Publicado en El amor y sus cositas

¡Dígame!

Son las nueve menos cuarto de una mañana marcera y fría. Absorta, bostezo frente a una taza de chocolate caliente. Me arrebujo en mi bata añorando la calidez de la primavera. Suena el teléfono y con desgana, lo descuelgo. No hallo respuesta. Pienso que se trata de un error y a punto de colgar, escucho una voz de mujer. Me pego al auricular de nuevo. Compruebo desorientada que no es a mí a quien se dirige. Un corto silencio y oigo otra voz, esta vez masculina. No entiendo con total claridad, un ruido molesto, de fondo, me impide reconocer sus voces, mas deduzco, que están en un coche. Más silencios. Me sonrojo cuando llegan unos suspiros y sonoros jadeos. Evidenciando que no se saben espiados, decido dejar a solas a los tortolitos. Pero me freno, cuando creo escuchar mi nombre en la voz del hombre, que dice algo sobre mí, que me define y que nadie conoce excepto… ¡mi marido!. Llegan más silencios… unos interminables silencios que llenan una demoledora e inacabable hora.

¡Cuánto me costó aparentar serenidad delante de él, sabiéndome atrapada en su mentira! Aprovechando su siesta, anoté de su móvil los últimos movimientos. Tenía todo el tiempo del mundo para investigar y averiguar.

Pasaron unos días y una recepcionista de un hotel, llamó a un domicilio confirmando la reserva de una suite para un fin de semana. La voz perpleja del hombre que recibe la llamada, declaró desconocer tal asunto. La empleada se vio obligada a descubrirle los dos nombres de la reserva;  uno, era el de su esposa, el otro era el de mi marido. Inevitable fue que las circunstancias siguieran su curso, que dos hombres resolvieran sus diferencias, también.

Para conseguir que nadie descubriera que yo estaba detrás de las dos rupturas con la misma mujer, necesité una buena dosis de desamor y despecho.

Fingir durante un tiempo prudente y abandonarle después dejándolo todo bien atado, antes hube de convencerme de que la venganza es un plato que se sirve bien frío.

Tener unos padres que con paciencia y empeño me aconsejaran en su día, que estudiar derecho podría llevarme a ser una excelente abogada, no tiene precio.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    Imagen

Amantes de arena,  Benalmádena Costa. Málaga

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Las tres herederas

«Carlos, ¡que tienes una edad!, sigues bebiendo y jugando, estás dilapidando la herencia de tu familia, piensa en las niñas. No me importa que salgas con otras mujeres, pero por lo menos tendrás cuidado de no dejar tu sangre repartida por ahí»
«A ti eso no te incumbe, dentro de nada serás libre, es lo que querí­as ¿no?, no soporto que me digas lo que puedo o no puedo hacer con mi dinero».
Era ya muy tarde, no querí­as entrar en discusiones, de sobra sabí­as cómo terminaban éstas, tan solo un par de dí­as para irte con tus tres hijas a un bonito loft en el centro de la ciudad. Por fin te separabas, los papeles del divorcio estaban al caer, mientras, aguantabas estoicamente sus continuas salidas y venidas a altas horas de la noche.

Te despertaron unos quejidos. Según bajabas las escaleras, pensaste que de nuevo se habrí­a traí­do a una de sus amiguitas. Sorteando algunos bultos y maletas que aguardaban en la entrada de la vivienda, entraste en el salón y hallaste a tu aún marido, solo en el sofá, pero hecho un ovillo y con un rictus de dolor dibujando su cara.
Cuando llegó Javier, el médico amigo de la familia, lo llevasteis rápidamente al hospital.

La operación de apendicitis fue un éxito. Al dí­a siguiente volviste a visitar al enfermo y lo encontraste con una mujer que le hací­a carantoñas, bastante parecida a la del día anterior y también con un acento que te era desconocido. Él, no apartaba los ojos de unos generosos y semidesnudos senos que le apuntaban descaradamente. Sin mirarte siquiera, te dijo que te marcharas, que quería estar a solas con su novia, pero antes de abandonar la habitación escuchaste no sin sorpresa…
«¡Ay mi amorcito, yo sí­ te daré el nene que esa mujer no supo darte!».

