muy simpático.
Feliz 2016
Besicos muchos
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Nani, me alegra que te lo hayas pasado bien, un ratico.
Un besote y gracias por pasarte.
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