Me lo encuentro cada mañana en la calle donde vivo, con su triste balanceo, su gorra deslucida y una triste mirada. A veces se lo comento a mi marido y me contesta lo de siempre… que así no le ayudo. Pero él sabe que, mientras los actuales mandatarios no decidan ocuparse de estas cotidianas estampas no escucharé sus cansinas reticencias ni el manido proverbio chino de la caña y el pescado y seguiré dándole diariamente su euro.
Conduzco mi coche de camino al trabajo y gracias a un semáforo descubro en el paso de cebra a un joven malabarista que lanza y recoge clavas con agilidad y destreza. Al término de su lucimiento se aproxima exultante a mi coche, que encabeza la fila, y me presenta una flamante gorra. Le sonrió. Se asombra. Cuando el semáforo se abre apenas me da tiempo a echarle el euro. Me alejo, despacio, mirándolo a través del retrovisor… ¡milagro!, le vuelve la cojera.

111. Picaresca a la rumana, (Rosy Val)