En la planta baja del hospital, Javier te comenta que Carlos está mejorando, con tono cómplice, y dominando el impulso de cogerte las manos, intenta disiparte otros temores…
«No te preocupes, jamás lo descubrirá, en cambio, todos comprobaremos el excelente resultado de su irreversible vasectomía».

 

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Un regalo tuyo en mi cama

 “Tengo que buscar a quién dárselo, que lo entienda y que lo necesite y por supuesto,  que no tenga mis mismas inquietudes, tendré que hacer un repaso a mis amigas”. Lo pensaba al tiempo que iba llenando bolsas.

“No, a Sofía no… en esta irá el calzado… demasiado estirada… estas marrones, qué gasto inútil… a Carmen, ¡tampoco! se parece más a mí que ninguna… también me las compré en azul marino… le sobra el dinero, quizá a Encarna… aunque son cómodas… ¡qué bah!, con lo gorrona que es, capaz de venderlo en el mercadillo… todas a la bolsa… y ¿Cristina?… estos botines y los zapatos de fiesta… pobre, acaba de separarse… no volveré a ponérmelos, en esta bolsa que es más grande, meteré los bolsos… y con dos niños, pero ¡qué digo!… todos dentro… a Cristina, ¡no!, se ofendería… el blanco y estos dos marrones… demasiado orgullosa, y ¿Estrella?, ¡pues claro! es mi antagonista… y los monederos… no le gusta leer… aquí con los bolsos, todos juntos… no se pierde el Sálvame… ¡uy qué color más mono!… le encantan los toros… es igual, fuera de mi armario… jamás ha pisado un camping… ésta cartera es horrible… y va a misa todos los domingos, es la candidata perfecta… también a la bolsa y ésta billetera, no pienso usarla más…  han despido a su marido… y ¿estos cintos? no quiero ni uno… cómo se puede acumular tanto habiendo gente con tan poco… sí, Estrella, es perfecta… ¿y esta cazadora?… creo que tenemos la misma talla… hasta con la etiqueta…  y el chaquetón, también, dentro, a la bolsa… a pesar de todo es buena gente… y el abrigo que me regaló Pedro, dónde lo puse… pobre animal, me lo imagino corriendo por la selva, los de ahora son de criadero… aquél San Valentín, aquí está, lo encontré, ¡bah!, con lo despistado que es mi Pedro, … aunque, pobres animales,  no sé qué es peor… ¡ni se acuerda!… bueno, creo que ya he terminado, ya no hay objetos en mi armario que antes tuvieran vida”.

A Estrella no le sorprende que su amiga quiera deshacerse de todos los objetos que tiene de piel, sabe que es animalista.

En la habitación se prueba el abrigo y queda fascinada. Le pregunta; si a Pedro le parecerá bien… “ni se lo he dicho”, le contesta.

Estrella se va feliz con todo lo que su amiga le ha dado. Decididamente las dos, han salvado a dos pájaros de un tiro.

Cuando por la noche su marido y ella suben al dormitorio, advierten que sobre la cama hay un fular negro con rosas amarillas. Los dos al tiempo exclaman…

“¡Anda, mira, Estrella ha olvidado su pañuelo! ”,

«¿Qué hace aquí el pañuelo de Estrella?»

Perpleja, hace un recuento de toda la piel que le ha regalado a Estrella, mirando a Pedro se pregunta, cuánto tiempo hará que él lleva regalándole la suya.

 

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Flora

Me llamo Flora y he vuelto a caer… he pasado por un escaparate y no he podido resistirme; ¡me he comprado otro bolso!

Los bolsos me fascinan y no concibo salir a la calle sin uno, ¡eso sería como salir desnuda! Aunque la lenguaraz del quinto dice que en ese caso, bien podría taparme con tan solo uno… por lo poquita cosa que soy.

Mis amigos y familiares saben que si me quieren hacer feliz, pueden regalarme alguno. En el fondo les hago un favor, conmigo las Navidades y cumpleaños no son un quebradero de cabeza. Aunque a veces me encuentre con dos iguales y haya que cambiarlo. Como aquél de rayas que me regaló mi primer novio, entre berenjena y zanahoria, difícil de definir. Lo descambió, sí, ¡pero por uno rojo amapola chillón! Llevábamos cinco meses saliendo y aquello no prosperaba… y qué iba a esperar de alguien que regalaba bolsos así. Yo lo tengo muy claro, dime qué bolso me regalas y te diré cómo eres. Una mañana le escribí decidida: “Te dejo, tu corazón está como mi bolso, plastificado”. No sufrió mucho, esa misma noche mi hermana le vio por ahí, de juerga con otra.

Los marrones son mis preferidos. Los tengo en todos los tonos: tierra, chocolate, canelo. Mi buen amigo Ramiro, médico y pacifista, me trajo uno, color café, de Tetuán. Se marchó a Suiza para no hacer la mili y ¡mira por dónde! se fue a enamorar de la hija de un alto mando de la Fuerza Aérea. Se mosquea conmigo, siempre que le recuerdo, que gracias a las armas conoció al amor de su vida.

Mi madre dice que los bolsos tienen que ser bien grandes. De sus vacaciones en Egipto, me trajo uno en el que se me pierde el móvil, la cartera y nunca encuentro las llaves. No lo sabe, pero lo uso como bolso de viaje.

Los azules también me gustan, desde el marino, cielo, turquesa, hasta el pizarra. Excepto el azul real. Como el que me regaló mi prima, que por cierto aún no he estrenado, posiblemente por su tono aristocrático. Nunca me gustaron los disfraces de reinas ni princesas, ¡ya de pequeña apuntaba maneras! Cuenta mi madre, que esa animadversión hacia lo monárquico la heredé de mi abuela, ahora acrecentada gracias a un rey, que no contento con la crisis que reina en nuestro país, se fue a cazar paquidermos a Botsuana… aparte de ser una indecencia, ¡vaya un curioso y lujoso hobby!, nada apto para cualquier bolsillo.

Otra que me regala bolsos es Susana, una amiga de mamá. Habla hasta por los codos y siempre con sus eternas preguntas: «que si tengo novio, que porqué no me caso, que cuándo voy a hacer abuela a mi madre». Por dios, le contesto con cierta vehemencia… «¡yo no pienso tener hijos, o por lo menos hasta que la maternidad no llame a mi puerta!»

Pero volviendo a mis bolsos, tengo muchos en color verde, en todas sus gamas: musgo, menta, pistacho, militar… vaya, militar, como mi segundo novio… ¡qué recuerdos! Me regaló un Miu Miu, carísimo, pero saliendo de la zapatería donde fui a comprarme unos zapatos que le hicieran juego, le vi con una del brazo… ¡era un hombre casado! Aunque estaba bastante enamorada de él, decidí dejarle. Entonces me convenció de que se divorciaría. Pasaron cuatro meses y yo seguía esperando, ¡ingenua de mí! Pero de nuevo la casualidad se puso de mi parte… ¡volví a pillarle y esta vez, no con su mujer! Despechada se lo dije a ella y le puso la maleta en la puerta. El padre de la otra, que también desconocía su situación, amenazante, le leyó la cartilla y huyó de la ciudad. Por supuesto que las tres salimos ganando.

Tengo varios blancos, pero mi favorito es uno que no es de piel, me lo regaló mi mejor amiga que ahora es vegetariana. Viendo un documental descubrió cómo mataban a las focas bebé para arrancarles la piel, desde entonces ni come carne ni usa pieles de animales.

Los negros me encantan; lisos, con flores, en bandolera, con asas, en mochila, de fiesta. El último que me regaló la hermana de mamá, es para eventos elegantes. Es la mujer más besucona del mundo. Cuando éramos pequeños, nos escondíamos cada vez que venía al grito de: «¡que viene la tía Aquilina!». Fiel a su costumbre, me los sigue regalando negros.

También los tengo grises, como uno en marengo, precioso, que me regaló Gregorio, mi tercer novio. Paseábamos una tarde fría y lluviosa cuando un viento fuerte me lo llevó y fue a parar a un charco. Me puse histérica, mi preciado bolso dentro de aquél lodo, nunca recuperó su color, su textura. Se me puso blandengue, como Gregorio, que me confesó que no podía superarlo, que mis bolsos le perseguían, que soñaba con ellos. ¡Qué ridícula excusa!, a los pocos días le vi con Matilde, esa no tenía tantos bolsos como yo, pero sí dos poderosas razones. Mi hermana para consolarme me trajo uno amarillo, decía que de existir el alma, ese sería su color.

Por culpa de los bolsos me dejó Gregorio, y gracias a eso he conocido al hombre de mi vida, me da que éste es el definitivo, además de tener muchas cosas en común conmigo, ¡tiene una excelente boutique de bolsos!

Para mí el bolso, más que un objeto, es una prolongación de mí misma. Él es importante por todo lo que lleva dentro; el perfume que me identifica, algunas de mis fotos favoritas,  direcciones y teléfonos de mis seres queridos, la agenda que me recuerda lo puntual, caramelos para endulzar un momento amargo, el bolígrafo y la libreta siempre prontos cuando me asalta una idea, la apasionada historia que me alimenta hasta que una nueva la reemplaza, la llave del buzón donde siempre espero encontrar buenas noticias, pañuelos para enjugar la emoción…

Por cierto, no me molesta que digan que soy una mujer a un bolso pegada, ¡me gusta ese aire quevediano!, porque aparte de los bolsos, y al igual que el maestro de la sátira, poseo un inagotable sentido del humor. Seguro que estáis de acuerdo conmigo con aquél refrán que dice…

«Más vale bolso en mano, que cien cosas dispersas por los bolsillos».

Flora nació para una despedida de curso. Quise hacer algo jovial. La original llevaba los nombres de mis compañeras, solo he obviado eso y algún detalle que ahora no viene a cuento. Si con Flora consigo sacarte una sonrisa, aunque sea fugaz, me daré por satisfecha.

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Cuestión de valores

 Llevaba mucho tiempo conmigo. Me gustaba, porque tenía un precioso corazón rojo que la adornaba, por quien me la regaló.

Cuando volví del gimnasio, me la encontré encima del banco, observé disgustada que se lo habían arrancado. Abrí la cremallera, en ella seguían los tres billetes, también las monedas.

Al día siguiente y a la misma hora, la dejé de nuevo sobre el banco, en ella una nota… ¡Por favor, llévate el dinero y devuélveme el corazón!

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Donde no puedo acompañarte

 

Quisiera…

Escaparme contigo

como entonces.

Que me robes el sentido

como entonces.

Divertirme contigo

como entonces.

Que estés,

como entonces.

Siempre me gustó verte así, balanceando tus pies sentada frente a la ventana y el sol pintando tu pelo. Cuando me acerco a ti, veo que en tus manos descansa un retrato, ese en el que estás vestida de blanco. Me lo enseñas, con el índice señalas al que está a tu lado, me miras, me preguntas por mi y no sé cómo rescatarme…

Porque soy yo el que se pierde cuando viajas a las estrellas, el que se vacía cada vez que te desprendes de uno de nuestros recuerdos, el que teme cómo se desvanecen poco a poco en tu memoria. Soy yo el que necesita saber qué seré, qué haré sin ti, quien se duele… de que no me reconozcas.

Te acaricio y te abrazo, te beso… por si con ellos vuelves.

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Cuatro horas

 

Tan solo diez minutos y mi tren partiría. Los escasos metros que me separaban del andén, me parecieron miles. Las ruedecitas de mi maleta apenas tocaban el suelo, mis pies volaban raudos en busca de un supersónico tren que pretendía salir sin mí.

Volvía a hacerlo, cada viaje la misma cantilena… “La próxima vez vendré con más tiempo y me tomaré un café, visitaré esas llamativas tiendas”, sin admitir que yo agotaba hasta el último minuto de mis idas y venidas. Jamás un tren me había dejado en tierra. Mi abuela decía que era un don… «Llegar siempre a tiempo donde crees que tienes que estar.»

Sentada, comprobé que haría un viaje sin acompañante. Saqué de mi bolso un libro, El mar. Tenía cuatro largas horas para adentrarme en él, aunque no sabía si éste me resultaría tan cálido, profundo y divertido como el que me vio nacer.

Un suave y entrecortado sollozo me distrajo, levanté la vista y al otro lado, unos ojos claros se me quedaron mirando… “¿Por qué lloras?”, me pudo la curiosidad. Sin respuesta alguna, apartó su mirada, pero cada surco de su cara delataba el ir y venir en sus adentros.

El mar me esperaba y volvió a empaparme, el vaivén del tren mecía sus apasionantes letras.

De nuevo el conocido llanto, me devolvió al moderno vagón. Giré la cabeza y una vez más los cristalinos ojos. Sostuve su mirada, hasta que ella tímidamente se levantó y se sentó a mi lado.

¿Crees que podrías entenderme?”. Su pregunta me desconcertó, no era ayuda lo que pedía. “Claro, le contesté, tengo dos hijos de tu edad y lo intento todos los días de sus vidas”.

El tren avanzaba aunque eso ya no importaba, la joven sumida en una tristeza tan intensa como un mar, parecía querer llenarlo.

Recordaba cómo logró alejarse de lo que le ataba. Romper con la mentira que le impedía ser ella.  Se lamentaba, hablaba de intolerancia, de solapadas respuestas a una verdad jamás admitida. Repentinamente una rosada sonrisa tiñó su rostro, acariciaba una medalla en la que se leía un nombre, la cadena que colgaba de su cuello se entrelazaba entre sus dedos…

Por ella abandoné mi país, la vida comenzó con ella y aprendí que esperar y que te esperen es compartir, descubrí que ya no me daba miedo sentir, estremecerme”

Rememoraba sus afortunados días, de repente dejó de acariciar su nombre, descolgó la cadena de su cuello y la arrojó al suelo. Extrañada le pregunté. De nuevo sus ojos volvieron a colmar su ánimo.

Me ha dejado, huyo de todo lo que me recuerda a ella, del sol, del aire, del mar”.

El desamor llenaba su vida, se dolía. Con tono afligido, desgarrador…

Sin ella la vida no sabe, no huele, no soy, no quiero seguir, ¿para qué? ¡quiero acabar con todo!”

Sus últimas palabras me sobresaltaron, pero respiré tranquilidad, acariciando su mano le dije…

Existen otros mares, otros cielos, alza tu vista y mira ese sol que amanece por ti, resplandece para ti, ahí fuera hay alguien que espera, un nuevo corazón que anhela inspirarse en ti”.

Pasaron unos minutos, interminables. Sus ojos seguían brillando, pero ausentes y quietos. De pronto, noté en ellos otro destello, no de lágrimas, sus transparentes ojos ¡querían seguir estando! estar donde creían querer estar.

Viajamos en silencio, el calor de nuestras manos, aún unidas, eran el mejor presagio de una promesa, seguir.

No se presentaron, dos nombres son sólo nombres. No se despidieron.

Jamás se llamarán por teléfono, pero conservarán para siempre el roce de sus manos, tan solo bastaron cuatro horas para hacerse eternas.